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LA SUBCULTURA DE LA VIOLENCIA EN LAS URBES LATINOAMERICANAS por Adalberto Santana Investigador del Programa Universitario de Difusión de Estudios Latinoamericanos (PUDEL/UNAM) |
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En
la capital de Haití, antiguo asiento de la dictadura de los Duvalier,
los Tontons Macoutes y del coronel Cedras, se muestra el escenario urbano
(y rural) más pobre del continente. En Port-au-Prince con la cuarta
parte de la población del país, nos describe el maestro
Gérard Pierre-Charles que "las poblaciones marginales están
constituidas en gran parte por campesinos desplazados que no llegan a
ser citadinos e imprimen a la ciudad ciertos rasgos de aldea sin aspectos
bucólicos o ecológicos del campo". Ese escenario urbano
a fines del siglo hereda una cultura de la violencia engrendrado en el
viejo sistema. Así,
Puerto
Principe es el centro de la industria y sobre todo de esta economía
especulativa basada en el contrabando, el tráfico de dólares,
el peculado con los fondos estatales. Puerto
Principe, la desconocida, podría ser escogida para una antología
de la macrocefalia galopante en sociedades en proceso de destrucción
o como modelo de crecimiento incontrolable en una sociedad arcaica y en
crisis en donde la modernidad constituye un factor de desgarro.(10)
En la capital del Pulgarcito de América una vez concluida la guerra
en 1992, que generó en el país centroamericano más
de setenta mil víctimas, la violencia urbana se acrecienta. Echa
raíces en sectores de la juventud marginada. Ahí el modelo
de las bandas angelinas es reproducido en su dimensión subdesarrollada
en las maras de San Salvador.(11)
Recordemos que "los trabajadores salvadoreños que viven en Los
Angeles, San Francisco y Washington y otras ciudades, que suman casi el
20% del total de la población del país, se convierten así
en los salvadoreños de un modelo de crisis".(12)
En San Salvador, como en otras urbes centroamericanas, como Tegucigalpa,
Guatemala o Managua la criminalidad es parte del paisaje cotidiano, generado
por el ajuste estructural.(13)
Así, en nueve comunidades situadas atrás del mercado de
la Tiendona, conocida por Iberia, el poder del Estado tiene límites.
El crimen organizado en el proceso de privatización hace suyas
las calles pero no insurreccionalmente. Reportes periodísticos
apuntan que en la comunidad urbano-marginal de Iberia en San Salvador:
Los
peseros son miembros de maras que piden monedas de un colón
a todo el que transita por las calles y son el comité de bienvenida
a la tierra de la inseguridad. Recorrer a pie la comunidad e exponerse
a un asalto. Hacerlo en vehículo no es muy diferente. Los conductores
que se atreven a circular por allí, cierran todas las ventanillas
y colocan el seguro de puertas. Si el carro lo detienen para pagar el
"peaje", la oportunidad es aprovechada para el asalto... Las cifras de
los delitos allí no están registradas oficialmente, sólo
hay un estimado: 6 heridos diarios en enfrentamientos de maras
(según reportes del puesto de Comando de Salvamento del lugar).(14)
Destaca en este marco del desarrollo de la violencia en las urbes latinoamericanas,
el caso de La Habana, una de las más antiguas ciudades modernas
de América Latina, donde a partir del triunfo de la Revolución
Cubana y con la instauración del socialismo la violencia social
quedó relegada por la violencia política. Esta última
expresión de la violencia fue generada por los grupos y las bandas
contrarrevolucionarias con sus actos terroristas. Allí en Cuba,
con el llamado periodo especial iniciado en 1991 y recrudecido por el
embargo económico estadounidense, generó determinadas condiciones
objetivas para la emergencia de una subcultura de la violencia social.
La que se expresó en pequeños robos en las calles a turistas
y en los insumos a la producción. Sin embargo, el alto nivel de
politización y organización de amplios sectores sociales,
así como la actuación de los órganos de la seguridad
del Estado, han reducido esa violencia a pequeños grupos de dos
o tres delincuentes sin capacidad de maniobra y sin espacio de acción.
Es decir, el crimen organizado en las ciudades cubanas es difícil
que en un momento pueda alcanzar un desarrollo como en el resto de las
urbes latinoamericanas, en virtud de que el mismo sistema socialista y
sus aparatos de prevención estructuralmente lo inhiben. Sólo
la restauración de un capitalismo salvaje o el derrumbe de la hegemonía
revolucionaria en los órganos del poder harían factible
tal desarrollo de la subcultura de la violencia.
El libro más reciente del Premio Nóbel de Literatura, Gabriel
García Márquez, publicado en los últimos días
de mayo de 1996 que lleva por título Noticia de un secuesto,
muestra los entretelones de uno de los escenarios más violentos
que en nuestros días está presente con gran fuerza en nuestra
realidad urbana latinoamericana. Nos referimos a la violencia que produce
y genera el crimen organizado en las ciudades de Colombia.
Esa obra del escritor colombiano gira en torno a un "secuestro colectivo
de diez personas muy bien escogidas, y ejecutado por una misma empresa
con una misma y única finalidad". Ese es el hilo conductor por
el cual el autor lleva al lector a aproximarse a la interminable lista
de atentados que Colombia ha vivido con el desarrollo del narcotráfico
y que ha cimbrado las estructuras del poder político en ese país.
En México se vive una situación similar en virtud de la
dinámica de la vida urbana que se desarrolla en el capitalismo
periférico. El tráfico de drogas ilegales y los resultados
económicos y sociales que genera la "industria del secuestro" y
el asalto bancario, son empresas que por su rentabilidad resultan altamente
atractivas para el crimen organizado.
Ejemplos abundan en el caso mexicano. Quizá los más notables
de los últimos tiempos sean los secuestros del propietario del
principal banco de México, Alfredo Harp Helú en 1994 y del
presidente ejecutivo de la empresa Sanyo Electric Co. en Tijuana, el japonés
Mamoru Konno. Este último secuestro fue realizado el 10 de agosto
de 1996, por el cual los captores exigieron el pago de 2 millones de dólares
para liberarlo.
No es casual que el secuestro del empresario nipón se realizó
en una de las urbes más pobladas del territorio mexicano donde
la subcultura de la violencia se encuentra enraizada. Ciudad donde se
da el mayor número de cruces fronterizos del planeta entre el mundo
desarrollado y el subdesarrollado. Esa ciudad ha sido la sede del cártel
de Tijuana (uno de los cárteles menos dañados por la guerra
contra el narcotráfico y uno de los más fortalecidos entre
los narcotraficantes latinoamericanos por los menos hasta 1996). En esa
misma urbe fronteriza la violencia ha sembrado confusión y muerte,
destacando el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo
Colosio entre otros. Resultando así un escenario tan violento como
el que ha padecido la ciudad colombiana de Medellín.
Para el crimen organizado esta época de globalización y
neoliberalismo ofrece condiciones políticas, económicas
y sociales para hacer del narcotráfico, de la "industria del secuestro"
y del asalto bancario entre otras empresas, un negocio altamente lucrativo.
La importancia de esas actividades muestran que entre 1989 y 1994 en México
se denunciaron públicamente más de 2 mil secuestros. Actualmente
en el estado de Morelos las ganancias por los secuestros se estiman en
más de 25 millones de dólares. Desde mediados de 1994 a
la fecha se han registrado "55 privaciones ilegales de la libertad", según
la policía morelense. Sin embargo, organismos no gubernamentales
apuntan que "la cifra supera los 175 raptos, esto es, más del 300
por ciento respecto al dato oficial".(15)
Esa ola de secuestros impulsados por el crimen organizado, puede pensarse
que responde a la dinámica que ha tomado el desarrollo de una economía
de libre mercado. Es decir, la seguridad como premisa que debe brindar
el Estado a la sociedad es una política que ha sido reducida a
su mínima expresión. Así, las políticas de
ajuste y privatización han llevado a que el ciudadano sea quien
directamente a través de sus propios recursos sostenga sus mecanismos
de prevención y seguridad contra la delincuencia organizada.
La delincuencia y la violencia que ella genera tienden a evidenciar sus
profundas causas estructurales. El modelo de desarrollo hoy impuesto es
el que a nuestro juicio, explica en gran medida por qué el ciudadano
ubicado en los estratos más favorecidos económicamente,
así como el de los sectores populares, vivan cotidianamente en
un clima de inseguridad y zozobra. Escenario que se hace humanamente insoportable
y que muestra la fragilidad y el drama económico-social de una
sociedad que requiere urgentemente revitalizar sus formas de solidaridad
y convivencia social, para con ello tendencialmente reducir las condiciones
que generan los niveles de reproducción de la subcultura de la
violencia. Primeira
Página • Página
Anterior (10).
Gérard Pierre-Charles, "Puerto Principe, la desconocida", Nueva
Sociedad (Caracas), No. 120 (julio-agosto 1992), p.111. (11).
Por ejemplo reportes policiales de San Salvador apuntan que dos maras
capitalinas poseen armamento de guerra: la "Salvatrucha" y la "18".
Bandas que tienen bien delimitado su territorio y trafican en el mercado
local de drogas, El Diario de Hoy, San Salvador, 7 de octubre
de 1996, p. 38. (12).
Mario Lungo Uclés, "San Salvador: fugacidad de los momentos,
perdurabilidad de los recuerdos", Nueva Sociedad (Caracas), No.
120 (julio-agosto 1992), p. 143-144. (13).
Por ejemplo, en Nicaragua, Guatemala y El Salvador proliferan las denuncias
de que son víctimas gran parte de los centroamericanos por la
creciente ola de violencia delictiva con secuestros, asesinatos, asaltos,
robo de vehículos, violaciones y tráfico de drogas y armas.
Tal como lo han señalado algunas fuentes de prensa, lo que "ha
obligado a la población civil a organizarse y hasta armarse,
mientras los gobiernos buscan en apoyarse en nuevas leyes, en la policía,
y en el ejército, para enfrentar este mal". Incluso se ha llegado
a sostener que en esos tres países "los delincuentes operan casi
con total impunidad y tiene atemorizada a la población, al grado
de que muchas personas han emigrado de las ciudades aunque otras han
decidido combatirlos". En Tegucigalpa miembros de organismos defensores
de los derechos humanos han afirmado que "la policía fomenta
los escuadrones de la muerte, a los que se les acusa de por lo
menos 189 ejecuciones de delincuentes", Unomásuno, México,
D. F., 17 de marzo de 1996, p. 18. Uno de los casos más patéticos
de la respuesta a esa violencia irracional en México y Guatemala
ocurridos en 1996 fueron el linchamiento popular en el Estado de Veracruz
a un violador y en Guatemala el fusilamiento de dos violadores de una
menor en ese país centroamericano. (14).
El Diario de Hoy, San Salvador, 7 de octubre de 1996, p. 38. (15).
México, D. F., Novedades, 12 de agosto de 1996, p. A9. |
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