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Narcotrafico y Politica en America Latina por Adalberto Santana Investigador del Programa Universitario de Difusión de Estudios Latinoamericanos (PUDEL/UNAM) |
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El
tema del narcotráfico ha sido una de las constantes que ha generado
roces y enfrentamientos en los últimos años en las relaciones
entre diversos países de América Latina y los Estados Unidos
de Norteamérica. En el caso de Colombia y México se ha hecho
más que evidente. Las formulaciones que en un pasado reciente ha
realizado la DEA sobre los vínculos entre funcionarios gubernamentales
latinoamericanos y narcotraficantes es otra constatación.
No es extraña la existencia de los presuntos nexos de los barones
de la droga con determinados círculos políticos del poder
en América Latina. Pero tampoco debemos subestimar que al interior
de la mayor potencia del orbe se den esos problemas, ya que es un fenómeno
generalizado a nivel mundial. Hay que pensar que en nuestros días
se vive una ola de manipulación sobre las denuncias de esos vínculos
para descalificar o denigrar a personajes políticos. Sin duda los
hechos plenamente confirmados son la mejor evidencia de esas relaciones.
Por ejemplo, en Colombia, Alberto Giraldo, un reconocido narcotraficante
vinculado al cártel de Cali, declaró a la Fiscalía
en noviembre de 1995 que los jefes de su organización delictiva
llegaron a acuerdos con los ex mandatarios colombianos Virgilio Barco
y César Gaviria. Cabe señalar que la formulación
de una declaración no hace un hecho. En ese mismo país se
lanzaron fuertes campañas para desestabilizar a la nación,
acusando al presidente Ernesto Samper de tener vínculos con el
narcotráfico en el financiamiento de su campaña electoral.
Cuestión semejante se intentó al divulgar falsas informaciones
sobre la campaña presidencial de México, que hizo la revista
Cambio 16 Colombia y que posteriormente desmintió. En Bolivía
un colaborador confeso de la DEA, Miguel Angel Villavicencio, aseveró
que la campaña proselitista que en 1985 llevó al poder a
Paz Estenssoro fue financiada con 2 millones de dólares por un
conocido narcotraficante como Jorge Roca Suárez, alias "Techo de
Paja". En ese último país, parlamentarios oficialistas y
opositores denunciaron: "Una gran conspiración, al parecer proveniente
de la DEA, se teje sobre la democracia boliviana y contra políticos
supuestamente involucrados en el narcotráfico" (Novedades,
19/10/95).
En el caso colombiano esas campañas se iniciaron en un momento
en el que los principales cárteles colombianos eran fuertemente
golpeados, cuando estaba por celebrarse la reunión de los países
no alineados en Cartagena de Indias y cuando el mandatario colombiano
cuestionaba los fracasos del neoliberalismo. En el caso mexicano se han
hecho en un momento de dificultades en la vida económica del país
y cuando los agentes de la intolerancia quieren evitar los cambios políticos
en los que se encuentra la nación. Este tipo de versiones tienen
en común ser información filtrada "procedente" de la DEA.
Veremos si en el caso del ex presidente mexicano Carlos Salinas la NBC
tiene razón o su visión es parte de presiones imperiales.
Sin embargo, hay casos en los que sí existen pruebas y evidencias
públicas de la fuerza y vínculos del narcopoder. Entre otros,
figuran los casos del antiguo colaborador de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) y ex hombre fuerte de Panamá Manuel Antonio Noriega, y de
esa institución norteamericana cuando financiaba a los contras
en Nicaragua olvidándose de que en sus aviones se transportaban
armas a Centroamérica y drogas a los EU.
En la lógica de los intereses norteamericanos, habría que
considerar que hoy en día y sobre todo para el año electoral
de 1996, se requiere vigorizar el rearme moral de la sociedad contra su
lacerante consumo de estupefacientes. El enemigo foráneo de la
Casa Blanca demócrata y del congreso republicano estadounidense,
una vez que terminó la Guerra Fría, es el narcotráfico
latinoamericano. Por ello el presidente Clinton ha manifestado que al
centro de su política exterior se ubica de nueva cuenta el problema
del tráfico ilegal de drogas, que está fuera de sus fronteras.
Sin embargo, parecería que su real enemigo se ubica dentro de sus
fronteras, ya que el mismo gobierno de EU estima que "su población
gasta unos 49 000 millones de dólares anuales en drogas ilegales,
una suma comparable al producto interno bruto de Chile".
El
año de 1986 fue cuando el gobierno estadounidense inició
el llamado proceso de expedir certificaciones para aquellos países
que a su criterio combaten correctamente al tráfico de drogas ilegales.
Para la principal potencia del orbe no hay quien le quiera expedir un
certificado de buena conducta por idénticos motivos. Y difícilmente
lo va a encontrar.
Algunos hechos y conductas que ocurren en los EU han mostrado la insolvencia
moral estadounidense. Un prestigiado intelectual norteamericano como el
lingüista Noam Chomsky, catedrático desde 1955 del Instituto
de Tecnología de Massachusetts (MIT) ha hecho notar con especial
énfasis esa situación de la política norteamericana.
En particular sobre el tratamiento que EU le brinda a los países
tercermundistas en su combate a las drogas.
El profesor Chomsky ha señalado que internacionalmente la llamada
"guerra a las drogas" proporciona una cubierta para la intervención
estadounidense. Cuestión que cotidianamente padecen los países
latinoamericanos y otros más de la periferia. Sin lugar a dudas
está demostrado que dentro de los intereses de los círculos
imperiales de Washington, hoy se justifica su intervencionismo con el
pretexto del combate al narcotráfico una vez que desapareció
el fantasma del comunismo.
Noam Chomsky en su libro Lo que realmente quiere el Tio Sam, señala
que al interior de los EU ese combate "tiene poco que ver con las drogas
pero mucho que ver con la distracción de la población, aumentando
la represión en los centros de las ciudades, y agregando apoyo
al ataque contra las libertades civiles".
Internacional e históricamente el problema de las drogas ha sido
un rico caldo de cultivo de los grandes imperios. El propio Chomsky nos
señala: "Los críticos recordaron la Guerra del Opio de 150
años antes, cuando el gobierno británico obligó a
China a abrir sus puertas al opio de la India Británica, implorando
santurronamente las virtudes del libre comercio mientras ellos imponían
a la fuerza la adicción a la droga en gran escala en China".
En este sentido, para el catedrático del MIT, es evidente que uno
de los grandes estimuladores de las drogas han sido las estrategias imperiales.
Sobre todo por parte de los EU a partir de la Segunda Guerra Mundial,
con el objeto de socavar la resistencia antifascista y el movimiento laboral.
Así nos da el ejemplo de Francia donde renació la "conexión
francesa" quien dominó el comercio de drogas hasta los años
sesenta. Más tarde en Indochina se ubicó el centro del comercio
de drogas (Laos y Tailandia) cuando lo requería la guerra contra
Vietnam. En Nicaragua la CIA le inyectaba armas a los contras a
cambio de mandar drogas de regreso a EU. En Panamá el gobierno
estadounidense "sabía que Noriega había estado involucrado
en el tráfico de drogas desde por lo menos 1972, cuando la administración
de Nixon consideró asesinarlo. Pero él permaneció
en la nómina de la CIA... En mayo de 1986, el director de la Drug
Enforcement Agency (DEA) elogió a Noriega por su 'política
vigorosa contra el tráfico de drogas'". Sobre estas situaciones
el propio Chomski nos señala que se pone en evidencia: "La estrecha
correlación entre el negocio ilegal de drogas y el terrorismo internacional
(a veces llamado, 'contrainsurgencia', 'conflicto de baja intensidad'
o algún otro eufemismo) no sorprende. Operaciones clandestinas
necesitan montones de dinero, que no debe detectarse. Igualmente necesitan
de operativos criminales". Con todos estos antecedentes, se refrenda la
insolvencia moral de EU cuando pretende imponer sus certificados de buena
conducta a otros países.
En
la era de la Posguerra Fría la visión imperial de los EU
ubica como los principales enemigos de su percepción de seguridad
nacional al tráfico de drogas y a la inmigración de indocumentados.
El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos en su informe
de 1995, referente a América Latina, señala que "la guerra
antidrogas subsidiada por EU está creando la nueva infraestructura
para que ese país se involucre militarmente en la región"
(Novedades, 25/IV/96).
Como se podrá apreciar claramente, los enemigos de los intereses
que defiende Washington se ubican al sur de sus fronteras. Es evidente
que en todos esos puntos tienen una estrecha importancia en América
Latina y en especial para México.
El asunto migratorio y el problema de las drogas, es en la visión
imperial de los Estados Unidos, un punto de referencia fundamental para
fortalecer la imagen de los enemigos de la mayor potencia del mundo. Desde
una visión maniquea los indocumentados del Tercer Mundo radicados
en territorio estadounidense (básicamente mexicanos, centroamericanos
y sudamericanos) son los portadores de las drogas que están corrompiendo
a los herederos de la cultura puritanista anglosajona. En esa lógica
xenofóbica se parte de una realidad inventada: a mayor número
de hispanos ilegales en las calles estadounidenses, corresponde
un mayor consumo de heroína, cocaína y mariguana.
Sin embargo, en los últimos días de abril de 1996, el coordinador
nacional antidrogas, el general en retiro Barry McCaffrey dijo al programa
Mett The Press de la cadena NBC, que el consumo de estupefacientes
"estuvo a punto de destruir a las fuerzas armadas de EU en los años
70, cuando uno de cada tres soldados usaba drogas de forma activa". También
reconoció que "uno de los principales retos que encara este país
es que hay más de 90 millones de estadounidenses que han usado
narcóticos y la abrumadora mayoría lo hizo durante está
época revolucionaria de los años 70. Esa es la generación
que ahora maneja Estados Unidos".
Es evidente que la amenaza de las drogas no procede únicamente
del exterior, sino que el principal problema está en el interior
de esa opulenta sociedad capitalista con un consumo desenfrenado. La actual
campaña contra las drogas en los EU manifiesta los mismos síntomas
que produce en los adictos la metanfetamina (speed). Esa droga
"pone eufórico, luego sumerge al afectado en una depresión,
la paranoia y, utilizada repetidamente, lleva a arrebatos de furia y violencia".
Habría que recordar como lo mencionó el canciller mexicano,
José Angel Gurría que "relaciones entre México y
Estados Unidos se encuentran en un contexto de deterioro e incluso ha
habido un aumento en las tensiones". Este malestar es evidente en el cotidiano
trato a los indocumentados mexicanos y latinoamericanos que en los EU
se viene dando desde la aparición de la llamada propuesta 187 del
gobernador californiano Pete Wilson y en las constantes recriminaciones
de la DEA sobre el peso del narcotráfico en México.
En la lógica del mercado y en la economía de las drogas,
hay que tener presente, como lo señaló el novelista Gabriel
García Márquez, que: "La producción no estimula el
consumo; el consumo estimula la producción". En ese sentido, en
la perspectiva guerrerista estadounidense contra las drogas, se hace necesario
comprender como lo ha señalado el mismo escritor colombiano: "Creo
que EU libra una guerra de mercados. Con su enorme cantidad de consumidores...las
mafias estadounidenses son mucho más poderosas que las colombianas,
lo cual significa que el nivel de corrupción oficial es mucho mayor
que en Colombia. Pero es como si se tratara de que los estadounidenses
estuvieran tan ávidos, que no parecería justo para ellos
que Colombia conservara el resto del mercado por su cuenta en el cultivo,
venta y procesamiento de estupefacientes. Esta guerra está destinada
a controlar todos los sectores del mercado".
Bastante
se habla sobre el desarrollo que ha cobrado el narcotráfico. A
países como México y Colombia se les condena por su producción
y comercio. Sin embargo, en los círculos y naciones donde el consumo
de drogas es uno de los más grandes negocios se habla poco o casi
nada de la historia de las drogas. El origen de ellas tiene que ver mucho
con el afán desenfrenado de ese consumo generado en esos medios
y naciones con un gran desarrollo económico.
Históricamente se puede identificar que las drogas ilegales más
conocidas en nuestro tiempo no proceden del Nuevo Mundo. La mariguana,
el opio y algunas bebidas alcohólicas llegaron a América
procedentes de Asia y Europa. Algunos antropólogos han sustentado
"que la costumbre de consumir estos productos fue adquirida mucho antes
de la emigración, en el período paleomesolítico-euroasiático,
y que debido a razones desconocidas fue erradicada de Asia nororiental
y concentrada en el nuevo continente, donde adquirió un nuevo valor
mítico y divino", así lo señala Augusto Pérez
Gómez en su obra Historia de la drogadicción en Colombia.
En torno al consumo de coca, uno de los cultivos más destacados
del continente americano se ha señalado que su uso es muy anterior
a la época colonial. Y es que en todo América el consumo
de sustancias psicoactivas por los grupos nativos de la época prehispánica
tuvo un carácter mítico-religioso. Con el arribo de los
europeos y africanos, el consumo de esas sustancias (en especial de la
coca en la región andina) aumentó considerablemente. Una
de las razones fue la enorme carga de trabajo que fue impuesta a la masa
de indígenas y a la acumulación de riquezas por parte de
los conquistadores. Aunque formalmente ese consumo fue vetado, posteriormente
fue permitido y alentado por el régimen colonial. Es decir, la
coca servía para intensificar la carga de trabajo del indígena
e inhibía su consumo de alimentos.
Ya para el siglo XX el consumo de coca se expandió en el mundo
Occidental. Inicialmente su desarrollo tuvo un elemento experimental,
especialmente en el área médica. El neurólogo Paulo
Mantegazza escribió un artículo en el que proclamó
la importancia de la coca. Sin embargo, Friedrich Gaedcke logró
aislar en 1855 una sustancia de ella que llamó eritroxilina. Cinco
años más tarde, en la Universidad de Gotinga, Alemania,
el químico Hohler y su asistente Albert Nieman aislaron un alcaloide,
al que llamaron cocaína. Este nuevo descubrimiento fue incluso
ensayado por Sigmund Freud, quien lo recomendó a sus amigos y colegas
por "los maravillosos efectos que producía".
Fue así que desde 1884 el consumo de cocaíana como una droga
procesada se inició como un producto industrial para el consumo.
Así surgió un producto "con propiedades analgésicas
y anestésicas capaz de curar una gran cantidad de malestares físicos
y psíquicos". Sin embargo, no tardó en manifestarse los
efectos nocivos del consumo de cocaína (intoxicaciones graves,
casos de adicción y psicosis e incluso muertes), tanto en Europa
como en los EU. Esto llevó a que en 1914 se restringiera su uso
y sólo fuera permitida clínicamente. Incluso en el cine
se hizo una condena. Recordemos la cinta de Charles Chaplin "Tiempos Modernos".
Para los años setenta el consumo de drogas volvió a intensificarse
al calor de la guerra de Vietnam. La cultura discográfica de la
época llegó también a fomentar el consumo de mariguana.
Y a su vez el crecimiento de la demanda generaba una mayor riqueza. Recordemos
que hoy en nuestros días los que gobiernan EU, entre ellos el general
en retiro Barry McCaffrey, ha mencionado que el consumo de estupefacientes
"estuvo a punto de destruir a las fuerzas armadas de EU en el decenio
de los setenta". En esos años en las filas del ejército
norteamericano uno de cada tres soldados usaba drogas de forma activa".
Por ello el propio jefe del combate a las drogas de los EU sabe que hay más de 90 millones de estadounidenses que han usado narcóticos y la abrumadora mayoría lo hizo durante esa época. Hoy quienes gobiernan son esa generación que fue víctima de lo que hoy condena y combate. Vale la pena recordar siempre la historia para no repetir los mismos errores. Primeira
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