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Narcotrafico y Politica en America Latina por Adalberto Santana Investigador del Programa Universitario de Difusión de Estudios Latinoamericanos (PUDEL/UNAM) |
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La
captura y extradición a EU de uno de los 10 hombres más
buscados por el FBI, el jefe del llamado Cártel del Golfo, el mexico-estadounidense
Juan García Abrego, pone de nueva cuenta de relieve el carácter
político del fenómeno del narcotráfico en la relación
México-EU. Fenómeno que no es exclusivo sólo del
primer país, ya que es común en las nuevas "tragedias" de
las naciones latinoamericanas involucradas en la industria ilegal más
rentable del mundo.
Este nuevo acontecimiento nos trae a la memoria lo que aconteció
el año de 1988 en Honduras, cuando el 6 de abril un centenar de
agentes de ese país, asesorados por miembros de la DEA, detuvieron
en un barrio residencial de Tegucigalpa al presunto narcotraficante Ramón
Matta Ballesteros, uno de los principales barones de los cárteles
del Atlántico y de Guadalajara. Acusado por los EU de estar involucrado,
junto con narcotraficantes mexicanos (como Miguel Angel Félix Gallardo,
Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca "Don Neto", hoy recluidos entre
otros en la prisión de máxima seguridad de Almoloya, México)
en el asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar.
En ese entonces, el presidente del Congreso Nacional de Honduras, Carlos
Montoya, declaró que si el capo aparecía en EU, se trataría
de un "secuestro" y de un "acto inconstitucional". Al día siguiente
Matta Ballesteros estaba recluido en un prisión norteamericana
del estado de Illinois. La extradición del narcotraficante hondureño
a territorio norteamericano (así como la de García Abrego),
generó en diversos círculos reacciones inmediatas. En el
caso de Honduras algunos profesores de derecho manifestaban que EU no
respetaba las normas constitucionales de su país.
Habría que recordar que eran los tiempos de la segunda presidencia
republicana de Ronald Reagan, cuando el conflicto centroamericano estaba
en su apogeo y la concepción y estrategia de la seguridad nacional
norteamericana había puesto al territorio de Honduras como plataforma
de la presencia militar norteamericana en Centroamérica. A su vez
en esos momentos se ubicaba como uno de los principales enemigos de la
sociedad estadounidense a los narcotraficantes latinoamericanos. Este
nuevo enfoque surgía en medio de la campaña electoral del
candidato republicano, George Bush y cuando se estaban comenzando a resquebrajar
los regímenes del bloque socialista en Europa Oriental. Al año
siguiente, en diciembre de 1989, Bush ya en la euforia del triunfo de
la caída del Muro de Berlín, ordenaría el derrocamiento
y extradición del ex agente de la CIA y hombre fuerte de Panamá,
José Antonio Noriega, acusado de nexos con los cárteles
colombianos de la droga.
La reacción en otros sectores hondureños, sobre todo los
populares y universitarios, fue protestar por la violación a la
soberanía nacional. Incluso las protestas generaron disturbios
en los cuales fue atacada la sede diplomática de los EU, e incendiadas
las oficinas del Consulado y del Servicio de Información de los
EU (USIS). En esos tiempos era embajador de los EU John Dimitri Negroponte,
posteriormente también embajador de su país en México.
En el caso del narcotráfico en Honduras, finalmente se llegó
a la conclusión de que el narcotraficante Matta Ballesteros fue
extraditado a EU por el gobierno de Honduras a cambio de no revelar nombres
de oficiales de las Fuerzas Armadas participantes en el tráfico
de drogas y de un desembolso de préstamos retenidos por la Agencia
para el Desarrollo Internacional (AID). De acuerdo con esta versión,
el pacto fue hecho por el embajador norteamericano y por el entonces presidente
José Azcona Hoyo.
A diferencia de Honduras, en Colombia la extradición a EU de los
barones de la droga esta excluída desde 1991. Por ello el presidente
Ernesto Samper ha manifestado: "La figura de la extradición no
está en la agenda del gobierno y no lo está porque así
lo dispuso la Constitución que juré cumplir". Evidentemente
esto puede pensarse que le da una garantía a la narcoburguesía
colombiana, sin embargo José Santacruz Londoño prefirió
fugarse el 11 de enero de 1996 de la prisión de La Picota. En los
casos de los capos de Almoloya, estarán pesando: ¿La guerra
de las drogas es la guerra que EU sí puede ganar?
Colombia
es uno de los países de América Latina más afectado
por el narcotráfico, flagelo que ha generado una grave crisis política.
Así, el 11 de enero pasado, de La Picota en Bogotá, cárcel
considerada de "máxima seguridad", escapó el tercer hombre
del llamado cártel de Cali, José Santacruz Londoño,
quien compartía la prisión con los dos principales hombres
de esa organización, los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez
Orejuela. La fuga se gestó en meses previos a que en EU se certifique
si Colombia es un fiel aliado en su combate contra las drogas y cuando
arreciaban las críticas contra el presidente Ernesto Samper, por
el supuesto financiamiento de esa organización a su campaña
presidencial en 1994.
A esos hechos se suma la nueva acusación que el 22 de enero de
1996 formuló el ex ministro de Defensa y ex director de la campaña
presidencial de Samper, Fernando Botero Zea. Ese antiguo colaborador reconoció
que: "El presidente está seriamente comprometido con el ingreso
de dinero del cártel de Cali a la campaña" (Novedades,
23/I/96). Antes de esa declaración, la senadora liberal María
Izquierdo también reconoció la procedencia de esos recursos
financieros para impulsar la campaña presidencial.
Hay que notar que esas acusaciones adquieren un peso inusitado al provenir
de gente de la mayor confianza de Samper. Este tipo de denuncias y de
hechos fortalece la imagen de una Colombia corrupta, donde impera la impunidad.
Las formulaciones contra el presidente colombiano provienen desde el 20
de junio de 1994, exactamente al día siguiente de haber ganado
la elección y cuando el candidato conservador Andrés Pastrana,
al sentirse más que derrotado, pidió la renuncia del presidente
electo en el caso de comprobarse la infiltración del narcotráfico.
En aquellos días la televisión colombiana divulgaba noticias
que afirmaban que los Rodríguez Orejuela habían filtrado
recursos a las campañas de Samper y Pastrana. El objetivo era "aportar
dinero a las campañas presidenciales para luego solicitar un tratamiento
preferencial jurídicamente al nuevo gobierno" (Novedades
23/6/94).
Los vínculos reales y comprobados del narcotráfico con el
poder político son los mejores argumentos de EU para justificar
sus imposiciones sobre la frágil soberanía colombiana. Tendencia
que se manifiesta en otros países latinoamericanos como México,
donde el narcotráfico ha logrado infiltrarse y "sí ha corrompido
a cuerpos policiacos", como reconoció el presidente Ernesto Zedillo
(Novedades/24/I/96).
Sin duda México, Bolivia, Perú y otras naciones de la región
comparten con Colombia ese problema. Son países vulnerables que
en marzo de 1996 serán de nueva cuenta sometidos a un examen de
buena conducta. En el jurado figurarán organismos estadunidenses
como la Agencia de Lucha contra las Drogas (DEA), la Oficina de Narcóticos
Internacionales del Departamento de Estado, las embajadas estadounidenses,
el Departamento de Defensa y por último la Agencia Central de Inteligencia
(CIA). En las certificaciones de la guerra contra las drogas, Colombia
será de nueva cuenta puesta en el banquillo de los acusados. La
mejor prueba para someterla es aprovechar desde ahora los narcoescándalos
presidenciales, crisis política que a su vez genera una ingobernabilidad
que pondrá en entredicho la capacidad para ejercer la soberanía
nacional. Fórmula perfecta para imponer los designios imperiales.
Recordemos que en los círculos del poder norteamericanos surgió
el concepto de "colombianización", como una expresión para
denigrar a aquellos países que padecen el narcotráfico,
a los que se les impone la idea de la seguridad nacional (norteamericana)
en su lucha contra las drogas, opuesta a la noción de defensa de
la soberanía nacional. Esta estrategia imperial ha logrado redimensionar
a los enemigos de Washington, que claramente los identificó William
Clinton al rendir su informe el pasado 23 de enero: el narcotráfico
latinoamericano y los indocumentados de la misma región.
En
los primeros días de marzo, se conocerán por parte del gobierno
estadounidense las nuevas certificaciones de los países del mundo
(en especial de los latinoamericanos) que cooperaron con los EU en su
guerra contra el narcotráfico. Es evidente que México, Colombia
y Bolivia, entre otros, son de los que figuran en el banquillo de los
acusados.
Ahora es la alianza de los senadores estadounidenses Alfonse D'Amato (republicano)
y Dianne Feinstein (demócrata) quienes encabezan la embestida contra
México en su lucha contra el narcotráfico. Recordemos que
en otro momento la encabezaba el senador Hesse Helms, uno de los más
conspicuos representantes de la ultraderecha norteamericana.
La alianza de estos miembros del Senado estadounidense se da en un momento
muy propicio para lanzar su ofensiva antimexicana. Por un lado, el propio
presidente William Clinton el pasado 23 de enero en su informe ante el
Congreso norteamericano había señalado a los dos enemigos
principales de los EU: el narcotráfico y los indocumentados. Fórmula
perfecta que ha servido desde los años de la era Reagan para justificar
la nuevas intervenciones norteamericanas en América Latina.
Recordemos que desde la percepción imperial norteamericana "la
amenaza comunista" culmina entre 1989 y 1991, surgiendo entonces el diseño
de una nueva política de intervencionismo, la cual identifica a
lo nuevos enemigos del imperio al sur de sus fronteras. Exactamente allí
donde transitan miles de hombres y mujeres indocumentados en busca de
trabajo y algunos ingresos para el sostenimiento familiar. De igual forma,
el narcotráfico cada vez más floreciente en la región,
crece en la misma proporción que se incrementa el desempleo y la
marginación social, a él se le identifica como la amenaza
externa que provoca la erosión del puritanismo anglosajón
norteamericano.
De esta forma, en los círculos del poder de Washington, la lucha
contra los inmigrantes indocumentados de América Latina y las drogas
procedentes de la región fueron asociados en la doctrina de la
seguridad nacional norteamericana. Es decir, en la medida que en las calles
de los EU proliferaban y se incrementan los trabajadores indocumentados
(hispanos) para esa visión crecía el consumo de drogas
en la ciudadanía norteamericana. Así, la reponsabilidad
no estaría dentro del territorio estadounidense, sino en el exterior,
particularmemente al otro lado del llamado río Bravo.
Esta percepción es en el fondo lo que promueve la llamada certificación
que hace EU sobre los países latinoamericanos en el combate a las
drogas. Sin embargo, también se tiene que reconocer que en países
como México o Colombia el narcotráfico ha crecido como un
producto generado por la alianza de los sectores más deformantes
de las sociedades latinoamericanas, que han generado una narcoburguesía,
la cual ha requerido contar con la ayuda de diversos segmentos marginales
para así erigirse como un sector con influencia política
y poder económico. Realidad que tampoco puede ser negada. Dilema
y reto que las mejores voluntades de México, Colombia y otros países
latinoamericanos también tienen que afrontar, de lo contrario seguiremos
siendo escarnio y burla de los designios imperiales del Congreso norteamericano. |
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