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Persistencia Religiosa de la Cultura Africana en las condiciones Cubanas
por Dr. Jorge Ramírez Calzadilla
Departamento de Estudios Sociorreligiosos
Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS)



La Habana, octubre de 2000

Es un hecho sobradamente reconocido en la actualidad la significativa influencia de "lo africano" en la cultura cubana. Después de los aportes de Fernando Ortiz (1881-1969), enriquecidos por sus discípulos directos y por posteriores investigaciones sistematizadas, tal afirmación resulta indiscutible. Con independencia de apreciaciones opuestas, que en sus extremos han ido de una subestimación reductivista hasta una entusiasta y excesiva sobrevaloración, un examen objetivo concluye en reconocer una participación de las raíces africanas en la identidad cultural cubana, conjuntamente con "lo hispano" en un binomio fundamental, y otros aportes de diversa procedencia y gradación.

La presencia africana en la cultura cubana se advierte tanto en el arte, y dentro de él la música, la danza, la literatura, la plástica y los instrumentos musicales, como también en el modo de ser cubano, de percibir la realidad, de enfrentar problemas, en expectativas y previsiones e incluso en ideas sobre la vida y la muerte. No obstante, no es sencillo determinar siempre un origen específicamente africano o español u otros de distintas latitudes y longitudes. Como dijera el poeta nacional, Nicolás Guillén, aquí está "todo mezclado".

Un campo en el que se hace evidente y notoria esa incidencia "negra" lo constituye el religioso, principalmente, pero no sólo, en derivaciones de religiones africanas, con sus formas organizativas propias, su ortodoxia doctrinal y litúrgica, su sistema diferenciado de representaciones simbólicas, y además en esa otra forma difundida, notablemente sincrética y de relativa autonomía, la más extendida en la población cubana de ahora y otros tiempos, a la que pudiéramos denominar, sin temor a imprecisiones, religiosidad popular.

Un cuestionamiento salta de inmediato a primera vista a partir de la experiencia, y más aun una vez constatados los datos que las investigaciones reportan. Si atendemos a que las religiones africanas fueron importadas a la fuerza, correspondían a culturas desarraigadas, dominadas, eran social y religiosamente discriminadas, cuando menos desvirtuadas al tenerse a veces por meras manifestaciones folclóricas, sin estructuras adecuadas para su conservación y divulgación, desprovistas de textos escritos sobre todo de algún libro único de sacralidad admitida por el común de los creyentes, portadas por hombres y mujeres tan desarraigados ellos mismos como lo fuera su cultura y situados en el escalón más denigrante de la condición humana, la esclavitud, entonces ¿cómo fue posible que persistieran y lograran trascender en condiciones tan adversas gravitando sobre ellas la voluntad dominante de su desaparición?

Este problema es el que en esta ocasión se examina, pero sin la pretensión de dar respuestas acabadas. El propósito más bien es de ofrecer ideas para reflexiones que de algún modo contribuyan entre cubanos a un mejor conocimiento de nosotros mismos y a la reducción, si no desaparición, que es lo ideal, de esquemas y prejuicios largamente inculcados en el supuesto de que todavía puedan subsistir.

Se parte del criterio de que los fenómenos sociales se explican por un conjunto de factores en una relación causal y no por uno sólo. En esta persistencia concurren razones cuantitativas pero más aun cualitativas; ellas generaron las condiciones para la prolongación del fenómeno hasta la actualidad, encontrando circunstancias más favorables, por lo que es presumible pronosticarle estabilidad. Previamente, para una mejor comprensión, es necesario incursionar de forma breve en los rasgos principales que caracterizan al campo religioso cubano en su devenir histórico hasta nuestros días.


Lo africano en el campo religioso cubano

En diferentes etapas, en consonancia con el movimiento sociohistórico, en Cuba la religión en general ha ido adquiriendo variadas características confiriéndole peculiaridades sobre las cuales son destacables tres hechos. Primeramente, el conjunto de formas religiosas concretas que conforman el cuadro religioso cubano, resulta diverso, heterogéneo y hasta contradictorio. En el país se han sucedido y en cierto modo convivido varios modelos socioculturales, los que a grandes rasgos se pudieran identificar por aborigen, hispano, africano y norteamericano, cada uno acompañado de expresiones religiosas que han enriquecido ese complejo, a la vez que ha habido influencias religiosas de otras procedencias culturales, europeas, asiáticas y caribeñas, mientras que la cultura -y religiosidad- aborigen alcanzó reducida trascendencia, con lo cual se han verificado similitudes al mismo tiempo que diferencias respecto al área geográfica en que se sitúa la Isla.

Por muy variadas razones, en segundo lugar, ninguna expresión religiosa organizada ha predominado sobre las restantes de modo que llegase a tipificar la religiosidad. En el cubano de diferentes épocas ha existido y existe una religiosidad prevaleciente y típica que se expresa con relativa autonomía de sistemas religiosos específicos, es espontánea y enmarcada en los límites de la vida cotidiana. Es a la que proponemos llamar religiosidad popular, la cual, como la cultura cubana, es un producto nuevo resultante de una peculiar síntesis de diversos componentes (DESR, 1990).

En tercer lugar, en ninguno de los sistemas socioeconómicos implantados, lo metasocial, como lo califica François Houtart (Houtart, 1989), y por tanto la religión, constituyó el fundamento de la reproducción social, sino mecanismos laicos de carácter económico, político y social en general sobre los que se construían ideologías legitimadoras del sistema, suficientes por sí mismas y sin necesidad del recurso religioso en tanto fundamental, aunque lo utilizasen (Ramírez 2000).

Por tal motivo la religión en Cuba no ha alcanzado niveles altos de significación social, al menos en comparación con otros países latinoamericanos con los que la sociedad cubana comparte identidades culturales e históricas aunque, como se acaba de apuntar, con peculiaridades diferenciales, donde en algunos momentos y lugares sí ha registrado niveles importantes de significancia sociopolítica. En modo alguno lo dicho conlleva negar relevancia y capacidad de intervención de lo religioso en múltiples campos de la vida cultural, política, social en general y en el complicado mundo de la espiritualidad y la conducta individual.

Las complejas características del campo religioso cubano, a su vez, se desprenden principalmente de cuatro factores: a) la diversidad del origen de las expresiones que lo componen; b) los contenidos de las ideas y representaciones, c) los modos de organización y de expresar el ritual y d) los enfoques sobre la sociedad y la inserción y nivel de influencia en ella. En esto ha incidido básicamente la multiplicidad cultural que caracteriza a la sociedad cubana.

El modelo sociocultural africano aportó distintas formas religiosas que en las condiciones cubanas fueron modificándose hasta conformar las actuales expresiones cubanizadas, entre ellas las más extendidas: la Regla Ocha o santería, de ascendencia yoruba; la Regla Conga o palo monte, originada de pueblos de un tronco común bantú -ambas en realidad son complejos de formas relativamente integradas en cada una- y las sociedades secretas masculinas Abakuá, similares a nigerianas (Argüelles y Hodge 1991). Existen otras expresiones de iguales raíces africanas, aunque menos difundidas, como la Regla Arará, de procedencia dahomeyana. Introducido por braceros haitianos llevados a Cuba, al cesar la trata esclavista, por exigencias de mano de obra barata para la cosecha azucarera, se practica el vodú por portadores originales de edad avanzada y descendientes. Más recientemente se han ido conformando grupos de rastafaris, en reducidas proporciones (aunque se trata de una religión autóctona jamaicana, la cual si bien apunta a Africa y a la reivindicación del negro, se ha construido con elementos doctrinales y de culto occidentales).

Lo africano, por su parte, al igual que lo hispano, en tanto componente de esa cultura, es integrable en un concepto construido en la mezcla de diferencias en relación dialéctica con semejanzas, sólo en las condiciones americanas y no en los lugares de procedencia donde se conservan sustanciales diferencias étnicas.

La influencia africana en América Latina y en el Caribe es significativa, con seguridad mayor que la que algunos autores admiten, especialmente en los territorios donde hubo un crecido asentamiento estable de esclavos por una más alta intensidad de la "trata negrera", sobre todo debido a la estructuración de economías de plantación. Esto es advertible en la cultura de varios países, particularmente de la cuenca del Caribe, no sólo en la parte insular sino también en la continental e incluyendo a Brasil.

Lo africano forma parte de la identidad latinoamericana y caribeña, construida en un largo y complejo proceso calificado acertadamente por Fernando Ortiz de transculturación (Ortiz 1986), con aportes hispano lusitanos y en diversos grados de culturas aborígenes, más marcadamente mesoamericanas e incaicas, en unas zonas y africanas en otras. En variada medida han convergido influencias culturales norteamericana, inglesa, francesa y en menores niveles de otros países europeos y asiáticos. La resultante es un nuevo producto síntesis de esos aportes.

En el también complejo cuadro religioso latinoamericano y caribeño existen diversas derivaciones de religiones africanas como, además de las antes referidas cubanas, el candomblé brasileño, el vodú haitiano, el Shangó de Trinidad, el winti de Suriname y, con la salvedad antes apuntada, el rastafari jamaicano (Ham 1998). Entre unas y otras hay evidentes diferencias, pero por encima de ellas son notables semejanzas por el origen, el contenido de símbolos y representaciones, el sentido ritual, su evolución en condiciones socialmente desventajosas, la incorporación de elementos cristianos.

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