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Artigos
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En
ese esfuerzo por adquirir formas nacionales la Iglesia reconoce un papel
destacado al primer Cardenal cubano nombrado entonces(12).
Por entonces se construyó un nuevo seminario, "El Buen Pastor",
en una finca a las afueras de la capital y se organizó la Acción
Católica, si bien bajo una directa supeditación clerical. La
dependencia de estructuras extranjeras fue un rasgo compartido por iglesias
cristianas. Las protestantes la tenían de iglesias norteamericanas
de donde procedía, o en cuyos seminarios se formaba, buena parte
de misioneros, pastores y la propia teología rectora, además
de ellas mismas ser promotoras cuando no reproductoras en alguna medida
de un modelo norteamericanizante. Tal
vez esa dependencia del extranjero fue un factor contribuyente al referido
alejamiento de la realidad social y política cubana que en el caso
de la Iglesia Católica tuvo una clara exposición en los
reclamos reiterados en sus pastorales de los últimos años
de los ´50 cuando, viendo alterado el tradicional modo de vida republicano
neocolonial por la violencia de la guerra civil, se llamaba a las partes
contendientes, sin consideraciones de causa, a un retorno a la anterior
situación de paz que, por cierto, era relativa y de violencia oculta
pero objetiva para las mayorías desposeídas, lo que no parecía
fuese advertido por una iglesia favorecida por el orden social y que compartía
en cierta medida el poder político(13) Las
expresiones religiosas de origen africano, una vez desaparecidas definitivamente
iniciales diferenciaciones étnicas y conformadas en una autoctonía,
seguían ubicadas en el contorno de una cultura subordinada y sometidas
a subvaloraciones y discriminaciones. De este modo se desenvolvían
en condiciones prácticamente de marginalidad. Un curso similar
se verificaba en el espiritismo, también considerado por las iglesias
como forma imperfecta o incluso supersticiosa de creencia, en especial
las vertientes popularizadas o cubanizadas - como las denomina Ileana
Hodge(14) - resultantes
de la sincretización del espiritismo kardeciano con elementos del
catolicismo, del palo monte y de la santería que se extendieron
igualmente en sectores populares. La
crisis de los últimos años de este período estuvo
acompañada, como se apuntara anteriormente, por un notable reavivamiento
religioso que alcanzó al conjunto de formas concretas existentes
en el país. Ello se constata en diversos aspectos de la vida religiosa
que pueden asumirse como indicadores de tal reactivamiento. Por
entonces las iglesias cristianas reportaban los más altos índices
de vocaciones sacerdotales y pastorales en sus respectivos seminarios
y de matrícula en los colegios religiosos a cuya atención
la Iglesia Católica dedicaba una parte numéricamente importante
- las dos terceras según analistas cristianos(15)
- de su clero. Había crecido la actividad asistencial de esas
instituciones, con una orientación caritativa en suplencia de la
desatención estatal, en asilos, hospitales, orfanatos, dispensarios
y escuelas parroquiales y otras. Las organizaciones laicales comenzaron
a manifestarse con inquietudes sociales y se proyectó la creación
de un partido de corte demócrata cristiano(16).
Varias organizaciones religiosas disponían de publicaciones y de
espacios en los medios de comunicación. En 1958 se inauguró
el Cristo de la Habana a la entrada de la bahía y se legalizó
a los Testigos de Jehová que comenzaba a crecer(17),
lo que indicaba un interés de la tiranía por mantener el
apoyo eclesial y de sectores religiosos reaccionarios al cambio revolucionario. La
influencia de expresiones popularizadas, como las de origen africano y
el espiritismo, se hizo creciente alcanzando incluso a sectores acomodados
- aún cuando lo ocultaran - según revelan testimonios de
santeros, el auge del ñañiguismo, la aparición de
los curanderos con cierta fama y de "estigmatizadas". Pero
un crecimiento de la incidencia religiosa es más advertible en
esos años en la participación de la población en
manifestaciones de religiosidad popular - fenómeno espontáneo
diferenciable de formas religiosas organizadas de alcance popular o no(18)
- específicamente en múltiples procesiones, peregrinaciones
y festividades en fechas determinadas (Semana Santa, los días de
figuras como San Lázaro, la Caridad, la Virgen de Regla, la Merced
y Santa Bárbara, y fiestas patronales). II.-
Las grandes transformaciones sociales (1959-1988) El
triunfo del movimiento revolucionario con la consiguiente caída
de la dictadura batistiana el primero de enero de 1959, marca una nueva
era en la evolución histórica de la sociedad cubana por
la que se produce una ruptura del curso neocolonial. Esta etapa tiene
un período que recorre las décadas del 60 al 80 en el que
se comienza la construcción de un nuevo modelo de sociedad, y otro
- que analizaremos en el próximo acápite- durante el cual
se ve sometido a pruebas el proyecto en condiciones de crisis social tras
la caída del campo socialista. El primer período, a su vez,
presenta dos momentos cuya diferenciación no es claramente definible,
pero con variaciones respecto a los cambios sociales. Uno
de esos momentos coincide de cierta manera con la década del 60,
en especial sus años iniciales que es cuando en medio de agudas
contradicciones y de agresiones desde el exterior - económicas,
políticas, diplomáticas, ideológicas y militares-
se producen las más profundas y radicales transformaciones sociales
de carácter popular. Entre ellas cabe mencionar las reformas urbana
y agraria; la nacionalización de empresas y otras propiedades extranjeras;
el paso a propiedad estatal de la economía (incluyendo los pequeños
negocios con la llamada ofensiva revolucionaria de fines de la década);
la intervención de la escuela privada y de los medios de comunicación,
así como la adopción de medidas encaminadas a mejorar la
calidad de vida y garantizar la seguridad social, entre ellas la alfabetización,
la educación y la salud gratuitas; el aumento del salario mínimo,
al precio estable y la subvención estatal de productos de consumo
básico; la masificación del deporte, la superación
técnica de los trabajadores, la legislación sobre maternidad,
jubilación, vacaciones; el trabajo por erradicar la prostitución,
la desigualdad de la mujer, la discriminación racial.
El grueso de estos cambios se orienta a modificar la base estructural
de la sociedad, otras no consustanciales al sistema, como la referida
a la eliminación de la enseñanza privada, respondían
a coyunturas. Paralelamente
la conciencia social también se modifica con un reforzamiento del
sentimiento patriótico de unidad nacional, el desarrollo de las
ideas sobre solidaridad, igualdad y justicia social, el sentido de pertenencia
a un proyecto socioeconómico aun con riesgo de vida. Obviamente
estos cambios supraestructurales eran más intensos cuando fueron
mayores las transformaciones sociales y el contraste con el anterior status
quo. Ello comporta lógicas variaciones generacionales; pero también
un modo de pensar y enfrentar la realidad que incide incluso en los que
no se identifican con el proyecto social sin ser opositores consecuentes. En
un segundo momento, entre las décadas 70 y 80, consolidado el proceso,
no era posible ni necesario un conjunto tan radical de transformaciones,
al tiempo que fueron evidenciándose los efectos de errores, estancamientos
y la imposibilidad práctica de llevar a todos los escenarios todas
las transformaciones. Consecuentemente
en la segunda mitad de los 80 se inicia un proceso denominado de rectificación
de errores y tendencias negativas, especialmente en el campo económico,
pero también en lo social que alcanzó la interpretación
de la teoría rectora e incluso el modo de concebir la religión
y de abordarla en la práctica política(19). En
el plano socioeconómico el período se destaca, en especial
en su primer momento, por un mejoramiento cuantitativo y cualitativo del
modo de vida de la población cubana. Se realizaron, además
esfuerzos por diversificar la industria y, aunque no se logró eliminar
la dependencia de la monoproducción azucarera, se creó una
infraestructura industrial, si bien seguía pendiente en buena medida
de materias primas y tecnología extranjeras. Por los 80 el peso
industrial en el producto social no era el esperado ni creciente(20).
En condiciones de subdesarrollo los resultados alcanzados sin embargo,
no podían cubrir la enorme demanda y la relatividad de las crecientes
necesidades en el nivel de vida, y algunos sectores de la economía
y de la población tuvieron un desbalance respecto a la globalidad. En
la conciencia social estas transformaciones en la base estructural se
reflejaron, entre otros aspectos, en una mayor politización del
pensamiento, un aumento de sentimientos de unidad nacional, autoconfianza
y solidaridad internacional; en la generación de nuevos valores
y códigos éticos en especial de carácter social,
aun cuando posteriormente se ha considerado que hubo excesivas expectativas
de igualdad y de esperanzas en el modelo socialista más allá
de las reales posibilidades, considerando en particular el subdesarrollo
en tanto punto de partida para el desarrollo sostenido. Respecto
al campo específicamente religioso el movimiento social tuvo repercusiones
muy variadas, principalmente en dos sentidos, de una parte una también
politización de la actividad en ciertos sectores y, de otra, una
reducción generalizada de la religiosidad. La
oposición que las jerarquías cristianas ofrecieron al proceso
es bien conocida(21). Sólo
me parece importante subrayar dos hechos: la manipulación de las
creencias y de las estructuras religiosas por parte de los opositores
políticos del proyecto revolucionario de dentro y de fuera del
país, y el carácter de la reacción jerárquica
católica sobre la base de criterios preestablecidos en cuanto a
una persecución religiosa de grandes proporciones que aseguraba
se produciría - la que no se verificó - y a la inviolabilidad
de la propiedad privada como "derecho natural" que, conjuntamente
con otros elementos teóricos, constituye un principio de la Doctrina
Social Cristiana sustentada por el magisterio papal en tanto teoría
ético-político-filosófico-religiosa fundamental. Es
también sabido que esas posiciones se fueron reduciendo y abandonando
en la medida que avanzaba el proceso popular logrando la concertación
de las mayorías. El curso político posterior, en los 70
y 80 fue heterogéneo en el conjunto de iglesias y al interior de
las mismas, mientras unas se mantenían distantes de la evolución
social, con una participación discreta, otras declaraban su apoyo
a los objetivos humanistas del proyecto a partir de una nueva teología
cubana. Por
su parte, en las expresiones religiosas con arraigo en sectores populares
y en la religiosidad popular, prevaleció una incorporación
práctica a la actividad social sin objeciones desde valoraciones
religiosas. En esas formas no existen sistemas teóricos religiosos
con ideologías políticas que pueden representar alternativas
a la ideología revolucionaria. Ese
enfrentamiento, por cierto no generalizado a todos los cristianos, constituyó
la base de incomprensiones y, favorecido por la instalación de
un modo estrecho y dogmático de interpretar la teoría marxista
dentro de una supuesta ciencia ateísta importada del campo socialista,
se generó un prejuicio social sobre la religión y los creyentes
y prácticas discriminatorias. Un
hecho en esta época, tal vez el más significativo, en lo
referente a la religión, fue una sensible reducción de la
significación del fenómeno religioso a nivel macrosocial.
Hay indicadores que permiten tal afirmación, como la disminución
sustancial de las comunidades cristianas principalmente por abandono del
país del clero y pastorado nacional y sobre todo extranjero, también
de las membresías regulares; una crisis vocacional prolongada;
una menor asistencia a actividades de culto y una reducción de
solicitudes de sacramentos y otros servicios religiosos. Por otra parte,
hubo una contracción de la presencia pública y por tanto
de posibilidades de divulgación para instituciones eclesiales,
por la intervención de los colegios y de los medios de comunicación
incluidos ambos en una perspectiva laica, y una interrupción de
la atención social caritativa con la asunción estatal, prácticamente
exclusiva, de esas funciones, con más recursos y bajo otros criterios. El
contraste con el anterior momento de reactivación religiosa es
notable. En ello intervinieron múltiples factores y no tiene objetividad
reducirlo a la acción del Estado a un voluntarismo político
ateizante ni a las consecuencias del referido prejuicio social antirreligioso,
como unilateralmente se argumenta en algunos análisis. Si bien
éstos concurrieron, hubo a nuestro juicio otros factores principales
que pueden agruparse en dos escenarios, uno sociopolítico y otro
sociopsicológico. El
proyecto social que se presentaba de modo crecientemente definido comportaba
el fortalecimiento de la acción protectora del Estado y de la propia
sociedad, y la concertación sobre bases sociales y económicas
que no requerían del recurso de lo metasocial. Para la existencia
y reproducción del nuevo modelo social no era imprescindible ni
la participación de organizaciones religiosas en cuanto tales en
las estructuras de poder político - máxime cuando este proceder
había sido tradicional en la organización social anterior
ahora antagónica- ni la legitimación sobre bases del concurso
de lo sobrenatural. Se
acentuaba así un proceso de secularización iniciado con
el capitalismo. No sólo se reactivaba la tradición laica
del libre pensamiento, del anticlericalismo y de la ideología mambisa,
como la denomina Jorge Ibarra(22),
con su expresión constitucional, sino que además se defendía
el derecho a no tener creencias religiosas y no practicarlas junto al
desde antes establecido por la ley de escoger el de preferencia. La adaptación
a la nueva situación en que quedaba ubicada ante el poder político
y a la pérdida del hegemonismo, justamente interrumpiendo un proceso
de incremento religioso, se le dificulta a la Iglesia Católica,
más aún cuando en su cuerpo teórico social no hay
un reconocimiento definido del papel al que la reduce la modernidad. Por otra parte, el proyecto social por propia definición concebía un aumento y masificación del protagonismo de los diferentes sectores sociales, a la vez que ofrecía posibilidades concretas de satisfacción de demandas largamente sostenidas. La población podía percibir posibilidades tangibles de solución. Con toda lógica se producía una doble consecuencia; la reducción de la necesidad de protección externa a la sociedad y la presencia de una alternativa laica de satisfacción de expectativas. Todo ello incidía sobre todo en las formas religiosas más extendidas y en la religiosidad típica caracterizadas por su utilitarismo marcado y en constante apelo al milagro. La ética religiosa de sistemas más complejos dejaba de ser único paradigma y el bienestar y el ideal de justicia no tenía una sola esperanza escatológica.
(12) Esta idea se defiende con insistencia en textos eclesiales(ver por ejemplo: "Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC): Tipografía Don Bosco, Roma, 1986). (13)
Es significativo que en las pastorales firmadas por los Obispos, sobre
todo en 1958, se pedía que los contendientes buscaran fórmulas
para regresar al estado precedente calificado de paz y armonía
(ver esos documentos en la citada recopilación "La voz de
la Iglesia..."). (14)
Hodge, I. y M. Rodríguez: "Modos de manifestarse el espiritismo
en Cuba", DESR, La Habana, 1995 (inédito). (15)
Ver el informe de la Delegación Cubana recogido en: " Primer
Encuentro Latinoamericano de Cristianos por el Socialismo" Edit.
Camilo Torres, La Habana, 1979. (16)Las
inquietudes sociales fueron evidentes en especial en los acercamientos
de la Agrupación Católica Universitaria (ACU) a problemas
como el bajo nivel de vida de la población y el tipo de religiosidad
en ella, los que fueron estudiados en encuestas realizadas en esos años.
Los pasos iniciales para la constitución de un partido demócrata
cristiano, que hasta entonces no se había considerado necesario,
fueron dados por dirigentes laicos. Al respecto se cuenta con testimonios. (17)
No son carentes de objetividad los criterios recogidos de que ambas acciones
respondían a un interés político de la dictadura
batistiana. La monumental imagen del Cristo habanero se calcula de maniobra
para garantizar apoyo de la jerarquía católica, mientras
que la inscripción oficial de los Testigos de Jehová, lo
que no se había hecho antes alegándose la inconstitucionalidad
de sus preceptos por los que no se aceptan símbolos patrios, es
analizada en tanto forma de desestimular la participación popular
en acciones guerrilleras y clandestinas con la práctica religiosa
de no tomar las armas y alejarse del compromiso terrenal. (18)
En nuestra opinión es necesario establecer esa diferenciación
por cuanto la religiosidad popular, si bien se expresa asistemática
e irregularmente, tiene rasgos propios que la distinguen de formas específicas
y no es totalmente coincidente con lo popularizado en elementos del catolicismo,
la santería, el espiritismo (ver nuestra definición al respecto
en: Colectivo de autores: "Elementos para una definición de
la llamada religiosidad popular", Departamento de Estudios Sociorreligiosos,
folleto editado por el DOR, La Habana, 1984; en Ramírez, J.: "La
religiosidad popular en Cuba", en "La religión. Estudio
de investigadores cubanos sobre la temática religiosa", Editora
Política, La Habana, 1993, pp.1-23, y Ramírez, J.: "La
religiosidad en Cuba a la luz de las consecuencias del llamado V Centenario",
en "Los Olvidados de la Historia", CEHILA-Cuba, La Habana, 1996,
pp. 149-168). (19)
El proceso lo inició Fidel Castro durante y posterior al Tercer
Congreso del Partido Comunista de Cuba en varias intervenciones públicas.
Respecto a la religión esas ideas renovadoras quedaron sistemáticamente
expresadas antes en sus conversaciones con Frei Betto ("Fidel y la
Religión. Conversaciones con Frei Betto", Oficina de Publicaciones
del Consejo de Estado, La Habana, 1985). (20)
Ver lo que al respecto analizan, en especial describiendo crecimientos
y dificultades, entre otros: Pérez Cabrera, R: "La sustitución
de importaciones en Cuba: realidad y perspectivas", en "Cuba
Socialista", No. 20, marzo-abril, La Habana, 1986, pp. 68-86; Domínguez,
M.I. y M.E. Ferrer: "Efectos del período especial sobre jóvenes",
CIPS, La Habana, 1993, inédito. (21)Los
trabajos publicados sobre estas confrontaciones, desde diversos ángulos
y enfoques, son numerosos, Una descripción detallada puede consultarse
en Colectivo de autores: " Incidencia de la religión en la
lucha de clases en la construcción del socialismo en Cuba ",
DESR, La Habana, 1989, inédito. El lector puede tener una idea
de las posiciones de la jerarquía católica en sus pastorales
de 1959, 1960 y 1961 en la citada recopilación. (22)
Ibarra, J.: "La ideología mambisa", Edit. Cocuyo, Instituto
Cubano del Libro, La Habana, 1967. |
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