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Algo mas de 50 años de vida Religiosa Cubana (1945-2000)
por Dr. Jorge Ramírez Calzadilla
Departamento de Estudios Sociorreligiosos
Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS)



(Resumen)

Desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial, y los momentos de guerra fría que de inmediato la sucedieron, hasta los años terminales del siglo, la sociedad cubana ha atravesado por períodos en los que se han verificado significativos cambios de rupturas y transiciones en una línea histórica de continuidad en la diversidad. Inmersa en el complejo entretejido social, la religión en Cuba, conformando a su vez un campo peculiarmente heterogéneo, consecuentemente ha sufrido también importantes modificaciones.

En los últimos años de la etapa republicana neocolonial, a pesar de preceptos constitucionales, la Iglesia Católica conserva una posición hegemónica por encima de las demás organizaciones religiosas. Las iglesias cristianas desarrollan actividades asistenciales desde una óptica caritativa y en algunas es notable una prédica moralista ante las lacras sociales. Prima una visión anticomunista y un cierto desentendimiento de los agudos problemas sociales. Esto condiciona las posiciones eclesiales frente a las profundas transformaciones que se producen en la etapa revolucionaria, en cuyos primeros años la atención popular se orienta al campo laico.

Después se instala oficialmente una concepción ateizante que irá desapareciendo en la última etapa que se analiza, correspondiente a la década final del siglo, durante la cual se verifica una crisis social desde la desaparición del campo socialista, acompañada de un notable incremento religioso por el cual se amplía el espacio religioso y la capacidad de la religión de intervenir en la vida social, a la vez que se intensifica una recuperación de las iglesias y demás agrupaciones religiosas, y crecen manifestaciones carismáticas.

Por muy diversas razones, en el complejo cuadro religioso cubano ninguna expresión organizada ha prevalecido sobre las restantes. La religiosidad prevaleciente es espontánea, asistemática, independiente de sistemas religiosos, aunque conformada por aportes de elementos del catolicismo, las religiones de origen africano y el espiritismo, estas dos últimas extendidas en sectores populares. Del mismo modo, la religión no ha alcanzado niveles relativamente altos de significación, en los mecanismos de reproducción social lo religioso no alcanza capacidad determinante, los principales acontecimientos nacionales han tenido un carácter eminentemente laico. No obstante, en el período objeto de estudio se han producido dos momentos de incremento de la significación social de la religión, ambos coincidentes con situaciones socialmente críticas: una a finales de los años cincuenta, cuando se manifestaba una incapacidad del modelo neocolonial, y la otra, como ya se apuntó, a lo largo de los noventa.

ALGO MAS DE 50 AÑOS DE VIDA RELIGIOSA CUBANA (1945-2000)
Secularización y reavivamiento religioso


Las algo más de cinco décadas que recorren la segunda mitad del siglo XX en la vida social cubana han sido muy ricas en hechos a la vez que, al iniciarse el siglo XXI, parecen estar indicando que, en la actual centuria, Cuba seguirá siendo, al decir de Giulius Girardi, un laboratorio social e incluso teológico(1), o dicho de otro modo, se trata de particulares vivencias y reflexiones religiosas en un medio social que emerge en cambios y búsquedas constantes.

Esa diversidad de acontecimientos, muchos de los cuales evidencian cambios profundos, rupturas y transiciones en una línea histórica de continuidad en la variedad, abarca múltiples campos en el decursar social. Aquí interesa particularizar en el complejo mundo religioso cubano intentando situarlo en el contexto de cada coyuntura. La tesis que se defiende es que, respecto a la religión, este medio siglo objeto de análisis revela una identidad en comparación con otros períodos: la influencia religiosa describe un movimiento irregular pendular de sucesivos momentos de incrementos y recesiones; pero a la vez presenta una diferencia por cuanto hay en éste un contraste entre los extremos mayor que en ocasiones anteriores. Se advierte, no obstante, una regularidad, la intensidad de esa influencia de la religión guarda una estrecha relación con la sociedad en tanto sistema, de modo que los puntos más altos se producen en circunstancias de crisis social y adquieren características en dependencia de las peculiaridades que hacen críticas las relaciones sociales en su conjunto.

Por influencia religiosa entiendo la capacidad de la religión, constituida por diferentes formas concretas, de intervenir, de una parte, en lo macrosocial, en las relaciones culturales, éticas, ideológicas, políticas y hasta económicas, especialmente en el conjunto de mecanismos por los que tal sociedad se conserva y reproduce con grados de intervención religiosa que pueden ser decisivo, importante o menos importante, y, de otra parte al interior de grupos, en sus relaciones y comportamientos y en los individuos, en su vida espiritual, sus intereses, aspiraciones, ideales, modos de interpretar la realidad y enfrentar los problemas, con distintas regulaciones de la conducta. Desde una perspectiva sociohistórica, y más bien sociopolítica, en la que me sitúo, es posible medir la influencia religiosa en el ámbito social y grupal; pero, obviamente, lo individual requiere de análisis y métodos que ni siquiera están en el planteamiento.

Las crisis sociales, a su vez, pueden tener un sentido u otro según se trate de depresiones económicas y agudización de conflictos en los que las soluciones no se vislumbran inmediatas para el común de las personas o, por el contrario, de períodos emergentes en los que la crisis es de un signo positivo resultante de un cambio de perspectivas favorables al desarrollo social. La relación entre incremento religioso y crisis la estoy estableciendo con el primer tipo de crisis. Esto lo permite ver, como se ha hecho en otras ocasiones(2), el análisis de coyunturas difíciles como las guerras independentistas del pasado siglo, los años alrededor de la década del 30 con la lucha antimachadista, y lo que esta dictadura representaba, posterior al crack bancario y el fracaso tanto del movimiento revolucionario popular, como el de las aspiraciones e ideología de la burguesía nacional, y más recientemente en los 50 y en los 90 que corresponden a la etapa que examinaremos. Esas circunstancias han sido acompañadas de un consecuente reactivamiento religioso bajo diversas formas y modalidades.

En la media centuria en cuestión, aunque pudiera definirse cualquier otra periodización según el criterio que se siga, son claramente advertibles tres períodos diferenciables a partir de la naturaleza de los conflictos sociales que se debaten, de los objetivos posibles y los que el poder se plantea, de los sectores e intereses sociales protagónicos y del modo con que, en resumen, se pretende solucionar las contradicciones. El primero de ellos se prolonga desde 1945 hasta 1958, el segundo de 1959 a 1989 y el tercero comenzando en 1989 se extiende por la década del 90. Pasemos ahora a examinar de modo necesariamente breve lo fundamental del desenvolvimiento de la vida religiosa en cada uno, precedido de una rápida descripción de los rasgos que caracterizan el momento social correspondiente.

I.- Los últimos años de vida republicana neocolonial (1945-1959)

Los trece años inmediatos que siguen al fin de la segunda guerra mundial están marcados para Cuba por el máximo afloramiento de las contradicciones intrínsecas al modelo neocolonial establecido pocos años antes, al punto que lo fueron conduciendo a su fracaso definitivo en medio de una represión que agravó la situación. En su primera parte el curso nacional se movía en el esquema con que se fundó la república mientras la vida religiosa se desempeñaba en la normalidad precedente. La segunda, sin embargo, es particularmente convulsa y en lo religioso hay un notable reavivamiento.

Se distinguen, por tanto, dos momentos históricos, uno del 45 al 52 y otro del 53 al 58. En ambos se revela una crisis estable de estancamiento que se hacía creciente. La economía cubana, cuya estructura básica se configuró en la etapa colonial y se reforzó en la neocolonial, acentuaba entonces su carácter de productora para el mercado internacional sobre la base de un solo producto y un solo mercado(3), con niveles tendientes al decrecimiento o por un débil y prácticamente nulo proceso de industrialización(4), importando considerables cantidades de artículos para el consumo, y suntuarios, de materia prima y tecnología para las escasas industrias no azucareras, a lo que se le unían los gastos en el pago de fletes, aranceles y envases. La balanza comercial con Estados Unidos se hacía cada vez más desfavorable.

El sistema semifeudal de tenencia y explotación de la tierra, mantenía improductivas enormes extensiones de tierra obstaculizando la diversificación agrícola a la vez que creaba un ejército de subempleados, empleados cíclicos y desempleados entre obreros agrícolas, mantenía al campesinado aparcero, arrendatario y precarista en condiciones de extrema pobreza y, al igual que el resto de los sectores populares, de sometimiento a una permanente despreocupación y abandono por parte del Estado, lo que se intentaba suplir bajo una orientación caritativa por instituciones religiosas, lo cual obviamente resultaba insuficiente.

La intervención norteamericana en la sociedad cubana abarcaba no sólo la economía y la política sino también la cultura, generando hábitos, modelos y gustos culturales que incluso alcanzaron lo religioso(5). Diferentes analistas han llegado a valorar a Cuba como uno de los países más penetrados - si no el más - por esa potencia, alcanzando su punto más alto en este período. Contradictoriamente la conciencia antimperialista ha sido significativa, matizando hasta el pensamiento de grupos sociales de posiciones medias y acomodadas. En ello ha sido decisivo el hecho que la soberanía nacional se hubo de construir a partir de una lucha que en la etapa republicana se expresó, entre otras, en la recuperación del territorio de la Isla de Pinos, cuya pertenencia quedó un tiempo imprecisa, en las pugnas por tratados comerciales menos desiguales, como la que se originó en torno al diferencial azucarero y en que la plena independencia ha constituido el centro de las aspiraciones patrióticas, destacándose valores de cubanía frente a escamoteos e interpretaciones subestimativas de cierta historiografía y de pretensiones anexionistas y neoanexionistas de diferentes momentos.

El primer momento, de 1945 a 1952, es el de la postguerra caracterizado por un acentuado anticomunismo. La frustración de las esperanzas demagógicas del Partido Auténtico condujo a un auge del movimiento progresista y popular alrededor del Partido Ortodoxo. En evitación de la instalación en el poder de una tendencia de este carácter, se produjo el golpe de estado de Batista con respaldo estadounidense.

El segundo momento con el que se cierra este período, es el de una insurrección crecientemente popular estimulada por la nueva violación de la legalidad constitucional y el regreso a la ya conocida hegemonía batistiana. El escenario político-social estuvo dominado por acciones como el asalto al cuartel Moncada, la constitución y liderazgo del Movimiento 26 de Julio, la concertación de nuevas fuerzas revolucionarias, políticas y estudiantiles, el desembarco del Granma, la guerra en la Sierra Maestra, la lucha clandestina y otras múltiples que hicieron, con el consiguiente aumento de la represión, insostenible el status quo implantado dentro del cual, como ya se dijo, era muy difícil se lograse resolver las contradicciones de una crisis estructural por parte de los sectores interesados en mantenerlo(6).

En los mecanismos de conservación y reproducción de aquella sociedad concreta el espacio que ocupaba la religión no era fundamental, por cuanto se apoyaba básicamente en la lógica capitalista - aún cuando el capitalismo cubano fuese incompleto, subdesarrollado, periférico - y los instrumentos consistían en las leyes de la ganancia, la movilidad social, la represión y otros extraídos de la propia sociedad sobre los que se construía la ideología.

El recurso de lo metasocial - como lo llama Francois Houtart(7)- y por tanto de la religión, no era imprescindible, como sí lo ha sido en otras formaciones sociales, por lo que no podía así alcanzar altos niveles de significación sociopolítica. Esto sucedió desde la etapa colonial y aumentó en la etapa republicana con un proceso de secularización. Por múltiples razones la capacidad de la religión de incidir en los procesos sociales ha sido diferente respecto a otros países latinoamericanos, lo que no quiere decir, por supuesto, que no interviniese en la vida social, en su cultura, moral, en las relaciones entre grupos, instituciones y familiares y de modo particular en la psicología de los individuos.

En este período las iglesias cristianas se situaron dentro del esquema anticomunista que regía su pensamiento y su accionar social. Esta posición respondía a dos premisas: la lógica de la civilización moderna occidental, cristiana y capitalista y las objeciones al ateísmo del modelo implantado en los países socialistas, erróneamente considerado consustancial a la teoría marxista(8). El discurso oficial de las instituciones cristianas en sus referencias a la sociedad, mostraba una preocupación central por las posibilidades de ejercer la educación religiosa y las prácticas del culto desentendiéndose de su función profética de denunciar los males consecuentes de la injusticia, desigualdades y corrupción instalados estructuralmente(9).

Ese estilo de actuación les ha valido análisis críticos como el de la estudiosa norteamericana Margaret Craham, la que consideró que antes de 1959 las iglesias se caracterizaron por un elitismo, desatención de las causas de la pobreza, escapismo y hasta racismo(10), a la vez que otros analistas cubanos, entre ellos teólogos y dirigentes de culto, han enjuiciado también con severidad el comportamiento social de las iglesias en esa etapa, con más objetividad que otros criterios triunfalistas y justificativos de la literatura oficial cristiana(11).

Por esos años siguió manifestándose lo que fue característico de toda la etapa, la diversificación del cuadro religioso cubano por la introducción y, en menor medida, la creación de nuevas instituciones en su mayoría debido a escisiones de otras instaladas previamente. Así se producía una peculiar competencia entre iglesias cristianas, y por este impulso se creó en 1945 el Concilio Cubano de Iglesias de Cuba, el que posteriormente cambiaría varias veces de nombre, en un principio expresión de un interés común protestante de enfrentar la hegemonía católica, aunque también de organizar el movimiento ecuménico que después, en el siguiente período, desempeñaría una destacada función socializadora con variables ritmos de importancia. En el año siguiente se fundó el Seminario Evangélico de Teología, en la ciudad de Matanzas, al servicio de varias iglesias y también de significación en el ecumenismo de proyección social.


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(1) Girardi, Giulio: "Cuba, después del derrumbe del comunismo", Editorial Nueva Utopía, Madrid, 1995

(2) Ver Ramírez, J.: "Los reavivamientos religiosos en tiempo de crisis". Revista Cubana de Ciencias Sociales, No. 31, La Habana, 1996.

(3) "A lo largo de la República, el azúcar ha ocupado el 82%, el tabaco el 11% y otros productos el 7%", (López Segrera, F.: "Cuba: capitalismo dependiente y subdesarrollo (1510-1959)", Colección Premios Casa de las Américas, Premio Ensayo, La Habana 1972, p. 320), destinado ante todo al mercado externo. "En 1958 los Estados Unidos proveía el 75 % de las importaciones y recibía el 66 % de las exportaciones", (idem, p.385)

(4) Las importaciones del capital fijo sólo crecieron de 11,6 % en 1917 a 16,6 % en 1958 ( idem pp.312-315), a la vez que en el último año a cada peso de producción correspondía de 25 a 28 centavos de importaciones (idem p.320)

(5) Una parte importante de los centrales azucareros y de las pocas industrias no azucareras eran propiedades de empresas norteamericanas, en pocos casos con capital cubano asociado, a la vez que monopolios de esa nacionalidad poseían latifundios. "En 1958 las inversiones norteamericanas ascendían a 1001 millones de dólares con utilidades anuales de 100 millones" (idem p.365). En lo religioso las iglesias protestantes dirigidas desde Estados Unidos desempeñaron un papel cultural norteamericanizante, como denuncian varios autores evangélicos en Cepeda, R. (editor): "La herencia misionera en Cuba"; DEI, San José de Costa Rica, 1983.

(6) El Gobierno aplicó una extrema represión ante la imposibilidad de frenar la oposición revolucionaria. La burguesía nacional fue incapaz de reafirmarse como clase y de encontrar fórmulas que solucionasen la crisis social y económica que constituía la fuente de los males. El gobierno norteamericano no advirtió que el sistema estaba empujando a los sectores populares, incluyendo en ellos a las llamadas capas medias, a la búsqueda de transformaciones profundas y radicales.

(7) Houtart, F.: "Religión y modos de producción precapitalistas", Editions de LŽUniversité de Bruxelles, Editorial IEPALA, Madrid, 1989.

Para un análisis fundamentado sobre la significación sociopolítica de la religión en general y en Cuba en particular a partir de su capacidad de incidir en la reproducción de una sociedad concreta, se puede consultar: Ramírez, J.: "Religión y relaciones sociales", Depto. Estudios Sociorreligiosos, CIPS, La Habana, 1994 (en edición)

(8)La concepción marxista, a partir de la teoría de sus fundadores, como hemos analizado en varios trabajos del Depto. de Estudios Sociorreligiosos, no justifica, sino es contraria, a la práctica ateísta y a la teoría del ateísmo mal llamado científico. Ver, por ejemplo: Colectivo de autores: "La Conciencia religiosa, Características y formas de manifestarse en la sociedad cubana", DESR, La Habana, 1993 (en edición).

(9) Es curioso que, por ejemplo, pocos años antes del período que se examina, el 20 de junio de 1948, al saludar la nueva Constitución republicana, el Vicario Capitular de La Habana, Manuel Arteaga, quien llegara a ser el primer cardenal cubano, subrayase la mención a Dios en el texto institucional, la libertad de culto, la moral cristiana, el mantenimiento de la libre enseñanza religiosa privada y no hiciera referencia a otros aspectos que hicieran esa Carta Magna avanzada para su época y circunstancias en que se promulgó, aun cuando mucho de ello después no se pusiese en práctica. Llama la atención que en ese documento Arteaga, orientando el modo de ejercer el sufragio prohibiese a los católicos votar por un candidato que sostenga "un programa antirreligioso y ateo" ("Declaración del Dr. Manuel Arteaga", en "La Voz de la Iglesia. 100 documentos episcopales", Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C., México, 1995, pp. 32 y 33)

(10) Recogido en Rudolph, J.P (editor): "Cuba, a country study", Foreign Area Studies, The American University, 3ra edición, 1987, p. 96.

(11) Ver, por ejemplo: Cepeda, R. (editor): "La herencia misionera", antes citado.

 
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