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Desde
la terminación de la Segunda Guerra Mundial, y los momentos de
guerra fría que de inmediato la sucedieron, hasta los años
terminales del siglo, la sociedad cubana ha atravesado por períodos
en los que se han verificado significativos cambios de rupturas y transiciones
en una línea histórica de continuidad en la diversidad.
Inmersa en el complejo entretejido social, la religión en Cuba,
conformando a su vez un campo peculiarmente heterogéneo, consecuentemente
ha sufrido también importantes modificaciones.
En los últimos años de la etapa republicana neocolonial,
a pesar de preceptos constitucionales, la Iglesia Católica conserva
una posición hegemónica por encima de las demás organizaciones
religiosas. Las iglesias cristianas desarrollan actividades asistenciales
desde una óptica caritativa y en algunas es notable una prédica
moralista ante las lacras sociales. Prima una visión anticomunista
y un cierto desentendimiento de los agudos problemas sociales. Esto condiciona
las posiciones eclesiales frente a las profundas transformaciones que
se producen en la etapa revolucionaria, en cuyos primeros años
la atención popular se orienta al campo laico. Después
se instala oficialmente una concepción ateizante que irá
desapareciendo en la última etapa que se analiza, correspondiente
a la década final del siglo, durante la cual se verifica una crisis
social desde la desaparición del campo socialista, acompañada
de un notable incremento religioso por el cual se amplía el espacio
religioso y la capacidad de la religión de intervenir en la vida
social, a la vez que se intensifica una recuperación de las iglesias
y demás agrupaciones religiosas, y crecen manifestaciones carismáticas.
Por muy diversas razones, en el complejo cuadro religioso cubano ninguna
expresión organizada ha prevalecido sobre las restantes. La religiosidad
prevaleciente es espontánea, asistemática, independiente
de sistemas religiosos, aunque conformada por aportes de elementos del
catolicismo, las religiones de origen africano y el espiritismo, estas
dos últimas extendidas en sectores populares. Del mismo modo, la
religión no ha alcanzado niveles relativamente altos de significación,
en los mecanismos de reproducción social lo religioso no alcanza
capacidad determinante, los principales acontecimientos nacionales han
tenido un carácter eminentemente laico. No obstante, en el período
objeto de estudio se han producido dos momentos de incremento de la significación
social de la religión, ambos coincidentes con situaciones socialmente
críticas: una a finales de los años cincuenta, cuando se
manifestaba una incapacidad del modelo neocolonial, y la otra, como ya
se apuntó, a lo largo de los noventa. ALGO
MAS DE 50 AÑOS DE VIDA RELIGIOSA CUBANA (1945-2000)
Secularización
y reavivamiento religioso
Las
algo más de cinco décadas que recorren la segunda mitad
del siglo XX en la vida social cubana han sido muy ricas en hechos a la
vez que, al iniciarse el siglo XXI, parecen estar indicando que, en la
actual centuria, Cuba seguirá siendo, al decir de Giulius Girardi,
un laboratorio social e incluso teológico(1),
o dicho de otro modo, se trata de particulares vivencias y reflexiones
religiosas en un medio social que emerge en cambios y búsquedas
constantes. Esa
diversidad de acontecimientos, muchos de los cuales evidencian cambios
profundos, rupturas y transiciones en una línea histórica
de continuidad en la variedad, abarca múltiples campos en el decursar
social. Aquí interesa particularizar en el complejo mundo religioso
cubano intentando situarlo en el contexto de cada coyuntura. La tesis
que se defiende es que, respecto a la religión, este medio siglo
objeto de análisis revela una identidad en comparación con
otros períodos: la influencia religiosa describe un movimiento
irregular pendular de sucesivos momentos de incrementos y recesiones;
pero a la vez presenta una diferencia por cuanto hay en éste un
contraste entre los extremos mayor que en ocasiones anteriores. Se advierte,
no obstante, una regularidad, la intensidad de esa influencia de la religión
guarda una estrecha relación con la sociedad en tanto sistema,
de modo que los puntos más altos se producen en circunstancias
de crisis social y adquieren características en dependencia de
las peculiaridades que hacen críticas las relaciones sociales en
su conjunto. Por
influencia religiosa entiendo la capacidad de la religión, constituida
por diferentes formas concretas, de intervenir, de una parte, en lo macrosocial,
en las relaciones culturales, éticas, ideológicas, políticas
y hasta económicas, especialmente en el conjunto de mecanismos
por los que tal sociedad se conserva y reproduce con grados de intervención
religiosa que pueden ser decisivo, importante o menos importante, y, de
otra parte al interior de grupos, en sus relaciones y comportamientos
y en los individuos, en su vida espiritual, sus intereses, aspiraciones,
ideales, modos de interpretar la realidad y enfrentar los problemas, con
distintas regulaciones de la conducta. Desde una perspectiva sociohistórica,
y más bien sociopolítica, en la que me sitúo, es
posible medir la influencia religiosa en el ámbito social y grupal;
pero, obviamente, lo individual requiere de análisis y métodos
que ni siquiera están en el planteamiento. Las
crisis sociales, a su vez, pueden tener un sentido u otro según
se trate de depresiones económicas y agudización de conflictos
en los que las soluciones no se vislumbran inmediatas para el común
de las personas o, por el contrario, de períodos emergentes en
los que la crisis es de un signo positivo resultante de un cambio de perspectivas
favorables al desarrollo social. La relación entre incremento religioso
y crisis la estoy estableciendo con el primer tipo de crisis. Esto lo
permite ver, como se ha hecho en otras ocasiones(2),
el análisis de coyunturas difíciles como las guerras independentistas
del pasado siglo, los años alrededor de la década del 30
con la lucha antimachadista, y lo que esta dictadura representaba, posterior
al crack bancario y el fracaso tanto del movimiento revolucionario popular,
como el de las aspiraciones e ideología de la burguesía
nacional, y más recientemente en los 50 y en los 90 que corresponden
a la etapa que examinaremos. Esas circunstancias han sido acompañadas
de un consecuente reactivamiento religioso bajo diversas formas y modalidades. En
la media centuria en cuestión, aunque pudiera definirse cualquier
otra periodización según el criterio que se siga, son claramente
advertibles tres períodos diferenciables a partir de la naturaleza
de los conflictos sociales que se debaten, de los objetivos posibles y
los que el poder se plantea, de los sectores e intereses sociales protagónicos
y del modo con que, en resumen, se pretende solucionar las contradicciones.
El primero de ellos se prolonga desde 1945 hasta 1958, el segundo de 1959
a 1989 y el tercero comenzando en 1989 se extiende por la década
del 90. Pasemos ahora a examinar de modo necesariamente breve lo fundamental
del desenvolvimiento de la vida religiosa en cada uno, precedido de una
rápida descripción de los rasgos que caracterizan el momento
social correspondiente. I.-
Los últimos años de vida republicana neocolonial (1945-1959) Los
trece años inmediatos que siguen al fin de la segunda guerra mundial
están marcados para Cuba por el máximo afloramiento de las
contradicciones intrínsecas al modelo neocolonial establecido pocos
años antes, al punto que lo fueron conduciendo a su fracaso definitivo
en medio de una represión que agravó la situación.
En su primera parte el curso nacional se movía en el esquema con
que se fundó la república mientras la vida religiosa se
desempeñaba en la normalidad precedente. La segunda, sin embargo,
es particularmente convulsa y en lo religioso hay un notable reavivamiento. Se
distinguen, por tanto, dos momentos históricos, uno del 45 al 52
y otro del 53 al 58. En ambos se revela una crisis estable de estancamiento
que se hacía creciente. La economía cubana, cuya estructura
básica se configuró en la etapa colonial y se reforzó
en la neocolonial, acentuaba entonces su carácter de productora
para el mercado internacional sobre la base de un solo producto y un solo
mercado(3), con niveles tendientes
al decrecimiento o por un débil y prácticamente nulo proceso
de industrialización(4),
importando considerables cantidades de artículos para el consumo,
y suntuarios, de materia prima y tecnología para las escasas industrias
no azucareras, a lo que se le unían los gastos en el pago de fletes,
aranceles y envases. La balanza comercial con Estados Unidos se hacía
cada vez más desfavorable. El
sistema semifeudal de tenencia y explotación de la tierra, mantenía
improductivas enormes extensiones de tierra obstaculizando la diversificación
agrícola a la vez que creaba un ejército de subempleados,
empleados cíclicos y desempleados entre obreros agrícolas,
mantenía al campesinado aparcero, arrendatario y precarista en
condiciones de extrema pobreza y, al igual que el resto de los sectores
populares, de sometimiento a una permanente despreocupación y abandono
por parte del Estado, lo que se intentaba suplir bajo una orientación
caritativa por instituciones religiosas, lo cual obviamente resultaba
insuficiente. La
intervención norteamericana en la sociedad cubana abarcaba no sólo
la economía y la política sino también la cultura,
generando hábitos, modelos y gustos culturales que incluso alcanzaron
lo religioso(5). Diferentes
analistas han llegado a valorar a Cuba como uno de los países más
penetrados - si no el más - por esa potencia, alcanzando su punto
más alto en este período. Contradictoriamente la conciencia
antimperialista ha sido significativa, matizando hasta el pensamiento
de grupos sociales de posiciones medias y acomodadas. En ello ha sido
decisivo el hecho que la soberanía nacional se hubo de construir
a partir de una lucha que en la etapa republicana se expresó, entre
otras, en la recuperación del territorio de la Isla de Pinos, cuya
pertenencia quedó un tiempo imprecisa, en las pugnas por tratados
comerciales menos desiguales, como la que se originó en torno al
diferencial azucarero y en que la plena independencia ha constituido el
centro de las aspiraciones patrióticas, destacándose valores
de cubanía frente a escamoteos e interpretaciones subestimativas
de cierta historiografía y de pretensiones anexionistas y neoanexionistas
de diferentes momentos. El
primer momento, de 1945 a 1952, es el de la postguerra caracterizado por
un acentuado anticomunismo. La frustración de las esperanzas demagógicas
del Partido Auténtico condujo a un auge del movimiento progresista
y popular alrededor del Partido Ortodoxo. En evitación de la instalación
en el poder de una tendencia de este carácter, se produjo el golpe
de estado de Batista con respaldo estadounidense. El
segundo momento con el que se cierra este período, es el de una
insurrección crecientemente popular estimulada por la nueva violación
de la legalidad constitucional y el regreso a la ya conocida hegemonía
batistiana. El escenario político-social estuvo dominado por acciones
como el asalto al cuartel Moncada, la constitución y liderazgo
del Movimiento 26 de Julio, la concertación de nuevas fuerzas revolucionarias,
políticas y estudiantiles, el desembarco del Granma, la guerra
en la Sierra Maestra, la lucha clandestina y otras múltiples que
hicieron, con el consiguiente aumento de la represión, insostenible
el status quo implantado dentro del cual, como ya se dijo, era muy difícil
se lograse resolver las contradicciones de una crisis estructural por
parte de los sectores interesados en mantenerlo(6). En
los mecanismos de conservación y reproducción de aquella
sociedad concreta el espacio que ocupaba la religión no era fundamental,
por cuanto se apoyaba básicamente en la lógica capitalista
- aún cuando el capitalismo cubano fuese incompleto, subdesarrollado,
periférico - y los instrumentos consistían en las leyes
de la ganancia, la movilidad social, la represión y otros extraídos
de la propia sociedad sobre los que se construía la ideología.
El
recurso de lo metasocial - como lo llama Francois Houtart(7)-
y por tanto de la religión, no era imprescindible, como sí
lo ha sido en otras formaciones sociales, por lo que no podía así
alcanzar altos niveles de significación sociopolítica. Esto
sucedió desde la etapa colonial y aumentó en la etapa republicana
con un proceso de secularización. Por múltiples razones
la capacidad de la religión de incidir en los procesos sociales
ha sido diferente respecto a otros países latinoamericanos, lo
que no quiere decir, por supuesto, que no interviniese en la vida social,
en su cultura, moral, en las relaciones entre grupos, instituciones y
familiares y de modo particular en la psicología de los individuos. En
este período las iglesias cristianas se situaron dentro del esquema
anticomunista que regía su pensamiento y su accionar social. Esta
posición respondía a dos premisas: la lógica de la
civilización moderna occidental, cristiana y capitalista y las
objeciones al ateísmo del modelo implantado en los países
socialistas, erróneamente considerado consustancial a la teoría
marxista(8). El discurso oficial
de las instituciones cristianas en sus referencias a la sociedad, mostraba
una preocupación central por las posibilidades de ejercer la educación
religiosa y las prácticas del culto desentendiéndose de
su función profética de denunciar los males consecuentes
de la injusticia, desigualdades y corrupción instalados estructuralmente(9). Ese
estilo de actuación les ha valido análisis críticos
como el de la estudiosa norteamericana Margaret Craham, la que consideró
que antes de 1959 las iglesias se caracterizaron por un elitismo, desatención
de las causas de la pobreza, escapismo y hasta racismo(10),
a la vez que otros analistas cubanos, entre ellos teólogos y dirigentes
de culto, han enjuiciado también con severidad el comportamiento
social de las iglesias en esa etapa, con más objetividad que otros
criterios triunfalistas y justificativos de la literatura oficial cristiana(11). Por esos años siguió manifestándose lo que fue característico de toda la etapa, la diversificación del cuadro religioso cubano por la introducción y, en menor medida, la creación de nuevas instituciones en su mayoría debido a escisiones de otras instaladas previamente. Así se producía una peculiar competencia entre iglesias cristianas, y por este impulso se creó en 1945 el Concilio Cubano de Iglesias de Cuba, el que posteriormente cambiaría varias veces de nombre, en un principio expresión de un interés común protestante de enfrentar la hegemonía católica, aunque también de organizar el movimiento ecuménico que después, en el siguiente período, desempeñaría una destacada función socializadora con variables ritmos de importancia. En el año siguiente se fundó el Seminario Evangélico de Teología, en la ciudad de Matanzas, al servicio de varias iglesias y también de significación en el ecumenismo de proyección social.
(1) Girardi, Giulio: "Cuba, después del derrumbe del comunismo", Editorial Nueva Utopía, Madrid, 1995 (2)
Ver Ramírez, J.: "Los reavivamientos religiosos en tiempo
de crisis". Revista Cubana de Ciencias Sociales, No. 31, La Habana,
1996. (3)
"A lo largo de la República, el azúcar ha ocupado el
82%, el tabaco el 11% y otros productos el 7%", (López Segrera,
F.: "Cuba: capitalismo dependiente y subdesarrollo (1510-1959)",
Colección Premios Casa de las Américas, Premio Ensayo, La
Habana 1972, p. 320), destinado ante todo al mercado externo. "En
1958 los Estados Unidos proveía el 75 % de las importaciones y
recibía el 66 % de las exportaciones", (idem, p.385) (4)
Las importaciones del capital fijo sólo crecieron de 11,6 % en
1917 a 16,6 % en 1958 ( idem pp.312-315), a la vez que en el último
año a cada peso de producción correspondía de 25
a 28 centavos de importaciones (idem p.320) (5)
Una parte importante de los centrales azucareros y de las pocas industrias
no azucareras eran propiedades de empresas norteamericanas, en pocos casos
con capital cubano asociado, a la vez que monopolios de esa nacionalidad
poseían latifundios. "En 1958 las inversiones norteamericanas
ascendían a 1001 millones de dólares con utilidades anuales
de 100 millones" (idem p.365). En lo religioso las iglesias protestantes
dirigidas desde Estados Unidos desempeñaron un papel cultural norteamericanizante,
como denuncian varios autores evangélicos en Cepeda, R. (editor):
"La herencia misionera en Cuba"; DEI, San José de Costa
Rica, 1983. (6)
El Gobierno aplicó una extrema represión ante la imposibilidad
de frenar la oposición revolucionaria. La burguesía nacional
fue incapaz de reafirmarse como clase y de encontrar fórmulas que
solucionasen la crisis social y económica que constituía
la fuente de los males. El gobierno norteamericano no advirtió
que el sistema estaba empujando a los sectores populares, incluyendo en
ellos a las llamadas capas medias, a la búsqueda de transformaciones
profundas y radicales. (7)
Houtart, F.: "Religión y modos de producción precapitalistas",
Editions de LŽUniversité de Bruxelles, Editorial IEPALA, Madrid,
1989. Para
un análisis fundamentado sobre la significación sociopolítica
de la religión en general y en Cuba en particular a partir de su
capacidad de incidir en la reproducción de una sociedad concreta,
se puede consultar: Ramírez, J.: "Religión y relaciones
sociales", Depto. Estudios Sociorreligiosos, CIPS, La Habana, 1994
(en edición) (8)La
concepción marxista, a partir de la teoría de sus fundadores,
como hemos analizado en varios trabajos del Depto. de Estudios Sociorreligiosos,
no justifica, sino es contraria, a la práctica ateísta y
a la teoría del ateísmo mal llamado científico. Ver,
por ejemplo: Colectivo de autores: "La Conciencia religiosa, Características
y formas de manifestarse en la sociedad cubana", DESR, La Habana,
1993 (en edición). (9)
Es curioso que, por ejemplo, pocos años antes del período
que se examina, el 20 de junio de 1948, al saludar la nueva Constitución
republicana, el Vicario Capitular de La Habana, Manuel Arteaga, quien
llegara a ser el primer cardenal cubano, subrayase la mención a
Dios en el texto institucional, la libertad de culto, la moral cristiana,
el mantenimiento de la libre enseñanza religiosa privada y no hiciera
referencia a otros aspectos que hicieran esa Carta Magna avanzada para
su época y circunstancias en que se promulgó, aun cuando
mucho de ello después no se pusiese en práctica. Llama la
atención que en ese documento Arteaga, orientando el modo de ejercer
el sufragio prohibiese a los católicos votar por un candidato que
sostenga "un programa antirreligioso y ateo" ("Declaración
del Dr. Manuel Arteaga", en "La Voz de la Iglesia. 100 documentos
episcopales", Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C., México,
1995, pp. 32 y 33) (10)
Recogido en Rudolph, J.P (editor): "Cuba, a country study",
Foreign Area Studies, The American University, 3ra edición, 1987,
p. 96. (11)
Ver, por ejemplo: Cepeda, R. (editor): "La herencia misionera",
antes citado. |
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