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El
cumplimiento de cualesquiera de las normas adquiere un carácter,
mayor o menor de obligatoriedad, según sea la influencia del grupo
religioso y los dirigentes de culto sobre los iniciados, el tipo y magnitud
de los problemas y conflictos por los que ha atravesado y/o atraviesa
el creyente, la motivación de acercamiento y permanencia en la
religión, las experiencias positivas vivenciadas con las prácticas
de sus creencias, y la valoración que se haga de la interrelación
vida-muerte-religión. Esta última condicionante adquiere
especial connotación en los marcos de la contradicción confianza-temor,
ya que para los creyentes en la Regla Ocha el poder de las deidades y
de la naturaleza pueden ponerse en función, tanto de la protección,
gratificación y la ayuda, como del castigo o la muerte por incumplimientos
y desobediencias. Como
se observará, en este tipo de creencias y prácticas religiosas,
donde persiste lo mítico, el pensamiento funciona básicamente
por antinomias y analogías que encuentran un referencial en la
vida cotidiana de los hombres (3). Se
conoce que la forma en que es percibido el orisha que representa a cada
iniciado incide en la conducta, bien reforzando actitudes y comportamientos
existentes o transformándolos. Es común en estos creyentes
el deseo de parecerse a lo que califican su "ángel de la guarda",
por lo que de acuerdo a la imagen que tengan de él, orientarán
su conducta como muestra de fidelidad. Suele oirse decir por ejemplo,
que los hijos de Shangó son valientes, dispuestos siempre a enfrentar
los problemas con agresividad y los hijos de Ochún son duchos en
el amor. Un estudio realizado por el Departamento de Estudios Religiosos
del CIPS, permitió conocer que dicha imagen puede introducir variaciones,
además, en características de la personalidad como la seguridad
o no, el carácter, el gusto y los intereses. Si
bien la connotación otorgada a las creencias y prácticas
religiosas, tanto en lo referido a la fe como al respeto de las normativas
religiosas, generalmente actúa como el impulsor principal en la
vida, no existe una unidad de criterios respecto a su aplicación.
La diversidad de interpretaciones de cada uno de los oddun (caminos),
transmitidos en lo fundamental oralmente, traen consigo diferenciaciones
en cuanto a cómo dar a conocer el respeto a la religión
y a su vez conductas variadas con consecuencias personales y sociales
diversas. Junto
a las orientaciones señaladas suelen destacarse otras más
vinculadas con la proyección social de los creyentes, entre las
que resaltan el reconocimiento de la familia, la ayuda a los demás
y la concepción de que un individuo apoyado en sus deidades puede
intervenir en el curso de los acontecimientos no necesariamente propio.
Estos valores que determinan en mayor medida el comportamiento y proyección
social de los creyentes en esta religión adquieren especial dimensión
en el contexto de las relaciones que se dan al interior del grupo de Ocha,
entendido también como familia de Ocha. A
la familia de Ocha se le suelen atribuir características positivas
comparándola con otros espacios sociales. Se tiende a sobredimensinar
la imagen de este grupo religioso apoyándose en dificultades por
la que está atravesando la sociedad cubana, de las cuales se excluye
al grupo religioso o en todo caso se ubica entre sus soluciones. La fortaleza
de los valores en esta expresión religiosa tiene mucho que ver
con esa fuerte relación entre el grupo religioso como familia de
Ocha y las relaciones al interior de la familia tradicional. Recuérdese
que la situación actual tiende a reforzar las relaciones en los
pequeños y medianos grupos y especialmente familia y grupos religiosos
están demostrando una gran vitalidad y readecuaciones a la crisis
cubana.
El
grupo de Ocha es concebido como una familia tan real como la tradicionalmente
conocida y ambos tipos de familias suelen complementarse o al menos, se
lo proponen en la mayoría de los casos. Cuando se habla de familia
en la Regla Ocha no se establecen grandes distinciones entre ambos tipos
de familias en cuanto a los roles a cumplir por sus miembros y las relaciones
que deben darse entre ellos. Características
de la familia en su sentido tradicional son transferidas a las de religión.
El padrino, la madrina y los ahijados (miembros del grupo o familia de
Ocha) se interpretan como padre, madre e hijos y los ahijados de un mismo
padrino o madrina como hermanos. La responsabilidad que se le adjudica
a padrinos y madrinas con sus ahijados es similar a las que deben tener
los padres y madres con sus hijos destacándose las funciones de
protección, ayuda e incorporación de conocimiento. Debido
a la simbiosis que establecen los creyentes en la Regla Ocha entre familia
religiosa y tradicional el funcionamiento de una penetra en el de la otra,
a tal punto que suele pensarse que quien no es buen hijo, buen padre,
buena madre no puede ser buen ahijado, buen padrino, buena madrina y viceversa;
que quien no tiene solucionado los problemas en el hogar no puede ayudar
a resolver aquellos de los integrantes del grupo religioso y que el que
no busque tranquilidad y armonía en el hogar no puede luchar porque
existan entre los creyentes que le rodean. Así también se
establece cierta correspondencia entre la veneración a los antepasados
(básicamente en esta expresión religiosa), el respeto a
los mayores religiosos (condición dada por la jerarquía
y años de experiencia como creyente) y el respeto a los ancianos
considerado como una expresión de lo anterior. Puede decirse que
el funcionamiento del grupo religioso está ligado a lo ético
en los modelos de vida familiar. Un
examen de los objetivos que como grupos se proponen ambos tipos de familias,
permite hablar de otro punto de convergencia. Tanto la no religiosa como
la religiosa pretenden que prevalezca entre sus miembros el respeto, la
fidelidad y la obediencia. Específicamente los integrantes del
grupo religioso aspiran (consciente o inconscientemente) obtener reconocimiento
tanto en el ámbito religioso como social y eso depende de la experiencia,
conocimientos religiosos y aché (fuerza interna que supuestamente
propician orishas y deidades), por un lado, y de otro, del aval que sobre
ellos se vayan conformando la comunidad y familia en que se desenvuelven
sin las que no se logra una plena satisfacción. Analizar
la importancia de la familia para la Regla Ocha presupone considerar su
tronco preponderante de procedencia. Los principales introductores de
esta expresión religiosa, esclavos africanos, eran portadores de
una sociedad basada en relaciones de parentesco donde la familia era el
eje central de la vida. Esta forma de concebir la sociedad con una presencia
rectora y no claramente diferenciada de la religión y la familia
fue trasladada a nuestro país y trasmitida junto a creencias, esquemas
de pensamiento y concepción del mundo que, a pesar de los años,
encuentran aún hoy en día referencia en el Africa de la
época de la esclavitud. Lo
violento de la introducción de los esclavos africanos en Cuba,
las difíciles condiciones de los esclavos y posteriormente la marginación
y discriminación a que estuvieron sometidos los practicantes de
la denominada santería, les impusieron la necesidad de estar unidos
para subsistir, de aislarse con sus secretos en un pequeño mundo
distinto a todo lo que a nivel social representaba hostilidad, prejuicios
y desprecio, de reunirse alrededor de un grupo en el que podían
refugiarse espiritual y materialmente. Esta lucha por la sobrevivencia
y el deseo de conservar la religión de los antepasados africanos
contribuyó a reforzar la imagen de la familia religiosa de la que
se esperaba más que de la sociedad en su conjunto. Así también
se reafirmó el papel de la familia en su sentido más amplio
porque sin ella era imposible la supervivencia de la santería.
La familia constituía un fin para esta expresión en la misma
medida en que era su fuente reproductora fundamental. La
fortaleza de la familia y su concepción desde lo sobrenatural se
ven favorecidas por la no institucionalización de esta expresión
religiosa que se organiza en grupos de creyentes que se aglutinan alrededor
de madrinas y/o padrinos. El funcionamiento de dichos grupos depende,
sobre todo, de los conocimientos y prácticas religiosas de los
que los conducen, de la capacidad de éstos de interpretar los preceptos
religiosos y ayudar a sus ahijados y del medio en que se desenvuelve. Esta
forma de organizarse y funcionar los grupos de santeros, donde madrinas
y padrinos se ubican a la cabeza, unida a la subordinación que
se establece con respecto a ellos en la transmisión de los conocimientos
religiosos (1)
les otorgan a estos líderes un reconocimiento especial. Dicha dependencia
viene a ofrecer un argumento más al respeto que se les debe a estas
figuras. En este caso madrinas y padrinos se respetarían no sólo
por su asociación con una madre o un padre, sino también
por poseer el poder de la sabiduría. Las
relaciones entre los miembros del grupo o familia de Ocha se estrechan,
además, por la distribución de los roles. Todos los miembros
cumplen determinadas funciones conforme a conocimientos y regulaciones
propias de esta religión. La mayoría de las ceremonias religiosas
y distintas prácticas culturales requieren más de una persona
y sobre todo de aquellas especializadas en realizar algunos de sus pasos.
Esa necesidad del otro trae consigo, por lo general, una intensificación
de la participación grupal y una ineludible comunicación
entre creyentes que puede contribuir con un incremento del sentido de
pertenencia. De hecho esta es una de las tantas razones que aluden cubanos
que han emigrado y se han acercado a esta expresión religiosa en
busca de comunicación e identidad. (2) El
sentido de pertenencia encuentra otro punto de apoyo en la posibilidad
de selectividad que existe en el grupo. El creyente puede decidir a quien
escoger como madrina o padrino y puede según circunstancias que
se le pueden presentar decidir un cambio de éstos. (3)
En esta selección intervienen desde características religiosas
hasta personales, desde la jerarquía religiosa, reconocimiento
social hasta afinidades afectivas. Lo esencial en lo que a selectividad
se refiere es que la posibilidad de elección solidifica el vínculo
padrino-madrina-ahijado y, en este sentido, también la unidad del
grupo religioso que de este modo se ubica con mejores armas que la familia
tradicional (consanguínea o ampliada) para incidir en la vida del
creyente. La
posibilidad de selectividad, la fe en lo sobrenatural, la creencia de
que la religión y específicamente en el micromedio religioso
se pueden solucionar los problemas de la cotidianeidad - ya sean simples
o complejos - y la satisfacción que proporcionan las prácticas
religiosas grupales e individuales sitúan, en muchas ocasiones,
al grupo de Ocha por encima de la familia tradicional y acrecientan su
papel en la regulación de la conducta y en el funcionamiento de
la familia. Más
que la religión en sí misma, el grupo o familia de Ocha
se comporta como un mecanismo que desencadena estabilidad o cambio en
la familia tradicional, incentiva la perduración de algunos elementos
y la variación de otros. Hablamos de la incidencia del grupo más
que de la religión en abstracto porque los preceptos, mitos y leyendas
de la Regla Ocha, por su grado de flexibilidad, dispersión, generalidad,
son interpretados y transmitidos por los creyentes en dependencia de múltiples
condicionantes del micromedio social que le otorgan cualidades distintivas
a cada grupo. Lo
religioso desde su micromedio puede intervenir en la selección
y establecimiento de la familia tradicional y en las relaciones de parejas.
Un ejemplo lo podemos encontrar en el llamado Ita que, según esta
expresión religiosa, habla del pasado, presente y señala
el camino a seguir. En el mismo se incluyen normativas que deben cumplirse
para un buen desenvolvimiento en la vida. El incumplimiento de estas normativas
puede ocasionar, en opinión de estos creyentes, enfermedades, situaciones
no deseadas y hasta la muerte por lo que tienden a adquirir un carácter
obligatorio en la medida en que el creyente se sienta más identificado
con sus creencias. En
estudio realizado con creyentes de la Regla Ocha por el Departamento de
Estudios Sociorreligiosos, se pudo observar que en el Ita pueden aparecer
innumerables prescripciones referidas a la selección de pareja,
a la actividad que deben tener sus integrantes, a la forma de comportarse
con los hijos y algunas sobre relaciones amorosas y sexuales. Entre estas
regulaciones pueden señalarse aquellas que imponen condiciones
para realizar el acto sexual o después de él, las que se
dirigen a la no promiscuidad, las que se refieren al respeto a las parejas
de sus amigos, las que sugieren la preocupación por las esposas
y responsabilidad en la educación de los hijos, las que avisoran
sobre futuras parejas o mal comportamiento del cónyuge, las que
establecen restricciones en características físicas o morales
de futuras parejas, entre otras. Los
ejemplos expuestos no pretenden ni mucho menos abarcar las normativas
asociadas a la familia, lo cuál sería imposible por su variedad
y el carácter secreto que suele concedérseles a las mismas.
En este caso lo más importante, desde la investigación social,
es reconocer que las creencias y prácticas en la Regla Ocha pueden
limitar, modular o incentivar relaciones al interior de la familia y de
algún modo intervenir en su conformación y valores que se
promueven en su interior. Si
se reflexiona sobre los diferentes pasajes mitológicos que forman
parte de estas creencias, así como sobre las distintas interpretaciones
que se realizan con la práctica de los métodos de adivinación
y las concepciones que se han ido conformando los creyentes en la interacción
religión-sociedad inmediatamente salen a relucir modelos de vida
familiar muy asociados a la significación que adquiere la Regla
Ocha para los creyentes. Al igual que en otras religiones, a pesar de
no contar con un sistema teórico desarrollado único, estos
modelos no deben confundirse con idealidad o perfección sino sólo
con patrones que modulan o estimulan pensamientos y conductas condicionados
por el contexto social y religioso en que se desarrolla el creyente. Valorar
el papel de la religión y del grupo en familias cubanas que creen
en la Regla Ocha implica no sólo reconocer la fortaleza del grupo
religioso como una forma distinta de concebir la familia y de interpretar
valores sociales o aceptar que creencias y prácticas religiosas
introducen cambios en la dinámica de la vida familiar, sino que,
además, impone meditar sobre impactos en la sociedad y en el creyente
en particular. ¿Quién
puede negar que el respeto y las buenas relaciones entre los miembros
de la familia, la fidelidad a ésta y la necesidad de la ayuda (aspectos
priorizados por estos creyentes) coinciden con pretensiones de nivel social?
Este ha sido uno de los criterios más referidos para enfatizar
el papel social constructivo de esta expresión religiosa y esgrimir
aquellos que asocian la Regla Ocha sólo a valores negativos. Estos
criterios son válidos siempre y cuando no se parcialicen y tomen
en consideración otros elementos. Una cosa es el modelo y otra
su asimilación en la que actúan múltiples factores. Una
mirada más profunda nos obliga a reconocer también la acción
de la Regla Ocha en la estabilidad psíquica de los creyentes, lo
cual deriva en última instancia en tranquilidad y estabilidad en
el hogar. La satisfacción que experimentan los creyentes con esta
práctica religiosa, la confianza en que sus problemas podrán
ser resueltos por mediación religiosa, la creencia que reciben
apoyo de fuerzas sobrenaturales, el poder apoyarse en madrinas y padrinos
ante las dificultades, la seguridad que puede reportar tomar una decisión
que supuestamente esté aprobada por orishas o antepasados, tienden
a desarrollar o reforzar cualidades de la personalidad como la seguridad
y confianza en sí mismos, al igual que estados de ánimo
que contribuyen con el equilibrio emocional. En lo que a la personalidad se refiere, esa confianza y seguridad unidas a capacidades que desde el punto de vista religioso se les pueden atribuir a los creyentes de la santería suelen potenciar el ego. En este tipo de creyentes es común que las preocupaciones se encuentren muy centradas en el "yo", en lo que les ocurre o puede ocurrirles en sus vidas y en las de sus familiares, así como en lograr el reconocimiento de los que le rodean atribuido a una supuesta mayor efectividad religiosa, ache o experiencia. Igualmente estas creencias desarrollan la individualidad al otorgarle un carácter sobrenatural a algunas características personales.
(1) Al hablar de la religiosidad del cubano no sólo estamos pensando en religiones institucionalizadas, sino en aquella que se fue conformando a partir del aporte de creencias y prácticas religiosas legadas por los diferentes troncos etnoculturales asentados en la Isla. (2)
La Regla Ocha también es conocida entre creyentes por santería.
De igual forma un iniciado en la Regla Ocha se conoce también como
santero. (3)
Ver Fariñas, Deisy. Formas tempranas de religión en Cuba.
Tesis de Doctorado 1994. CapítuloI. |
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