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"Vivimos
hoy una acelerada crisis económica, una crisis del sistema; incluso
algunos piensan que vivimos una crisis de la modernidad, o más
profundamente: una crisis de la civilización. También se
habla de crisis de paradigmas y de crisis de esperanzas. No es una época
de cambios , sino un cambio de época ..."(Richard,1996:20). Todos
estos cambios han tenido incalculables repercusiones en las condiciones
de vida y subjetividad de las personas, las cuales se han visto obligadas
a variar acelerada y continuamente sus sistemas de valores, sus formas
de pensar, motivaciones, intereses, aspiraciones y símbolos referenciales. Los
procesos de cambio tecnológico , social, político y cultural,
al alterar los esquemas de referencia habituales, han forzado a las personas
a buscar nuevos valores y modos de orientación que les permitan
sentirse incluidos en un espacio, sentirse identificados con algo o alguien,
sentirse parte de algún grupo o simplemente sentirse que son personas
con una conciencia de lo que quieren, adonde quieren llegar y de las posibilidades
que tienen para alcanzar lo que desean. Estos
procesos que están ocurriendo han tenido incalculables repercusiones
en la producción de sentidos y orientaciones valorativas, las que
al tener que sufrir importantes modificaciones en sus articulaciones con
la realidad imponen esfuerzos mayores para buscar y encontrar respuestas
al quién soy, al quién o a que pertenezco, al dónde
me dirijo, a lo que quiero ser, al ubicarme en cuáles son mis valores,
cómo quisiera ser, con qué me puedo identificar..., cómo
me defino a mi mismo, qué importancia le concedo a lo que me rodea,
cómo evalúo mis acciones y mis relaciones...Todo eso quiere
decir un esfuerzo mucho mayor para encontrarle una orientación
a la conducta, un por qué a la vida y un sentido a la existencia
misma. Cuba,
nada ajena a lo que sucede en el ámbito mundial y muy afectada
por las relaciones desiguales que dominan los mercados, políticas
y comercio internacional, vive hoy una de las crisis socioeconómicas
más severas de la etapa revolucionaria. Dicha crisis, denominada
por el discurso oficial "período especial", ha comportado
diferentes periodizaciones a su interior. 1992, 1993 y 1994 se destacan
por ser los años más críticos de este período
especial y 1995 porque marcó la posibilidad de detener el empeoramiento
de las condiciones económicas y el inicio de la recuperación
del país. Con
variaciones en los distintos momentos por los que ha transitado, el período
especial en poco más de una década, ha desencadenado variaciones
no solo en las condiciones de vida, en la estructura social, en la esfera
de la producción y comercio, etc sino también en la espiritualidad
del cubano, trayendo consigo manifestaciones de desestabilización
e incluso situaciones conflictivas. La
crisis socioeconómica cubana pasó a ser desde sus primeras
manifestaciones una preocupación para los cubanos, los que poco
a poco fueron interiorizándola e incorporándola a sus intereses,
motivaciones y proyectos. Veamos en síntesis lo que al respecto
plantean dos investigadoras de la temática: "...la
palabra crisis se ha incorporado al vocabulario habitual, y esto no es
casual. Las condiciones en las cuales se desarrollaba la vida diaria cambiaron,
pero no en un proceso paulatino que permitiera el tiempo necesario para
que las representaciones individuales, grupales y sociales asimilaran
las nuevas estructuras, sino bruscamente, retando la eficacia de los viejos
esquemas referenciales que, por la significación inédita
del cambio social, no daban respuesta acertada a las nuevas situaciones"(Martín
y Pérez, 1998:2) "...la
crisis desestructura la cotidianidad. Los cambios que ello implica provoca
cuestionamientos de esa vida diaria hasta ahora poco pensada. Sin proponérselo,
se convierte en el motor que enciende nuestras reflexiones y nos hace
buscar nuevas situaciones, precisamente, por el carácter inédito
que adquiere la vida en la solución de los problemas diarios durante
la crisis"(p.10). La
realidad cubana del período especial comenzó a contradecir
valores, creencias, sueños, ideales y algunas certezas sobre el
presente y el futuro que se habían estado conformando en las condiciones
históricas en que se desarrollaron nuestras vidas. Muchas representaciones
sociales entraron en contradicción con los hechos mismos y la realidad
demostró de un modo abrupto la inviabilidad de la satisfacción
de las necesidades como se acostumbraba hacer. Los valores entraron en
un proceso de profundos cuestionamientos, en el que se abandonan algunos,
perdieron significación otros, emergieron nuevos, algunos que tenían
poca relevancia pasaron a ocupar lugares preferenciales y viceversa. En
general los valores modificaron su contenido, significación y modos
de expresarse. Este
impacto en la subjetividad se ha dado también en la relación
entre lo personal y lo social, lo privado y lo público. Estudios
han constatado que lo social ha perdido un poco la connotación
que tenía para ceder terreno a aspiraciones, necesidades y preocupaciones
dirigidas al logro de metas personales, donde la familia y pequeños
grupos tienen un espacio importante ( Perera, 1999). Si miramos lo que
ha ocurrido en el ámbito mundial quizás para algunas personas
esto es lo mismo que sucede en el resto de los países. En sentido
general sí. Lo distintivo está en que después del
triunfo de la revolución en 1959 lo social fue ocupando un espacio
mayor en la vida de los cubanos llegándose a subordinar en muchos
casos lo individual a lo social. Esto ha cambiado con la impronta de la
necesidades y carencias económicas y con las transformaciones mismas
en las representaciones y valores. Esta
prioridad de lo personal y lo grupal y menor connotación de lo
social dentro del conjunto de aspiraciones, necesidades, intereses y proyecciones
en la vida inciden en la revitalización de los grupos religiosos
como espacios no solo asociados a lo sobrenatural sino también
de relaciones sociales y considerados alternativos ante lo que se interpreta
por los creyentes como "pérdida de valores o de moral"
en la sociedad. En
sentido general las creencias y prácticas religiosas se han revitalizado
en este contexto y han demostrado su capacidad de adaptarse a las nuevas
condiciones. Los grupos religiosos, por el contrario de lo que le ha ocurrido
a otros grupos, se encuentran entre los que se han fortalecido y e incremento
su papel regulador en la vida de los creyentes. Así también
los referenciales religiosos han ido cobrando mayor importancia al explicarse
la realidad y van teniendo más peso en la espiritualidad del cubano
(Pérez y Perera,1998; Colectivo de autores DESR, 1999). Dada
la situación de los noventa no han sido los valores religiosos
o los sociales y universales a los que se les otorga este contenido los
que han sufrido una sensación de pérdida, no han sido ellos
los que han perdido lugar en la escala jerárquica valorativa, sino
todo lo contrario. Escuchar
hablar de valores religiosos puede resultar poco entendido o mal recibido
porque se suele tratar y resaltar más que nada los que se relacionan
con otras esferas de la realidad. Ciertamente las Ciencias Sociales han
prestado poca atención a la esfera religiosa en este sentido y
han obviado el papel que pueden tener los valores religiosos en la sociedad
y en cada creyente en particular.
A
nuestro entender los valores son resultado de un proceso que se da en
la conciencia en el que se interpreta de modo peculiar, por el individuo,
todo lo que le rodea. De esta manera, los objetos y fenómenos de
la realidad con los que interactúa son valorizados, se les otorga
determinado papel en la vida, y regulan la conducta en mayor o menor medida,
lo cual apunta a una relativa estabilidad de los criterios valorativos.
Todo aquello que se relacione de una forma u otra con el sujeto será
evaluado en dependencia de múltiples condicionantes sociales y
personales; por tanto encontraremos en una sociedad y en un individuo
disímiles valores con diferente jerarquía. Ello
implica que los valores penetran todas las esferas de la actividad de
los hombres y están presentes en todas las formas de producción
espiritual. De este modo como mismo puede hablarse de valores morales,
valores materiales, culturales u otros, también existen los religiosos.
Aunque a veces excluidos, la presencia de los valores religiosos en los
creyentes es innegable. No puede obviarse que para un creyente que por
diferentes motivos se acercó a lo religioso y mantiene sus creencias
en la idea de lo sobrenatural; para el cuál dichas creencias tienen
determinada connotación afectiva, y repercuten en su vida; a la
vez que pueden presentársele valores donde lo sobrenatural no constituye
un elemento central, también se encuentran los relacionados con
su forma de reflejar e interpretar el mundo. Los
valores religiosos muestran todo aquello, que a partir de la referencia
a la idea de lo sobrenatural, es significativo para el creyente en la
medida en que le reporta utilidad y/o sentido, logra movilizarlo y orientarlo
con cierto grado de estabilidad en su vida, de acuerdo a sus necesidades
e intereses. Eso responde a lo que cree conveniente conforme a su fe,
a lo que considera necesario en su comportamiento religioso, y en lo que
debe regir sus relaciones con la idea de lo sobrenatural, con el resto
de los creyentes, con la naturaleza y la sociedad en su conjunto. Los
valores religiosos no son exclusivos del comportamiento y relaciones que
se establecen dentro de un grupo de creyentes, no son exclusivos del marco
estrecho donde se pueda dar la relación entre el creyente y las
figuras y símbolos a los que se les atribuye un contenido sobrenatural;
ellos trascienden a otras esferas interviniendo en las emociones, sentimientos,
pensamientos y conducta. Al
identificar los valores religiosos debe considerarse que existen valores
religiosos intrínsecos a la religión y otros extrínsecos
o no propiamente religiosos, como pueden ser los universales, que siempre
que se vinculen a la creencia en lo sobrenatural se comportan como valores
religiosos. En
la religiosidad del cubano (1)
aparecen un conjunto de valores religiosos que guían, movilizan
e intervienen en la vida del creyente y que en estos momentos constituyen
referenciales valorativos importantes en la orientación y comprensión
de la cambiante realidad. Estos valores adquieren una forma de manifestación
específica en las religiones de origen africano, de gran significación
en la vida religiosa del país. El
reconocido lugar de estas prácticas religiosas en la actualidad
se justifica por lo extendida de estas religiones, por la cantidad de
adeptos que están ganando fuera y dentro del país, quienes
toman muchas veces a Cuba como representación de lo auténtico
por sus raíces africanas. A su vez, ante las desestructuraciones
e insatisfacciones que han caracterizado los últimos años
estas religiones resultan atractivas por estar dirigidas a la solución
de los distintos problemas que se suelen presentar en la vida y por ser
sus métodos de adivinación recurrentes en cuanto a posibles
esperanzas y sueños futuros. Estas religiones son consideradas
además como propuestas alternativas a una cosmovisión occidental
que ha demostrado sus ineficiencias en esta coyuntura. Sin
embargo este mismo hecho de constituir un modo diferente de cosmovisión,
de no seguir la lógica del pensamiento occidental, que hace atrayente
a estas religiones también ha contribuido con la negación
de sus valores. Este tema ha sido prácticamente olvidado en expresiones
religiosas de origen africano y cuando se ha tratado, se ha asociado fundamentalmente
a contravalores. Este no es el caso de los valores atribuidos al catolicismo
o a la ética protestante. Lo común ha sido escuchar que
estas expresiones religiosas no tienen en cuenta lo moral, que desencadenan
machismo, aparecen asociadas a rasgos no positivos de la personalidad,
o a conductas opuestas al desarrollo social, pero pocas veces han sido
abordadas las potencialidades que encierran los valores que promueve. Dentro
del conjunto de las religiones de origen africano, la Regla Ocha o santería
es la de mayor popularidad y refleja en mayor medida los intereses de
una gran parte del pueblo. Esta expresión religiosa surgió
de continuas sincretizaciones en las que intervinieron el catolicismo,
el espiritismo y cultos africanos fundamentalmente. Su culto se basa en
los orishas o deidades yorubas. Sus concepciones religiosas tienen una
gran carga de elementos mítico-mágico-supersticiosos que
dominan pensamiento y actuación de los creyentes. Como se dijo
con anterioridad la referencia fundamental de esta religión se
realiza en función de la terrenalidad, de resolver los problemas
y buscar protección en el mundo de los vivos, y en este sentido
juegan un papel vital los métodos de adivinación destinados
a desentrañar el pasado, el presente y el futuro. Entre
los principales valores religiosos para los creyentes de la Regla Ocha
se encuentran, aquellos que se relacionan con la concepción del
mundo de los creyentes, el comportamiento litúrgico, y los vinculados
a la proyección social. A tal efecto ¿qué está
movilizando y regulando a los creyentes en la Regla Ocha en la actualidad? La
veneración a la naturaleza. La
connotación otorgada a sus creencias y prácticas religiosas,
tanto en lo que se refiere a la fortaleza que conceden a su fe, como en
el respeto hacia sus normativas religiosas. El
reconocimiento y defensa del grupo religioso como familia religiosa. La
concepción de que un individuo apoyándose en sus deidades
puede intervenir en el curso de los acontecimientos. El
afán de conocimientos, sobre todo religiosos. El
deseo de lograr el reconocimiento social de la imagen del creyente en
esta religión. El
establecimiento de buenas relaciones humanas. El
reconocimiento de la necesidad del trabajo. La
significación del bienestar asociado a un status económico
favorable. La
aspiración de ocupar determinadas posiciones jerárquicas
dentro del grupo religioso. La
confianza en la fe y el respeto a las normativas religiosas se encuentran
indisolublemente unidas al sustento y funcionamiento de esta expresión
religiosa. En el contenido de este valor se expresan aspectos vitales
de la relación del hombre, la naturaleza y la sociedad y en concordancia,
de su vínculo con los orishas, ceremonias y ritos religiosos. Ellos
son constatables lo mismo en la significación que se le concede
al poder de los orishas y antepasados; que en la obediencia incuestionable
al Ita (predicciones acerca del pasado, presente y futuro que rigen la
conducta de un iniciado en estas practicas); o en el respeto a los principios
y patrones que impone la religión; en la dedicación y responsabilidad
que, estiman los creyentes, imponen los conocimientos y poderes que la
religión les brinda; o en la mesura que deben tener ante los mayores
religiosos y en general en la opinión de que sin la fe en todas
sus creencias no es posible constatar los beneficios por la intervención
de lo sobrenatural. Todos estos elementos constituyen requisitos normativos
para un creyente en la Regla Ocha.
(1) Al hablar de la religiosidad del cubano no sólo estamos pensando en religiones institucionalizadas, sino en aquella que se fue conformando a partir del aporte de creencias y prácticas religiosas legadas por los diferentes troncos etnoculturales asentados en la Isla. |
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