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Religiones de origen africano, valores religiosos y cambio social en Cuba
por Ana Celia Perera Pintado
Investigadora del Dpto. de Estudios Sociorreligiosos
Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas



Al caracterizar la situación internacional de finales de Siglo, el conocido teólogo Pablo Richard apuntaba:

"Vivimos hoy una acelerada crisis económica, una crisis del sistema; incluso algunos piensan que vivimos una crisis de la modernidad, o más profundamente: una crisis de la civilización. También se habla de crisis de paradigmas y de crisis de esperanzas. No es una época de cambios , sino un cambio de época ..."(Richard,1996:20).

Todos estos cambios han tenido incalculables repercusiones en las condiciones de vida y subjetividad de las personas, las cuales se han visto obligadas a variar acelerada y continuamente sus sistemas de valores, sus formas de pensar, motivaciones, intereses, aspiraciones y símbolos referenciales.

Los procesos de cambio tecnológico , social, político y cultural, al alterar los esquemas de referencia habituales, han forzado a las personas a buscar nuevos valores y modos de orientación que les permitan sentirse incluidos en un espacio, sentirse identificados con algo o alguien, sentirse parte de algún grupo o simplemente sentirse que son personas con una conciencia de lo que quieren, adonde quieren llegar y de las posibilidades que tienen para alcanzar lo que desean.

Estos procesos que están ocurriendo han tenido incalculables repercusiones en la producción de sentidos y orientaciones valorativas, las que al tener que sufrir importantes modificaciones en sus articulaciones con la realidad imponen esfuerzos mayores para buscar y encontrar respuestas al quién soy, al quién o a que pertenezco, al dónde me dirijo, a lo que quiero ser, al ubicarme en cuáles son mis valores, cómo quisiera ser, con qué me puedo identificar..., cómo me defino a mi mismo, qué importancia le concedo a lo que me rodea, cómo evalúo mis acciones y mis relaciones...Todo eso quiere decir un esfuerzo mucho mayor para encontrarle una orientación a la conducta, un por qué a la vida y un sentido a la existencia misma.

Cuba, nada ajena a lo que sucede en el ámbito mundial y muy afectada por las relaciones desiguales que dominan los mercados, políticas y comercio internacional, vive hoy una de las crisis socioeconómicas más severas de la etapa revolucionaria. Dicha crisis, denominada por el discurso oficial "período especial", ha comportado diferentes periodizaciones a su interior. 1992, 1993 y 1994 se destacan por ser los años más críticos de este período especial y 1995 porque marcó la posibilidad de detener el empeoramiento de las condiciones económicas y el inicio de la recuperación del país.

Con variaciones en los distintos momentos por los que ha transitado, el período especial en poco más de una década, ha desencadenado variaciones no solo en las condiciones de vida, en la estructura social, en la esfera de la producción y comercio, etc sino también en la espiritualidad del cubano, trayendo consigo manifestaciones de desestabilización e incluso situaciones conflictivas.

La crisis socioeconómica cubana pasó a ser desde sus primeras manifestaciones una preocupación para los cubanos, los que poco a poco fueron interiorizándola e incorporándola a sus intereses, motivaciones y proyectos. Veamos en síntesis lo que al respecto plantean dos investigadoras de la temática:

"...la palabra crisis se ha incorporado al vocabulario habitual, y esto no es casual. Las condiciones en las cuales se desarrollaba la vida diaria cambiaron, pero no en un proceso paulatino que permitiera el tiempo necesario para que las representaciones individuales, grupales y sociales asimilaran las nuevas estructuras, sino bruscamente, retando la eficacia de los viejos esquemas referenciales que, por la significación inédita del cambio social, no daban respuesta acertada a las nuevas situaciones"(Martín y Pérez, 1998:2)

"...la crisis desestructura la cotidianidad. Los cambios que ello implica provoca cuestionamientos de esa vida diaria hasta ahora poco pensada. Sin proponérselo, se convierte en el motor que enciende nuestras reflexiones y nos hace buscar nuevas situaciones, precisamente, por el carácter inédito que adquiere la vida en la solución de los problemas diarios durante la crisis"(p.10).

La realidad cubana del período especial comenzó a contradecir valores, creencias, sueños, ideales y algunas certezas sobre el presente y el futuro que se habían estado conformando en las condiciones históricas en que se desarrollaron nuestras vidas. Muchas representaciones sociales entraron en contradicción con los hechos mismos y la realidad demostró de un modo abrupto la inviabilidad de la satisfacción de las necesidades como se acostumbraba hacer. Los valores entraron en un proceso de profundos cuestionamientos, en el que se abandonan algunos, perdieron significación otros, emergieron nuevos, algunos que tenían poca relevancia pasaron a ocupar lugares preferenciales y viceversa. En general los valores modificaron su contenido, significación y modos de expresarse.

Este impacto en la subjetividad se ha dado también en la relación entre lo personal y lo social, lo privado y lo público. Estudios han constatado que lo social ha perdido un poco la connotación que tenía para ceder terreno a aspiraciones, necesidades y preocupaciones dirigidas al logro de metas personales, donde la familia y pequeños grupos tienen un espacio importante ( Perera, 1999). Si miramos lo que ha ocurrido en el ámbito mundial quizás para algunas personas esto es lo mismo que sucede en el resto de los países. En sentido general sí. Lo distintivo está en que después del triunfo de la revolución en 1959 lo social fue ocupando un espacio mayor en la vida de los cubanos llegándose a subordinar en muchos casos lo individual a lo social. Esto ha cambiado con la impronta de la necesidades y carencias económicas y con las transformaciones mismas en las representaciones y valores.

Esta prioridad de lo personal y lo grupal y menor connotación de lo social dentro del conjunto de aspiraciones, necesidades, intereses y proyecciones en la vida inciden en la revitalización de los grupos religiosos como espacios no solo asociados a lo sobrenatural sino también de relaciones sociales y considerados alternativos ante lo que se interpreta por los creyentes como "pérdida de valores o de moral" en la sociedad.

En sentido general las creencias y prácticas religiosas se han revitalizado en este contexto y han demostrado su capacidad de adaptarse a las nuevas condiciones. Los grupos religiosos, por el contrario de lo que le ha ocurrido a otros grupos, se encuentran entre los que se han fortalecido y e incremento su papel regulador en la vida de los creyentes. Así también los referenciales religiosos han ido cobrando mayor importancia al explicarse la realidad y van teniendo más peso en la espiritualidad del cubano (Pérez y Perera,1998; Colectivo de autores DESR, 1999).

Dada la situación de los noventa no han sido los valores religiosos o los sociales y universales a los que se les otorga este contenido los que han sufrido una sensación de pérdida, no han sido ellos los que han perdido lugar en la escala jerárquica valorativa, sino todo lo contrario.

Escuchar hablar de valores religiosos puede resultar poco entendido o mal recibido porque se suele tratar y resaltar más que nada los que se relacionan con otras esferas de la realidad. Ciertamente las Ciencias Sociales han prestado poca atención a la esfera religiosa en este sentido y han obviado el papel que pueden tener los valores religiosos en la sociedad y en cada creyente en particular.


¿Qué entender por valores religiosos?. ¿Cómo interpretarlos?

A nuestro entender los valores son resultado de un proceso que se da en la conciencia en el que se interpreta de modo peculiar, por el individuo, todo lo que le rodea. De esta manera, los objetos y fenómenos de la realidad con los que interactúa son valorizados, se les otorga determinado papel en la vida, y regulan la conducta en mayor o menor medida, lo cual apunta a una relativa estabilidad de los criterios valorativos. Todo aquello que se relacione de una forma u otra con el sujeto será evaluado en dependencia de múltiples condicionantes sociales y personales; por tanto encontraremos en una sociedad y en un individuo disímiles valores con diferente jerarquía.

Ello implica que los valores penetran todas las esferas de la actividad de los hombres y están presentes en todas las formas de producción espiritual. De este modo como mismo puede hablarse de valores morales, valores materiales, culturales u otros, también existen los religiosos. Aunque a veces excluidos, la presencia de los valores religiosos en los creyentes es innegable. No puede obviarse que para un creyente que por diferentes motivos se acercó a lo religioso y mantiene sus creencias en la idea de lo sobrenatural; para el cuál dichas creencias tienen determinada connotación afectiva, y repercuten en su vida; a la vez que pueden presentársele valores donde lo sobrenatural no constituye un elemento central, también se encuentran los relacionados con su forma de reflejar e interpretar el mundo.

Los valores religiosos muestran todo aquello, que a partir de la referencia a la idea de lo sobrenatural, es significativo para el creyente en la medida en que le reporta utilidad y/o sentido, logra movilizarlo y orientarlo con cierto grado de estabilidad en su vida, de acuerdo a sus necesidades e intereses. Eso responde a lo que cree conveniente conforme a su fe, a lo que considera necesario en su comportamiento religioso, y en lo que debe regir sus relaciones con la idea de lo sobrenatural, con el resto de los creyentes, con la naturaleza y la sociedad en su conjunto.

Los valores religiosos no son exclusivos del comportamiento y relaciones que se establecen dentro de un grupo de creyentes, no son exclusivos del marco estrecho donde se pueda dar la relación entre el creyente y las figuras y símbolos a los que se les atribuye un contenido sobrenatural; ellos trascienden a otras esferas interviniendo en las emociones, sentimientos, pensamientos y conducta.

Al identificar los valores religiosos debe considerarse que existen valores religiosos intrínsecos a la religión y otros extrínsecos o no propiamente religiosos, como pueden ser los universales, que siempre que se vinculen a la creencia en lo sobrenatural se comportan como valores religiosos.

En la religiosidad del cubano (1) aparecen un conjunto de valores religiosos que guían, movilizan e intervienen en la vida del creyente y que en estos momentos constituyen referenciales valorativos importantes en la orientación y comprensión de la cambiante realidad. Estos valores adquieren una forma de manifestación específica en las religiones de origen africano, de gran significación en la vida religiosa del país.

El reconocido lugar de estas prácticas religiosas en la actualidad se justifica por lo extendida de estas religiones, por la cantidad de adeptos que están ganando fuera y dentro del país, quienes toman muchas veces a Cuba como representación de lo auténtico por sus raíces africanas. A su vez, ante las desestructuraciones e insatisfacciones que han caracterizado los últimos años estas religiones resultan atractivas por estar dirigidas a la solución de los distintos problemas que se suelen presentar en la vida y por ser sus métodos de adivinación recurrentes en cuanto a posibles esperanzas y sueños futuros. Estas religiones son consideradas además como propuestas alternativas a una cosmovisión occidental que ha demostrado sus ineficiencias en esta coyuntura.

Sin embargo este mismo hecho de constituir un modo diferente de cosmovisión, de no seguir la lógica del pensamiento occidental, que hace atrayente a estas religiones también ha contribuido con la negación de sus valores. Este tema ha sido prácticamente olvidado en expresiones religiosas de origen africano y cuando se ha tratado, se ha asociado fundamentalmente a contravalores. Este no es el caso de los valores atribuidos al catolicismo o a la ética protestante. Lo común ha sido escuchar que estas expresiones religiosas no tienen en cuenta lo moral, que desencadenan machismo, aparecen asociadas a rasgos no positivos de la personalidad, o a conductas opuestas al desarrollo social, pero pocas veces han sido abordadas las potencialidades que encierran los valores que promueve.

Dentro del conjunto de las religiones de origen africano, la Regla Ocha o santería es la de mayor popularidad y refleja en mayor medida los intereses de una gran parte del pueblo. Esta expresión religiosa surgió de continuas sincretizaciones en las que intervinieron el catolicismo, el espiritismo y cultos africanos fundamentalmente. Su culto se basa en los orishas o deidades yorubas. Sus concepciones religiosas tienen una gran carga de elementos mítico-mágico-supersticiosos que dominan pensamiento y actuación de los creyentes. Como se dijo con anterioridad la referencia fundamental de esta religión se realiza en función de la terrenalidad, de resolver los problemas y buscar protección en el mundo de los vivos, y en este sentido juegan un papel vital los métodos de adivinación destinados a desentrañar el pasado, el presente y el futuro.

Entre los principales valores religiosos para los creyentes de la Regla Ocha se encuentran, aquellos que se relacionan con la concepción del mundo de los creyentes, el comportamiento litúrgico, y los vinculados a la proyección social. A tal efecto ¿qué está movilizando y regulando a los creyentes en la Regla Ocha en la actualidad?

La veneración a la naturaleza.

La connotación otorgada a sus creencias y prácticas religiosas, tanto en lo que se refiere a la fortaleza que conceden a su fe, como en el respeto hacia sus normativas religiosas.

El reconocimiento y defensa del grupo religioso como familia religiosa.

La concepción de que un individuo apoyándose en sus deidades puede intervenir en el curso de los acontecimientos.

El afán de conocimientos, sobre todo religiosos.

El deseo de lograr el reconocimiento social de la imagen del creyente en esta religión.

El establecimiento de buenas relaciones humanas.

El reconocimiento de la necesidad del trabajo.

La significación del bienestar asociado a un status económico favorable.

La aspiración de ocupar determinadas posiciones jerárquicas dentro del grupo religioso.

La confianza en la fe y el respeto a las normativas religiosas se encuentran indisolublemente unidas al sustento y funcionamiento de esta expresión religiosa. En el contenido de este valor se expresan aspectos vitales de la relación del hombre, la naturaleza y la sociedad y en concordancia, de su vínculo con los orishas, ceremonias y ritos religiosos. Ellos son constatables lo mismo en la significación que se le concede al poder de los orishas y antepasados; que en la obediencia incuestionable al Ita (predicciones acerca del pasado, presente y futuro que rigen la conducta de un iniciado en estas practicas); o en el respeto a los principios y patrones que impone la religión; en la dedicación y responsabilidad que, estiman los creyentes, imponen los conocimientos y poderes que la religión les brinda; o en la mesura que deben tener ante los mayores religiosos y en general en la opinión de que sin la fe en todas sus creencias no es posible constatar los beneficios por la intervención de lo sobrenatural. Todos estos elementos constituyen requisitos normativos para un creyente en la Regla Ocha.


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(1) Al hablar de la religiosidad del cubano no sólo estamos pensando en religiones institucionalizadas, sino en aquella que se fue conformando a partir del aporte de creencias y prácticas religiosas legadas por los diferentes troncos etnoculturales asentados en la Isla.
 
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