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Trujillo: mito y emblemática de una dictadura
por Paola Torres de la Cruz
[1]
“Trujillo, es sencillamente Trujillo o mejor el Jefe
J. Castellanos[2]



Cuando inicié este trabajo me asaltó la duda, cómo abordar un personaje como Trujillo, de quien se ha escrito prácticamente todo lo posible, incluida la magnífica novela de “La Fiesta del Chivo” que explora, a partir de personajes ficticios, los terrenos más tenebrosos, sórdidos y a veces increíbles de esta dictadura caribeña.

La fascinación que ejerce entre propios y extraños ha generado decenas de investigaciones, unas cuantas novelas y un par de películas que han tenido como eje central un dictador que a pesar de su asesinato hace ya cuarenta años sigue estando presente en el imaginario colectivo dominicano y permeando la vida política, cultural y social de la isla.

Sin embargo, esta especie de deslumbramiento no es exclusiva de Dominicana. En América Latina, que a través de los años ha tenido que ser testigo y víctima de diversas dictaduras, la fascinación por el tema ha quedado plasmada en obras que han intentado recrear el ambiente malsano, la represión, el miedo y el letargo que parecen acompañar las dictaduras; así “La Novela de Perón” de Tomás Eloy Martínez, la descripción de la dictadura guatemalteca de Estrada Cabrera que consigue Miguel Ángel Asturias en “El Señor Presidente”, “Yo, el supremo” de Roa Bastos, “El Recurso del Método” de Alejo Carpentier..... o el delirio total y la soledad que trasudan el dictador de “El Otoño del Patriarca” de Márquez, son claros ejemplos del eterno embeleso que parece ejercer este ser omnipotente, megalómano y despiadado llámese Trujillo, Duvalier, Stroessner o Ubico.

Estos personajes vienen a ser la materialización del “Mal”, hecho que nos atrae y repele simultáneamente. Por esto, a pesar de los años transcurridos puede atrapar al lector la historia del “Chivo”, éste macho cabrío desbordante de sexualidad y poder que comandando con mano dura media isla por más de tres décadas alcanzó fama mundial y logró colarse entre la más “connotados” tiranos del mundo, por supuesto con el atractivo que confiere las singularidades y excentricidades de un déspota caribeño.

La novela es medio idóneo, terreno fértil para retratar y hacernos sentir el ambiente opresivo, la asfixia y el sin sentido de la dictadura, agudizado por este “Jonás geográfico”[3] que entraña la condición insular.

Podemos sentir las miradas y los oídos que acechan en cada esquina y podemos comprender que una de las razones más poderosas que provoca que las dictaduras se eternicen es el silencio y el temor que nos va convirtiendo, consciente o inconscientemente, en cómplices a cada uno de nosotros.

Sin embargo, en el caso del “Chivo”, la realidad superó a la ficción, de tal manera que Vargas Llosa obvió muchos relatos verídicos que ilustran la personalidad de Trujillo y su familia, por considerar que serían inverosímiles para la mayoría de nosotros. Porque la parafernalia trujillista fue construyendo a lo largo de 31 años un personaje mítico, un ser mesiánico, que por encima de los infortunios de la naturaleza se erige como el pacificador, el reconstructor de una nación, a la que ha arrebatado del infortunio para llevarla a las “más altas cumbres de la vida occidental y la caridad cristiana”. Este “predestinado”, a decir de su corte, es señalado desde que nace por la Providencia:

“Sobre San Cristóbal dormido mientras una extraña luz, extraterrena, fulge sobre la casa antañona, sobre la casa olorosa a trabajo y santidad, donde trajinan personas, donde se escuchan los vagidos augúrales y misteriosos del nuevo ser que saluda a la Vida.
Aquella casa es ya nuestro Portal de Belén.
Es el 24 de octubre de 1891.
Es la medianoche.
El milagro se ha hecho carne de gloria...
¡Rafael Leonidas Trujillo y Molina ha nacido!”[4]

Todas las historias que se generaban en torno a su persona venían a robustecer y redondear el mito:

Su capacidad de trabajo se convirtió en algo proverbial: a las 4:00 de la mañana se despertaba y se enteraba de todas las novedades, desde las noticias internacionales hasta los chismes locales[5]. Metódico y sistemático cada día trabajaba hasta las siete de la noche y después de cenar visitaba a la “excelsa matrona” doña Julia y recorría a pie el trayecto que lo llevaba al malecón. Era el momento en que se discutían los asuntos y con su trato preferencial o su indiferencia separaba los afortunados de los que iban cayendo en desgracia. Desconfiado prefería tener a todos vigilados y controlados, dispuestos a cualquier cosa por ganarse el favor del Jefe.

Impecablemente vestido soportaba de manera estoica las altas temperaturas y la humedad enfundado en su traje de etiqueta o en su uniforme militar, que complementaba en las grandes ocasiones con un barroco bicornio de plumas de avestruz coronando su testa[6]. Lo que confirmaba que él, el Generalísimo, contrariamente al resto de los mortales nunca sudaba.

Su narcisismo era tan acusado que en repetidas ocasiones salía del baño totalmente desnudo para que la camarilla de aduladores exclamara con admiración: “¡Qué cuerpo! ¡Qué blancura de piel! (“Mentira que es mulatón”, denuncia José Almoina) ¡Qué formas! ¡Qué musculatura! ¡Así se explica que las mujeres no resistan al Jefe!”.[7]

Trujillo se maquillaba constantemente en su afán de ocultar los visibles rasgos negros que debía agradecer a su abuela materna de origen haitiano[8] Luisa Erciná Chevalier. Para atenuar tan “desagradable” herencia, sus antecedentes haitianos quedaron ocultos en un estudio genealógico que remontaba el origen de su familia a la Casa de Borgoña, del Poitou, de Flandes, de Bretaña y de Anjou y no al continente africano[9].

Pero sus proezas físicas no se limitaban a estos aspectos, era un mujeriego reconocido y probado, que cada semana permanecía 2 ó 3 días en la legendaria Casa de Caoba de su natal San Cristóbal, ya fuese con prostitutas, desflorando vírgenes elegidas cuidadosamente para la ocasión, o disfrutando de las esposas de sus funcionarios más cercanos, por supuesto para “que todo quedara en familia”. Democrático en sus preferencias no discriminaba entre señoras de noble alcurnia, niñas clase-medieras del interior, estudiantes u oficinistas, lo que demostraba que el Jefe era un “machazo”, un auténtico “Gallo”. Y a decir de Almoina[10], tampoco despreciaba los representantes de su propio sexo siendo el más constante de sus amantes Manuel de Moya, un guapo ex modelo de calzoncillos y Glostora, que por sus habilidades amatorias había sido elevado al cargo de distinguido diplomático[11].

El control del “Jefe” era absoluto, cualquier sospechoso de conspiración o deslealtad podía terminar de huésped de “La 40”, “El 9”[12] o víctima de los más crueles tratos en el manicomio del Km 28. Unos lograban sobrevivir a las torturas ideadas por Johnny Abbes[13] y sus secuaces, los que no, eran arrojados a los tiburones en las inmediaciones del matadero de reses de la Autopista Sánchez. Nadie parecía escapar a la mirada inquisitiva del Jefe, que mantenía su régimen de “orden y paz”a través de una impresionante red de espías que controlaban los movimientos de todos: el limpiabotas, el vecino o el compañero de trabajo podían ser pagados por las huestes de Chapita[14]. El temor cobraba formas inusitadas, así durante la estancia de un grupo de exiliados anarquistas en las colonias agrícolas de la provincia de San Juan de la Maguana, los campesinos alertan a los españoles de los peligros que entraña hablar de Trujillo. No hay hora del día, ni sitio que escape a su control, cuando la red de caliés[15] deja de trabajar, los poderes sobrenaturales vienen en su auxilio, pues el Jefe durante las noches “manda a las brujas” a escuchar las conversaciones.[16]

Cada día la gente esperaba con ansía el periódico para revisar con mano temblorosa la sección de “El Foro Público”, columna que rezumaba el malestar de Trujillo destruyendo reputaciones y condenando al ostracismo a los que caían de su gracia y pasaban a engrosar la funesta lista de los “desafectos”[17].

Implacable con sus enemigos idea la manera de deshacerse de todo aquel que atenta con sus intereses. En 1956 secuestra a Jesús Galíndez[18] en Nueva York, a quien, según cuenta la “leyenda”, le hace comer una por una de las páginas de su tesis doctoral “La Era de Trujillo”, para después arrojar a los tiburones la masa informe en que se había convertido su cuerpo. A Almoina, el español en el que depositó su confianza y a quien nunca perdonó su traición lo hizo vivir en constante zozobra en su auto-exilio en México donde finalmente lo asesina en 1960. La larga lista incluye los dos atentados contra su declarado enemigo, el presidente venezolano Rómulo Betancourt, al que intenta asesinar con una jeringa llena de veneno cuando transita por una concurrida calle de La Habana, y al que finalmente destroza las manos cuando un coche bomba estalla en Caracas justo cuando el automóvil presidencial pasaba por el lugar. Esto, sin contar el alucinante episodio orquestado por Abbes cuando envía a un despistado piloto para inundar las calles de Caracas con volantes contrarios a Betancourt: El piloto no encuentra Caracas y deja caer en tierras curazoleñas miles de papeletas ante la mirada incrédula de los locales.

Este poder absoluto y sin limitaciones aislaba a Trujillo, elevándolo por encima de los demás, transformado en el “Dios Padre”, el “Dios Gran Macho”, que encarna el rol de protector, el “monarca paterno y dominador”[19] y explica la atmósfera de culto mesiánico que se traducía en la placa que ostentaban miles de hogares dominicanos con la frase “Dios y Trujillo”.

La mitificación de Trujillo comienza temprano. Poco después de ascender al poder, Trujillo debe enfrentar una gran catástrofe natural, el ciclón de San Zenón[20] y, con ello, severos daños a los cultivos agrícolas de las zonas este y sur del país y la destrucción de gran parte de las construcciones de madera que cubrían los barrios pobres de la capital . Esta es la oportunidad para que el dictador, cual “héroe civilizador” permita que el pueblo dominicano deje de ”ser asistido exclusivamente por Dios para serlo igualmente por una mano que parece tocada desde el principio de una especie de predestinación divina: la mano providencial de Trujillo”[21].

El dictador se convierte en Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva (títulos que se le otorgan en reconocimiento por sus hazañas) cuando desafía las inclemencias de la Naturaleza que, “en diabólico aquelarre las aguas y los vientos, Santo Domingo de Guzmán, como las ciudades de la Escritura ha dejado de existir”[22]. Ante estas desgracias casi apocalípticas:

“Trujillo altanero y resuelto, mezcla radiante de Bolívar y Carlos Borromeo, más altivo aún en medio del desastre que las viejas torres, rudas atalayas de la historia, que le ven pasar, piadoso y desafiante, mezclando su acerada voz de mando a la orquestación salvaje del huracán, Trujillo se alza por encima del desastre mismo, tan grande como la propia tragedia, que reta con supremo coraje y, voluntad indomable y constructiva, sin haber concluido aún el escombre, inicia la portentosa obra de hacer de nuevo la ciudad, esfuerzo gigantesco que hoy se contempla como obra de magia”.[23]

Como señala Balaguer, la Providencia con el ciclón de 1930 marca un “parte-aguas”, “cierra el ciclo del predominio en la historia del país de las fuerzas de la naturaleza, para abrir en cambio el del predominio en la historia de la acción del hombre que se supera en la energía constructiva y en la voluntad creadora”.[24]

La obra civilizadora de Trujillo no se limita a la reconstrucción física del país, su renovación toca todos los órdenes de la vida nacional:

- Moderniza, construye urbanizaciones, carreteras, escuelas, iglesias, remoza las ciudades, introduce el agua potable y la electricidad, inicia un proceso de desarrollo de las principales zonas urbanas, fundamentalmente de Santo Domingo, que agradecida por su reconstrucción en 1936 recibe con beneplácito la ley, por supuesto motivada por la “incesante demanda popular”, estableciendo que establece desde ese momento la capital del país se llamara Ciudad Trujillo[25].

- Pacifica un país desolado por las luchas entre caciques locales y guerrillas (por supuesto logra esta “paz” a partir de la persecución sistemática y muchas veces la desaparición física de todo aquel que constituya un estorbo para sus planes).

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[1] Etnóloga, formada pela Escola Nacional de Antropologia e História do México, D.F. Trabalha no Conselho Nacional da Cultura e das Artes (Conaculta ) no México como subdiretora de atenção a públicos específicos (criação de programas culturais para este público). Atualmente investiga a experiência de exilados republicanos espanhóis nas colônias agrícolas dominicanas (1939-1945) durante a ditadura de Trujillo.

[2] Cita de José Castellanos. “Trujillo y el pueblo dominicano en los últimos 25 años”. En: La Era de Trujillo. Coord. Abelardo Nanita. Colección La Era de Trujillo. 25 años de Historia Dominicana. Impresora Dominicana. Ciudad Trujillo, 1955. Tomo I, # 7. Pág. 70

[3] Durand, Gilbert. Las estructuras antropológicas de lo imaginario. Ed. Taurus, Madrid, 1981. Pág. 228

[4] Así reseña la familia Logroño el “afortunado” nacimiento del Generalísimo. Publicado en la primera página del Diario La Nación del 24 de octubre de 1946. Citado por José Almoina en: Una Satrapía en el Caribe. Historia Puntual de la Mala Vida del Déspota Rafael Leonidas Trujillo. Editora Cole, Santo Domingo, 1999. Pág. 272

[5] Crassweller, Robert. Trujillo. La trágica aventura del poder personal. Editora Central del Libro, Santo Domingo, 1996. Pág. 91

[6] Crassweller, Robert. Trujillo. La trágica aventura del poder personal. Editora Central del Libro, Santo Domingo, 1996. Pág. 95

[7] Almoina, José. Una Satrapía en el Caribe. Historia Puntual de la Mala Vida del Déspota Rafael Leonidas Trujillo. Editora Cole, Santo Domingo, 1999. Pág. 36

[8] Luisa Erciná Chevalier, fue hija no reconocida de un oficial del ejército haitiano y de Dieta Chevalier, haitiana que había llegada a Dominicana durante los años de la ocupación (1822-1844)

[9] González-Blanco, Pedro. Genealogía de los apellidos Trujillo, Molina, Valdés, Monagas y Chevalier. Imprenta Gráficas Uguina, Madrid, 1956. Pág. 199

[10] José Almoina, de origen español llega como exiliado político a la República Dominicana en noviembre de 1939, con su esposa y tres de sus hijos, una cuarta hija nacería en Ciudad Trujillo. Se inserta en el medio académico imparte clases en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Santo Domingo, es profesor de la Escuela Diplomática y Consular de la Cancillería dominicana y nombrado en 1942 preceptor de Ramfis, hijo mayor del Generalísimo. En 1944 se le concede la ciudadanía privilegiada y en 1945 es designado secretario particular del dictador, cargo que ostenta hasta su salida a México en 1947.

Trujillo nunca le perdonará su salida y menos aun la publicación de “Una satrapía en el Caribe” (editado en 1949) que, cuyo autor Gregorio Bustamante era un seudónimo bajo el que se amparaba Almoina para relatar los aspectos íntimos y menos agradables de Trujillo y su familia. El enojo del dictador provocó en venganza el asesinato de Almoina el 4 de mayo de 1960 en la Ciudad de México.

Almoina, José. Una Satrapía en el Caribe. Historia Puntual de la Mala Vida del Déspota Rafael Leonidas Trujillo. Editora Cole, Santo Domingo, 1999.

[11] Ídem. Pág. 199

[12] Conocidos centros de tortura durante la Era de Trujillo.

[13] Jefe de los servicios de seguridad durante los últimos años de la dictadura trujillista. Abbes organizó el fallido atentado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt

(En: Balaguer, Joaquín. Memorias de un cortesano de la “Era de Trujillo”. Editora Corripio, Santo Domingo, 1996. Págs. 224-226

[14] Apodo por el que era conocido Trujillo durante su infancia.

[15] Término por el que eran conocidos los espías miembros del Servicio de Inteligencia Militar (SIM).

[16] Testimonio de la Sra. Carmen Carbó. Anarquista española de origen catalán que se exilia en República Dominicana con su esposo e hija recién nacida. Residen por un período en la colonia agrícola de San Juan de la Maguana 1941-2. / Entrevista realizada por Paola Torres en la Ciudad de México, enero 2001.

[17] Dentro de la terminología acuñada por los servicios de inteligencia de Trujillo, había una gama de enemigos del régimen según el grado de virulencia, los desafectos activos, que habían sido descubiertos conspirando contra “El Jefe” (la mayoría de estos era torturados y asesinados); los desafectos pasivos que a pesar de no demostrársele participación en complot alguno no comulgaban con la dictadura (sometidos a constante vigilancia y aislados socialmente) y el nebuloso grupo de los dudosos o indiferentes, objeto de sospecha por su constante capacidad de esquivar los compromisos con el Partido Dominicano y Trujillo, compromisos que ningún dominicano debía o podía eludir.

Vega, Bernardo. Unos desafectos y otros en desgracia. Sufrimientos en la dictadura de Trujillo. Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1986.

[18] Jesús de Galíndez llegó a República Dominicana como en 1939 refugiado después de que los republicanos perdieran la Guerra Civil española. A su llegada imparte clases en la escuela diplomática de la Cancillería y trabaja en la Secretaría de Trabajo como consultor jurídico, a pesar de gozar de buenos cargos durante el régimen marcha hacia los Estados Unidos donde se convierte en representante del gobierno vasco en el exilio e imparte docencia en la Universidad de Columbia, y se le asocia con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) como informante. En Nueva York prepara su tesis doctoral “La Era de Trujillo”, un exhaustivo estudio sobre la tiranía con información importante que pudo recopilar durante su época de funcionario público.

El texto le valió la repulsa de Trujillo y su secuestro el 12 de marzo de 1956, varias de las personas implicadas en la operación fueron desapareciendo poco después del escándalo internacional.

Enciclopedia Dominicana. Ediciones Enciclopedia Dominicana, S.A., santo Domingo, 1976. Tomo III, Págs.165-166.

[19] Durand, Gilbert. Las estructuras antropológicas de lo imaginario. Editorial Taurus, Madrid, 1982. Pág. 129

[20] El 3 de septiembre de 1930 el Ciclón de San Zenón causó profundos daños en la agricultura y destrozó unas 4´000 casas de las 7´000 que se encontraban distribuidas por la Ciudad de Santo Domingo.

[21] Balaguer, Joaquín. “Dios y Trujillo: Una interpretación realista de la historia dominicana”, en: La Era de Trujillo. Compilado por Abelardo Nanita. Colección La Era de Trujillo. 25 años de Historia Dominicana. Impresora Dominicana, Ciudad Trujillo, 1955. Tomo I, Pág. 61

[22] Logroño, Arturo. “Elogio de la Ley del 11 de enero de 1936, que dispone el cambio de nombre de la ciudad de Santo Domingo de Guzmán por el de Ciudad Trujillo”. En: La Era de Trujillo. Coord. Abelardo Nanita. Colección La Era de Trujillo. 25 años de Historia Dominicana. Impresora Dominicana. Ciudad Trujillo, 1955. Tomo II, # 8. Pág. 11

[23]Ídem. Pág. 12

[24] Balaguer, Joaquín. “Dios y Trujillo: Una interpretación realista de la historia dominicana”. En: La Era de Trujillo. Coordinación de Abelardo Nanita, Colección La Era de Trujillo. 25 años de Historia Dominicana. Impresora Dominicana. Ciudad Trujillo, 1955. Tomo I, # 7. Pág. 58

[25] Ley del 11 de enero de 1936.

 
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