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EL RECONOCIMIENTO Y LA IDENTIDAD HUMANA
por Mijail Malishev [1]



El hombre no tanto teme morir, sino morir siendo un ser insignificante

¿Qué sería de nosotros sin la idea de que cada quien significa algo en esta vida y quizá seguirá significando más allá de su consumación? Sin duda, poca cosa. Nuestra existencia languidecería si el deseo de destacar, poseer importancia o simplemente ser útil para los demás no poblara nuestras mentes y no agitara nuestros sentimientos. Si por milagro desapareciera la aspiración a ser reconocido, nuestra vida ya no tendría ningún estímulo y perdería todo significado. ¿Acaso es vida la monótona existencia de un ser quien no tiene ningún deseo, a quien no le importa nada y quien cree que no le importa a nadie? Sería como si una planta estuviera en condiciones de pensar y dijera: "vivo porque vivo; no tengo otro motivo para vivir que el de vivir". La vida empieza cuando ocurre algo que tiene alguna importancia para nosotros, cuando sobreviene o adviene el reconocimiento. Nos damos cuenta de nosotros mismos, sólo cuando disponemos del reconocimiento de quiénes somos. Si bien es cierto que el que vive siente su vida como algo único en su peregrinar provisional en este mundo, y de hecho lo es, pero sólo por el valor que le da a su vida y no simplemente por haber nacido. Un ser humano en el que está atrofiado valor de sí mismo existe como noción-límite.

El reconocimiento es lo que da el valor a la tarea y el cumplimiento de ésta confirma la confianza depositada en el aspirante que se esmera a merecer la estima. El reconocimiento representa también la confirmación de la promesa en capacidades, hábitos, talentos y destrezas de su portador quien está dispuesto a comprobarlos hoy o mañana porque ayer ya los ha comprobado. Una persona, a fin de experimentar su identidad y su valor interior, ha de sentir una progresiva continuidad entre aquello que ha llegado a ser durante largos años de su pasado y aquello en que promete convertirse en un futuro anticipado; entre aquello que concibe como ser ella misma y aquello que percibe que otros ven en ella y esperan de ella.

Ya desde el primer día de su nacimiento, el hombre entra en una red de relaciones interpersonales y, por lo tanto, en un mundo social. El niño tiene necesidad de los otros y también una predisposición para establecer el contacto con ellos. La dependencia biológica del bebe, la necesidad de ser alimentado y atendido no elimina la necesidad de ser reconfortado: el niño mira el rostro de su madre antes de succionar su pecho y a la atención y al cariño le responde con su sonrisa que es la primera manifestación inconsciente de satisfacción y de gratitud por ser reconfortado. En el bebé el reconocimiento forma una base de sentimiento de identidad, con el que se combinará más tarde el sentimiento de llegar a ser lo que otros confían que uno ha de ser. Como dice Bajtin, el valor mismo de la personalidad del niño en su totalidad tiene carácter de préstamo: no se vive de una manera inmediata, sino que es construido por él.

Todos nosotros, de uno o de otro modo, expresamos una preocupación relacionada con el valor de nuestro ser. Esta inquietud es universal, aunque las vías y formas en que se exprese varíen según una cultura o una época histórica determinada. Al introducir en nosotros la tensión patética, la aspiración a superarnos y alcanzar nuestras metas, el reconocimiento nos recuerda que las barreras sociales, aunque existan, son fluidas; la jerarquía podría ser trastocada y las distancias entre los superiores y los inferiores suprimidas; los esfuerzos dirigidos para destacarnos hace posible la misma justicia que se resume en la fórmula: dar a cada cual lo suyo, es decir, según sus méritos. El valor que otorgamos a nuestra persona y el reconocimiento de los demás se conjugan: somos lo que somos gracias a nuestros méritos aprobados por los otros. El reconocimiento del significado de nuestro ser constituye la premisa existencial de nuestra coexistencia con los demás. Se puede suponer que la mirada solicitante del bebe que busca la aprobación en la mirada recíproca de su madre no es algo casual, sino que representa un embrión de la necesidad en el reconocimiento al que, de uno u otro modo, recurre, consciente o inconscientemente, cualquier ser humano para ser reconfortado. El hombre, por muy cierto que pudiera estar de sus méritos, está roído por la inquietud de obtener un reconocimiento y para ello busca la aprobación de sus congéneres. El reconocimiento del otro me funda en mi identidad: no es sino en la mirada estimativa del otro que me siento "yo mismo". Si vamos a observar atentamente la conducta de la gente que nos rodea pronto descubriremos un matiz suplicante en la mirada de todo aquel que ha terminado una empresa o una obra, o que se entrega simplemente a cualquier género de actividad. ¿Y qué? ¿Y cómo?, nos dice su mirada interrogante. Al hablar, la gente normalmente experimenta una satisfacción honda y duradera en la medida en que se le permite discurrir sobre sus planes, logros o acerca de las cosas que está haciendo. Sólo este tema nunca le aburre y le deja bien satisfecha de sí misma. De modo semejante, si le pasa algo bueno, se apura compartir su alegría con sus próximos, suponiendo que éstos se alegrarán junto con ella de sus logros. Por solitario que sea, nadie puede vivir, pensar, razonar sin compartir el reconocimiento del otro ser humano.

El significado social de nuestra persona nos domina a tal punto que nos pareciera que cambiamos de ser cuando cambian nuestra posición social y la gente con quien tratamos. Pero el reconocimiento social y la importancia de una persona en el presente a veces no nos habla con claridad del valor real de ésta. Lo que un hombre ha podido hacer históricamente, los efectos de su acción, su notoriedad, dependen, en buena parte, del futuro que es un censor o más bien un estricto juez: evalúa la expresión, califica el esfuerzo, aprueba el resultado y otorga el premio o el castigo en correspondencia con la escala de valores de perfección, excelencia o virtud. El presente siempre transforma el pasado a la luz de los valores del futuro. El pasado no es más que una reinterpretación constante a partir de lo que se está creando, pensando o soñando en el presente. A veces estamos inclinados a reconocer, sin reflexión crítica, los méritos y cualidades sobresalientes de aquellos que dominan la escena política, intelectual o artística de nuestra época. Por muchos años, por ejemplo, nos remitían a Marx. Era casi una obligación citar a Marx, referirse a él, contar loa a su doctrina o de otras formas rendirle lealtad y homenaje. Luego, después de la caída del socialismo real, su nombre poco a poco se ha empañado. Lo mismo sucedió con el nombre de Lenin. Llegó la época de transmutación de los valores, y el censor del reconocimiento histórico les bajó del pedestal de los "dioses" a un nivel de pensadores y políticos, en mejor caso, destacados, pero no más. Dicho sea a propósito, el mismo Marx dijo una vez que "el muerto se agarre al vivo". Y esto es verdad, ya que el vivo no estaría vivo si no estuviera agarrado por el muerto. El hombre sin la memoria y sin tradición es un presumido que no reconoce ningún parentesco, aunque, en realidad, viva por la renta del capital que le han dejado sus antepasados. Pero el vivo tampoco sería vivo si estuviera totalmente dependiente del muerto. El vivo no sólo es un deudor, sino un creador: remodela y reinterpreta el pasado a partir de su imaginario y el significado de los valores presentes. Los que ya murieron continúan comunicarse con nosotros a través de sus legados espirituales. De una u otra manera dependemos de su patrimonio, y en cada generación tenemos que elaborar una actitud consciente e idónea a su herencia espiritual, evitando tanto la confianza ciega en su autoridad como el desprecio nihilista a sus ideas y valores.

La función simbólica de perpetuación del significado de la existencia individual y, por lo tanto, de su reconocimiento más allá de su vida no es sólo una prerrogativa de la religión; la cultura también le otorga al hombre determinados símbolos de "inmortalidad" lo que le da un cierto consuelo y alivio contra la angustia provocada por el sentimiento de su insignificancia ontológica. Así que la perpetuación cultural por medio de la actividad creadora es el lado inverso del terror ante la muerte. Se puede decir que la cultura es la creación de obstáculos y contratiempos simbólicos en el camino que le lleva al ser
humano a su muerte. En cierto sentido, afirma Ernest Becker, "la cultura misma es sagrada, ya que ésta es una "religión" que asegura de alguna manera la perpetuación de sus miembros". Por eso, "el hombre realmente no teme tanto su extinción, sino morir siendo insignificante".[2] Cuando nos afligimos por la muerte de un compañero o un pariente imaginamos que estas personas ya nunca van a gozar de alegría que nos da la vida y la comunicación con nuestros semejantes, que sus personas no van a ocupar ningún lugar en el pensamiento de los vivos, sino ser borrados en poco tiempo de la memoria de todos con quien ellos tenían algún trato, salvo a algunos parientes o amigos más cercanos. "Parece que el tributo de nuestra condolencia", advierte con tino Adam Smith, "se les debe doblemente, ahora que están en peligro de ser olvidados por todos, y por fútiles honores que rendimos a su memoria, procuramos, para nuestra propia desdicha, mantener despierto artificialmente nuestro melancólico recuerdo de su desventura" [3] La muerte de nuestros prójimos nos arroja en el estado de aflicción, porque nuestra imaginación asocia al cambio que les ha sobrevenido a los muertos nuestra conciencia de este cambio. Nos colocamos en su lugar y reconocemos que ningún amor, ninguna simpatía pueden confortarlos a excepción, quizá, de su reconocimiento en la memoria colectiva de la generación actual o las generaciones venideras. Tendemos a ver en el futuro reconocimiento el único remedio para salvar a los que ya se fueron del olvido absoluto. Queremos salvarlos en nuestra memoria, siquiera en nuestra memoria.

Tanto la vida como la muerte no tienen para el ser humano un significado sencillamente biológico, "sino que ante todo pertenecen a un registro simbólico que opone contra los atributos de la segunda (finitud, desaparición, olvido, soledad, insensibilidad, incomunicación, esterilidad, igualación, etcétera) sus negaciones frágiles pero enérgicas: perpetuación memoria, compañía, reconocimiento, expansión y diversidad sensible, discurso, progenie, jerarquía, mérito, etcétera" [4] Este registro simbólico, que Cornelius Castoriadis lo denomina como significación imaginaria social, implica que la humanidad tiene la oscura experiencia del abismo que se impone a ella. Al mismo tiempo los seres humanos no poseemos disponibilidad de aceptar sencillamente esa experiencia y respondemos a su incapacidad de reconciliarnos con el fin absoluto con la fe en lo trascendente. La necesidad en la religión, por consiguiente, surge como el rechazo de "los seres humanos a reconocer la alteridad absoluta, el límite de toda significación establecida, el envés inaccesible que se constituye en todo lugar al que se llega, la muerte que mora en toda vida, el absurdo que rodea y penetra todo sentido" [5] En todas las sociedades los registros simbólicos reúnen la afirmación y la ocultación de abismo del no-ser. La afirmación en la medida en que tienen en cuenta la experiencia de envés insondable de toda cosa, del abismo sin fondo y del tiempo como el antípoda de toda la repetición. Ocultación en la medida en que la muerte y todos sus atributos simbólicos procuran un simulacro en la imposibilidad de pensar en el no-ser. La religión realiza y satisface a la vez la experiencia del abismo y la negativa de aceptarlo, es un "compromiso que concilia la imposibilidad en que están los seres humanos de encerrarse en el aquí y ahora de su "existencia real" con la imposibilidad, casi igual, de aceptar la experiencia del abismo" [6] La voluntad del sentido, que se encarna en nuestra aspiración a ser reconocido después de la muerte, no niega nuestra ausencia y no nos traslada a "otra parte", sino nos perpetua en el aspecto simbólico y nos garantiza cierta duración en la memoria de las generaciones venideras. De vez en cuando representamos en nuestra imaginación nuestra ausencia e intentamos prever algunas huellas del recuerdo en la memoria de los que estarán presentes según lo que creemos merecer. Los poderes de la imaginación orientados por el deseo de reconocimiento nos animan; la conciencia de ser alguien, de tener alguna importancia en esta vida nos proteja contra disolución en el abismo del no-ser. Pero este carácter público del reconocimiento, que se manifiesta en el deseo de ser recordado después de la consumación de nuestro existir, no debe ocultarnos su índole esencialmente individual: el reconocimiento es el resultado del desarrollo de las fuerzas, capacidades, destrezas y empeños de cada cual.

Estamos dispuestos a reconocer la grandeza y la gloria de los llamados hombres ilustres que hicieron tanto para enriquecer nuestra experiencia material, espiritual y emocional. Les rendimos homenaje, evocamos sus nombres cuando nos topamos con sus obras o con sus ideas y solemos sentir admiración y no envidia como a veces la sentimos hacia nuestros congéneres con quienes competimos por el reconocimiento, sin tener la menor sospecha del valor que nuestras ideas u obras tendrán en el futuro. No guardaríamos ningún rencor a los nuestros contemporáneos vanidosos y petulantes aspirantes a la gloria a cualquier precio y ni siquiera les despreciaríamos, si supiéramos que el futuro pudiera destronar sus pretensiones infundadas al reconocimiento. "La rivalidad propiamente dicha, la que realmente importa, comienza cuando los rivales ya no están. El combate que librarán sus obras ni siquiera lo podrán presenciar" [7] Esta idea conlleva cierto alivio para aquellos que, a causa de diferentes circunstancias, no obtienen un reconocimiento adecuado a sus méritos. En la vida real, a diferencia del deporte en donde los logros de los vencedores se miden por reglas imparciales y objetivas, el reconocimiento no siempre se distribuye según méritos y talentos. Aquí no siempre triunfan los mejores que incluso pueden estar sinceramente convencidos en la superioridad de sus rivales. Y sólo el tiempo, frecuentemente más allá de su vida, reestablece la justicia, dando a cada cual su justo valor. Quien en nuestro recuerda a Salieri que, en su época, se esmeraba a compararse con su contemporáneo Mozart y se atormentaba por las sospechas turbias acerca de la superioridad de su joven colega de gremio musical. Salieri no quiso ver su fama y la de Mozart proyectada al futuro, mejor dicho, la proyectaba desde su presente en donde él tenía la misma notoriedad o incluso más grande que la de su rival. Al fin y al cabo, sabemos la magnitud real de la gloria póstuma de los dos compositores y dónde paró el destino de cada uno. Si Salieri hubiera atisbado el mensaje del más allá de su época, quizá hubiera entendido la verdad del dicho: "contra grandes méritos de los grandes hombres no hay otro remedio, sino el reconocimiento".

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[1] Mijail Malishev, doctor en filosofía, profesor-investigador de la Universidad Autónoma del Estado de México.

[2]. Ernest Becker. La lucha contra el mal. F. C. E., México, 1992, p. 22.

[3]. Adam Smith. Teoría de los sentimientos morales. F. C. E., México, 1979, pp. 39-40.

[4].Fernando Savater. El contenido de la felicidad. Aguilar, México, 1997, p. 144.

[5].Cornelius Castoriadis. Los dominios del hombre. Gedisa, Barcelona, 1998, p. 187.

[6]. Ibid, p. 188.

[7]. Elías Canetti. Masa y poder. Alianza, Madrid, 1995, p. 273.

 
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