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El hombre no tanto teme morir, sino morir siendo un ser insignificante
¿Qué sería de nosotros sin la idea de que cada
quien significa algo en esta vida y quizá seguirá significando
más allá de su consumación? Sin duda, poca cosa.
Nuestra existencia languidecería si el deseo de destacar, poseer
importancia o simplemente ser útil para los demás no poblara
nuestras mentes y no agitara nuestros sentimientos. Si por milagro desapareciera
la aspiración a ser reconocido, nuestra vida ya no tendría
ningún estímulo y perdería todo significado. ¿Acaso
es vida la monótona existencia de un ser quien no tiene ningún
deseo, a quien no le importa nada y quien cree que no le importa a nadie?
Sería como si una planta estuviera en condiciones de pensar y
dijera: "vivo porque vivo; no tengo otro motivo para vivir que
el de vivir". La vida empieza cuando ocurre algo que tiene alguna
importancia para nosotros, cuando sobreviene o adviene el reconocimiento.
Nos damos cuenta de nosotros mismos, sólo cuando disponemos del
reconocimiento de quiénes somos. Si bien es cierto que el que
vive siente su vida como algo único en su peregrinar provisional
en este mundo, y de hecho lo es, pero sólo por el valor que le
da a su vida y no simplemente por haber nacido. Un ser humano en el
que está atrofiado valor de sí mismo existe como noción-límite.
El reconocimiento es lo que da el valor a la tarea y el cumplimiento
de ésta confirma la confianza depositada en el aspirante que
se esmera a merecer la estima. El reconocimiento representa también
la confirmación de la promesa en capacidades, hábitos,
talentos y destrezas de su portador quien está dispuesto a comprobarlos
hoy o mañana porque ayer ya los ha comprobado. Una persona, a
fin de experimentar su identidad y su valor interior, ha de sentir una
progresiva continuidad entre aquello que ha llegado a ser durante largos
años de su pasado y aquello en que promete convertirse en un
futuro anticipado; entre aquello que concibe como ser ella misma y aquello
que percibe que otros ven en ella y esperan de ella.
Ya desde el primer día de su nacimiento, el hombre entra en una
red de relaciones interpersonales y, por lo tanto, en un mundo social.
El niño tiene necesidad de los otros y también una predisposición
para establecer el contacto con ellos. La dependencia biológica
del bebe, la necesidad de ser alimentado y atendido no elimina la necesidad
de ser reconfortado: el niño mira el rostro de su madre antes
de succionar su pecho y a la atención y al cariño le responde
con su sonrisa que es la primera manifestación inconsciente de
satisfacción y de gratitud por ser reconfortado. En el bebé
el reconocimiento forma una base de sentimiento de identidad, con el
que se combinará más tarde el sentimiento de llegar a
ser lo que otros confían que uno ha de ser. Como dice Bajtin,
el valor mismo de la personalidad del niño en su totalidad tiene
carácter de préstamo: no se vive de una manera inmediata,
sino que es construido por él.
Todos nosotros, de uno o de otro modo, expresamos una preocupación
relacionada con el valor de nuestro ser. Esta inquietud es universal,
aunque las vías y formas en que se exprese varíen según
una cultura o una época histórica determinada. Al introducir
en nosotros la tensión patética, la aspiración
a superarnos y alcanzar nuestras metas, el reconocimiento nos recuerda
que las barreras sociales, aunque existan, son fluidas; la jerarquía
podría ser trastocada y las distancias entre los superiores y
los inferiores suprimidas; los esfuerzos dirigidos para destacarnos
hace posible la misma justicia que se resume en la fórmula: dar
a cada cual lo suyo, es decir, según sus méritos. El valor
que otorgamos a nuestra persona y el reconocimiento de los demás
se conjugan: somos lo que somos gracias a nuestros méritos aprobados
por los otros. El reconocimiento del significado de nuestro ser constituye
la premisa existencial de nuestra coexistencia con los demás.
Se puede suponer que la mirada solicitante del bebe que busca la aprobación
en la mirada recíproca de su madre no es algo casual, sino que
representa un embrión de la necesidad en el reconocimiento al
que, de uno u otro modo, recurre, consciente o inconscientemente, cualquier
ser humano para ser reconfortado. El hombre, por muy cierto que pudiera
estar de sus méritos, está roído por la inquietud
de obtener un reconocimiento y para ello busca la aprobación
de sus congéneres. El reconocimiento del otro me funda en mi
identidad: no es sino en la mirada estimativa del otro que me siento
"yo mismo". Si vamos a observar atentamente la conducta de
la gente que nos rodea pronto descubriremos un matiz suplicante en la
mirada de todo aquel que ha terminado una empresa o una obra, o que
se entrega simplemente a cualquier género de actividad. ¿Y
qué? ¿Y cómo?, nos dice su mirada interrogante.
Al hablar, la gente normalmente experimenta una satisfacción
honda y duradera en la medida en que se le permite discurrir sobre sus
planes, logros o acerca de las cosas que está haciendo. Sólo
este tema nunca le aburre y le deja bien satisfecha de sí misma.
De modo semejante, si le pasa algo bueno, se apura compartir su alegría
con sus próximos, suponiendo que éstos se alegrarán
junto con ella de sus logros. Por solitario que sea, nadie puede vivir,
pensar, razonar sin compartir el reconocimiento del otro ser humano.
El significado social de nuestra persona nos domina a tal punto que
nos pareciera que cambiamos de ser cuando cambian nuestra posición
social y la gente con quien tratamos. Pero el reconocimiento social
y la importancia de una persona en el presente a veces no nos habla
con claridad del valor real de ésta. Lo que un hombre ha podido
hacer históricamente, los efectos de su acción, su notoriedad,
dependen, en buena parte, del futuro que es un censor o más bien
un estricto juez: evalúa la expresión, califica el esfuerzo,
aprueba el resultado y otorga el premio o el castigo en correspondencia
con la escala de valores de perfección, excelencia o virtud.
El presente siempre transforma el pasado a la luz de los valores del
futuro. El pasado no es más que una reinterpretación constante
a partir de lo que se está creando, pensando o soñando
en el presente. A veces estamos inclinados a reconocer, sin reflexión
crítica, los méritos y cualidades sobresalientes de aquellos
que dominan la escena política, intelectual o artística
de nuestra época. Por muchos años, por ejemplo, nos remitían
a Marx. Era casi una obligación citar a Marx, referirse a él,
contar loa a su doctrina o de otras formas rendirle lealtad y homenaje.
Luego, después de la caída del socialismo real, su nombre
poco a poco se ha empañado. Lo mismo sucedió con el nombre
de Lenin. Llegó la época de transmutación de los
valores, y el censor del reconocimiento histórico les bajó
del pedestal de los "dioses" a un nivel de pensadores y políticos,
en mejor caso, destacados, pero no más. Dicho sea a propósito,
el mismo Marx dijo una vez que "el muerto se agarre al vivo".
Y esto es verdad, ya que el vivo no estaría vivo si no estuviera
agarrado por el muerto. El hombre sin la memoria y sin tradición
es un presumido que no reconoce ningún parentesco, aunque, en
realidad, viva por la renta del capital que le han dejado sus antepasados.
Pero el vivo tampoco sería vivo si estuviera totalmente dependiente
del muerto. El vivo no sólo es un deudor, sino un creador: remodela
y reinterpreta el pasado a partir de su imaginario y el significado
de los valores presentes. Los que ya murieron continúan comunicarse
con nosotros a través de sus legados espirituales. De una u otra
manera dependemos de su patrimonio, y en cada generación tenemos
que elaborar una actitud consciente e idónea a su herencia espiritual,
evitando tanto la confianza ciega en su autoridad como el desprecio
nihilista a sus ideas y valores.
La función simbólica de perpetuación del significado
de la existencia individual y, por lo tanto, de su reconocimiento más
allá de su vida no es sólo una prerrogativa de la religión;
la cultura también le otorga al hombre determinados símbolos
de "inmortalidad" lo que le da un cierto consuelo y alivio
contra la angustia provocada por el sentimiento de su insignificancia
ontológica. Así que la perpetuación cultural por
medio de la actividad creadora es el lado inverso del terror ante la
muerte. Se puede decir que la cultura es la creación de obstáculos
y contratiempos simbólicos en el camino que le lleva al ser humano
a su muerte. En cierto sentido, afirma Ernest Becker, "la cultura
misma es sagrada, ya que ésta es una "religión"
que asegura de alguna manera la perpetuación de sus miembros".
Por eso, "el hombre realmente no teme tanto su extinción,
sino morir siendo insignificante".[2]
Cuando nos afligimos por la muerte de un compañero o un pariente
imaginamos que estas personas ya nunca van a gozar de alegría
que nos da la vida y la comunicación con nuestros semejantes,
que sus personas no van a ocupar ningún lugar en el pensamiento
de los vivos, sino ser borrados en poco tiempo de la memoria de todos
con quien ellos tenían algún trato, salvo a algunos parientes
o amigos más cercanos. "Parece que el tributo de nuestra
condolencia", advierte con tino Adam Smith, "se les debe doblemente,
ahora que están en peligro de ser olvidados por todos, y por
fútiles honores que rendimos a su memoria, procuramos, para nuestra
propia desdicha, mantener despierto artificialmente nuestro melancólico
recuerdo de su desventura" [3] La
muerte de nuestros prójimos nos arroja en el estado de aflicción,
porque nuestra imaginación asocia al cambio que les ha sobrevenido
a los muertos nuestra conciencia de este cambio. Nos colocamos en su
lugar y reconocemos que ningún amor, ninguna simpatía
pueden confortarlos a excepción, quizá, de su reconocimiento
en la memoria colectiva de la generación actual o las generaciones
venideras. Tendemos a ver en el futuro reconocimiento el único
remedio para salvar a los que ya se fueron del olvido absoluto. Queremos
salvarlos en nuestra memoria, siquiera en nuestra memoria.
Tanto la vida como la muerte no tienen para el ser humano un significado
sencillamente biológico, "sino que ante todo pertenecen
a un registro simbólico que opone contra los atributos de la
segunda (finitud, desaparición, olvido, soledad, insensibilidad,
incomunicación, esterilidad, igualación, etcétera)
sus negaciones frágiles pero enérgicas: perpetuación
memoria, compañía, reconocimiento, expansión y
diversidad sensible, discurso, progenie, jerarquía, mérito,
etcétera" [4] Este registro
simbólico, que Cornelius Castoriadis lo denomina como significación
imaginaria social, implica que la humanidad tiene la oscura experiencia
del abismo que se impone a ella. Al mismo tiempo los seres humanos no
poseemos disponibilidad de aceptar sencillamente esa experiencia y respondemos
a su incapacidad de reconciliarnos con el fin absoluto con la fe en
lo trascendente. La necesidad en la religión, por consiguiente,
surge como el rechazo de "los seres humanos a reconocer la alteridad
absoluta, el límite de toda significación establecida,
el envés inaccesible que se constituye en todo lugar al que se
llega, la muerte que mora en toda vida, el absurdo que rodea y penetra
todo sentido" [5] En todas las sociedades
los registros simbólicos reúnen la afirmación y
la ocultación de abismo del no-ser. La afirmación en la
medida en que tienen en cuenta la experiencia de envés insondable
de toda cosa, del abismo sin fondo y del tiempo como el antípoda
de toda la repetición. Ocultación en la medida en que
la muerte y todos sus atributos simbólicos procuran un simulacro
en la imposibilidad de pensar en el no-ser. La religión realiza
y satisface a la vez la experiencia del abismo y la negativa de aceptarlo,
es un "compromiso que concilia la imposibilidad en que están
los seres humanos de encerrarse en el aquí y ahora de su "existencia
real" con la imposibilidad, casi igual, de aceptar la experiencia
del abismo" [6] La voluntad del
sentido, que se encarna en nuestra aspiración a ser reconocido
después de la muerte, no niega nuestra ausencia y no nos traslada
a "otra parte", sino nos perpetua en el aspecto simbólico
y nos garantiza cierta duración en la memoria de las generaciones
venideras. De vez en cuando representamos en nuestra imaginación
nuestra ausencia e intentamos prever algunas huellas del recuerdo en
la memoria de los que estarán presentes según lo que creemos
merecer. Los poderes de la imaginación orientados por el deseo
de reconocimiento nos animan; la conciencia de ser alguien, de tener
alguna importancia en esta vida nos proteja contra disolución
en el abismo del no-ser. Pero este carácter público del
reconocimiento, que se manifiesta en el deseo de ser recordado después
de la consumación de nuestro existir, no debe ocultarnos su índole
esencialmente individual: el reconocimiento es el resultado del desarrollo
de las fuerzas, capacidades, destrezas y empeños de cada cual.
Estamos dispuestos a reconocer la grandeza y la gloria de los llamados
hombres ilustres que hicieron tanto para enriquecer nuestra experiencia
material, espiritual y emocional. Les rendimos homenaje, evocamos sus
nombres cuando nos topamos con sus obras o con sus ideas y solemos sentir
admiración y no envidia como a veces la sentimos hacia nuestros
congéneres con quienes competimos por el reconocimiento, sin
tener la menor sospecha del valor que nuestras ideas u obras tendrán
en el futuro. No guardaríamos ningún rencor a los nuestros
contemporáneos vanidosos y petulantes aspirantes a la gloria
a cualquier precio y ni siquiera les despreciaríamos, si supiéramos
que el futuro pudiera destronar sus pretensiones infundadas al reconocimiento.
"La rivalidad propiamente dicha, la que realmente importa, comienza
cuando los rivales ya no están. El combate que librarán
sus obras ni siquiera lo podrán presenciar" [7]
Esta idea conlleva cierto alivio para aquellos que, a causa de diferentes
circunstancias, no obtienen un reconocimiento adecuado a sus méritos.
En la vida real, a diferencia del deporte en donde los logros de los
vencedores se miden por reglas imparciales y objetivas, el reconocimiento
no siempre se distribuye según méritos y talentos. Aquí
no siempre triunfan los mejores que incluso pueden estar sinceramente
convencidos en la superioridad de sus rivales. Y sólo el tiempo,
frecuentemente más allá de su vida, reestablece la justicia,
dando a cada cual su justo valor. Quien en nuestro recuerda a Salieri
que, en su época, se esmeraba a compararse con su contemporáneo
Mozart y se atormentaba por las sospechas turbias acerca de la superioridad
de su joven colega de gremio musical. Salieri no quiso ver su fama y
la de Mozart proyectada al futuro, mejor dicho, la proyectaba desde
su presente en donde él tenía la misma notoriedad o incluso
más grande que la de su rival. Al fin y al cabo, sabemos la magnitud
real de la gloria póstuma de los dos compositores y dónde
paró el destino de cada uno. Si Salieri hubiera atisbado el mensaje
del más allá de su época, quizá hubiera
entendido la verdad del dicho: "contra grandes méritos de
los grandes hombres no hay otro remedio, sino el reconocimiento".
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[1]
Mijail Malishev, doctor en filosofía, profesor-investigador
de la Universidad Autónoma del Estado de México.
[2].
Ernest Becker. La lucha contra el mal. F. C. E., México,
1992, p. 22.
[3].
Adam Smith. Teoría de los sentimientos morales. F. C. E.,
México, 1979, pp. 39-40.
[4].Fernando
Savater. El contenido de la felicidad. Aguilar, México,
1997, p. 144.
[5].Cornelius
Castoriadis. Los dominios del hombre. Gedisa, Barcelona, 1998,
p. 187.
[7].
Elías Canetti. Masa y poder. Alianza, Madrid, 1995, p.
273.
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