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No
es posible abordar el movimiento de cambios dentro de la religión
sin considerar sus raíces, es decir, lo medular del sistema de
factores que interviene en su generación, reproducción
y variaciones. Por supuesto que nos situamos en una perspectiva sociológica
a la que es ajena la explicación teológica de que la religión
es consustancial al hombre y que en tanto verdad eterna es inmutable.
El hecho empírico es que la religión constituye un fenómeno
mutable, ella consiste en un reflejo peculiar de la realidad en constante
cambio y se exterioriza en múltiples formas de actividad y de
modos de organizarse. Su peculiaridad reside en la aceptación,
en maneras y niveles diversos, de la existencia objetiva de lo sobrenatural.
Dicho de otro modo, la religión es una representación
ideal de las relaciones de los hombres entre sí y con la naturaleza,
generando un campo específico, el de lo sobrenatural, en el que
no interviene por definición la actividad humana.
Las relaciones humanas y naturales varían en el tiempo y el espacio,
no son iguales en épocas de diferente desarrollo social ni en
distintos contextos geográficos y sociales. Por ello sus representaciones
son también cambiantes. Ello conecta la religión con lo
histórico y lo cultural, o más bien con una combinación
histórico cultural; ella misma es un fenómeno a la vez
que histórico, cultural. Las primeras representaciones intervienen
en las siguientes y estas modifican a las anteriores, de ahí
la importancia de analizar lo actual en su evolución para mejor
comprenderlo. Por su parte, la religión tiene una constante referencia
al pasado, en unas formas con más insistencia que en otras, a
ancestros, a fundadores, a sucesos dados por ocurridos, a la tradición,
sin que ello comporte necesariamente un desconocimiento del presente
y del futuro; pero las modalidades más tradicionalistas se detienen
en el pasado, mientras las de avanzada se proyectan sobre todo al porvenir.
La cultura, entendida en su sentido amplio de producción humana,
se realiza en la historia y en su decursar se modifica. La religión
es parte de la cultura, ella tiene su propia producción espiritual
y también material. Las culturas se interrelacionan, se mezclan
y así también se transforman; muchas formas religiosas
son resultantes de esas combinaciones, el sincretismo no es extraño
a las expresiones religiosas, cualquiera de ellas y menos aún
a las formas populares. Por eso al explicar la religión hay que
considerar sus raíces histórico culturales, las que a
su vez determinan funciones específicas de lo religioso.
Una tendencia observable en agrupaciones religiosas altamente organizadas,
consiste en presentar el ordenamiento social pasado, especialmente cuando
en él ocupaban una posición hegemónica no sólo
en la sociedad civil sino también dentro del poder político,
como fundamentalmente superior, ocultando o minimizando sus errores
institucionales en la práctica social -y hasta pastoral- y magnificando
sus aciertos y virtudes. Sombras o luces se presentan en toda actividad
humana, pero la objetividad científica las examina y expone en
su real significado e importancia.
En lo cultural la religión ofrece elementos de unidad para colectivos
humanos, bien sea por proponer antepasados comunes, un mismo origen
o paternidad, en símbolos representativos del grupo, en sentimientos
que actúan en una función integradora o en otros aspectos
que identifican la colectividad. En circunstancias críticas cuando
otros factores de unidad, políticos, ideológicos, étnicos,
se someten a dudas, los religiosos comienzan a ocupar un lugar importante
y cabe la posibilidad de que agrupaciones religiosas lo utilicen como
factor de concertación.
En las raíces histórico culturales de la sociedad cubana,
como en la de otras sociedades, se encuentran las razones que explican
el complejo religioso que a lo largo de la evolución social se
fue conformando, cuáles son las formas religiosas que lo componen
y las características de ellas y de la religiosidad en su conjunto.
Al respecto la historia cubana presenta notables semejanzas con las
de los restantes países del área igualmente sometidos
a la conquista y colonización, en primer lugar aunque no solo,
hispanolusitana, por lo que es válido considerar una identidad
latinoamericana y caribeña; pero se encuentran también
ciertos rasgos propios que imprimen peculiaridades en una unidad de
lo idéntico y lo diverso.
Generalmente en análisis de este tipo se consideran las raíces
etnoculturales concretas autóctonas, hispanas y africanas. Estos
troncos culturales, principalmente las dos últimas raíces
referidas, indiscutiblemente marcan la religiosidad del cubano en un
proceso de mezclas de aportes diversos, de integración y hasta
de síntesis muy complejo que Fernando Ortiz denominó acertadamente
de transculturación y no de inculturación o aculturación.
Pero hay dos aspectos que no deben ser desconocidos: no se trata de
aportes en condiciones de paridad sino de culturas dominantes y dominadas
y estas raíces no son las únicas que han intervenido en
el campo religioso ni, con más amplitud, en el modo de ser cubano.
Esto último trae a colación el problema de cuáles
son las tales raíces a considerar.
Si entendemos las raíces no sólo en su sentido genético
sino además como todo aquello que sustenta y alimenta a un organismo
vivo, hay entonces que tener en cuenta que las raíces se renuevan,
envejecen o desaparecen unas y aparecen otras. Hay que observarlas en
un movimiento dialéctico. Por eso debe considerarse no sólo
las principales y las más antiguas sino también aportes
aunque menores y recientes que son por igual raigales. En la cultura
cubana han intervenido aportes correspondientes a los pueblos mencionados
y además otros caribeños, latinoamericanos, chino, europeos
y norteamericano. Por supuesto que en este proceso de incorporación
se introducen elementos que por su disonancia afectan la identidad cultural.
En la conformación del conjunto religioso cubano han intervenido,
con distintos grados de influencia, las formas religiosas portadas por
diversas inmigraciones llegadas al país en muchos casos por razones
económicas, de nacionalidades diferentes. Así hay que
considerar el catolicismo asociado a la cultura dominante, en las versiones
de múltiples pueblos españoles; las expresiones de origen
africano derivadas de religiones de yorubas, congos, carabalíes,
ararás y otros; el protestantismo fuertemente vinculado por largo
tiempo a la penetración y dominación norteamericana aunque
hay en él también elementos que lo incluyen en la autoctonía
surgida en su evolución cubana; el espiritismo nacido en los
Estados Unidos, sistematizado teóricamente en Europa y extendido
en regiones del continente latinoamericano y significativamente en Cuba;
el vodú haitiano y religiones de campesinos chinos ambos traídos
por braceros; el judaísmo de nacionales hebreos europeos y norteamericanos.
Estas formas religiosas se fueron estableciendo o conformando a lo largo
de las etapas históricas cubanas, mayormente en las prerrevolucionarias
y muchas de ellas coincidiendo con momentos de crisis social y de reactivación
religiosa.
Un factor es importante en este cuadro religioso, las iniciales asociaciones
de la religión a lo étnico han ido desapareciendo en la
medida que se delimitaba la nacionalidad cubana en un notable mestizaje
racial, cultural y religioso. Las primeras comunidades étnicas
que desaparecieron fueron los aborígenes; las que se originaron
en inmigraciones por demandas de mano de obra barata (de chinos y caribeños),
o por otras razones, se han ido incorporando a la vida y cultura nacional
con grado inverso al decrecimiento de las mismas al cesar las causas
que originaron oleadas de inmigrantes. En la actualidad los etnólogos
cubanos calculan el mestizaje en un por ciento significativamente muy
alto y en lo religioso se advierte que no es objetivo hablar de religiones
propias de una raza como era posible hacerlo en otros tiempos. Otro
aspecto de interés es examinar la pervivencia de influencias
religiosas, incluso en tanto elemento de identidad cultural, en los
actuales emigrantes cubanos, pero ello escapa a las posibilidades de
este trabajo. Es importante también que junto a estas formas
religiosas y como el resultado de su convivencia, en el pueblo cubano
se ha generado un tipo de religiosidad peculiar que le es típica.
Todo ello permite determinar las formas que se incrementan en condiciones
que son favorables a ello y que ni en estas oportunidades ni en otras
lo étnico, con participación de lo religioso, constituye
un aspecto de conflicto o que demandas de minorías asuman un
carácter religioso como en ambos casos ocurre en otros países
y zonas del mundo contemporáneo, y antes también. El
campo religioso cubano
La influencia católica se explica por sus posibilidades de actuación
en la vida social colonial y republicana neocolonial desde posiciones
hegemónicas y favorecidas. Pero se trataba en sus inicios de
un catolicismo más bien apegado a lo que se ha denominado catolicismo
popular español y no precisamente idéntico a la religiosidad
de los místicos y del rigor monacal o inquisitorial. Se estableció
una tradición católica de ciertas particularidades que
contribuyeron a configurar la religiosidad preferenciada por el pueblo.
La cultura africana ha tenido una muy destacada incidencia en la cubanía
y en el tipo de religiosidad predominante. Múltiples factores
han coincidido en ello, principalmente la extensa y prolongada trata
esclavista, las condiciones que limitaron la evangelización del
negro y una cierta tolerancia religiosa marcada por las relaciones sociales
cubanas desde la sociedad colonial. Pero no puede perderse de vista
que los productos de la cultura africana no pueden ser analizados desde
la óptica de modelos culturales occidentales. Se trata de un
modo diferente de concebir la realidad, de interpretarla, de asumir
valores y de entender la religión. Ello no puede conducir a prejuicios
pero tampoco a sobrevaloraciones que como respuesta construyen defensores
de esta cultura y en especial los que entienden que volver a las raíces
africanas comporta algo más que reinterpretarlas en su justa
dimensión. El cubano es portador de esa doble herencia occidental
y africana y no sólo de una de ellas. Obviamente
la cultura africana en América ha sufrido profundas modificaciones
y las expresiones religiosas derivadas de ella se distancian de las
originales, pero en modo alguno puede pensarse en una diferencia -tampoco
una identidad- absoluta.
Dos vertientes religiosas se incorporaron al campo religioso cubano
desde finales del pasado siglo procedentes de Estados Unidos: el espiritismo
y el protestantismo, ambas en formas diversificadas. El espiritismo
se instaló y difundió con provecho de características
que lo aproximan a las formas religiosas antes establecidas y a las
tradiciones y preferencias cubanas que se conformaron. En las condiciones
cubanas se fue estructurando en dos modalidades principales, una más
ajustada a la teoría que lo sitúa a un nivel ideológico,
el espiritismo científico o kardesiano; la otra es la forma cubanizada,
más apegada a la empiria y con elementos incorporados del catolicismo
y de expresiones de origen africano (Hodge 1997).
El protestantismo, que en su diversidad de formas tradicionales en el
plano estrictamente religioso tiende a enfatizar más en la conciencia
religiosa y en menor medida en sus exteriorizaciones y uso de objetos
en su ritual, ha tenido posibilidades condicionadas para su arraigo
en un pueblo acostumbrado a manifestar su religiosidad fundamentalmente
en rituales, símbolos, objetos, música, gestos, diálogos,
es decir, con una destacada insistencia en lo sensorial además
de un recurso a las emociones y conferirle a lo sobrenatural una finalidad
práctica de soluciones por la vía del milagro. En
la sociedad cubana, en resumen, como es frecuente en el mundo contemporáneo,
la religión existe en diferentes formas; unas de ellas, a las
que hemos venido llamando expresiones religiosas, adquieren diversos
niveles de sistematización, elaboración teórica
y de organización, hasta en agrupaciones; otras son espontáneas,
asistemáticas, con elementales modos organizativos que no llegan
a constituir agrupaciones; en estas últimas hacemos coincidir
la religiosidad popular -tan abordada en la literatura latinomericana-
aun cuando hay expresiones organizadas que por su origen o extensión
en sectores populares son formas también popularizadas (Ramírez,
J. 2000). Lo peculiar en Cuba es que la religiosidad espontánea
es significativamente prevaleciente.
Las formas religiosas organizadas conservan con una relativa estabilidad
cierta unidad teórica, litúrgica y organizativa. Esta
ortodoxia es defendida por los dirigentes de culto, teóricos
y miembros que en conjunto constituyen una especie de élite que
a su vez procura una estandarización frente a las influencias
externas y la adaptación ante las necesidades de cambio. En los
momentos de incremento acelerado de la intensidad religiosa al nivel
social, esta ortodoxia se pone a prueba. En
Cuba ninguna forma ortodoxa históricamente ha logrado agrupar
proporciones de creyentes de modo que alcance por sí sola un
hegemonismo determinante en la vida religiosa del país. En la
actualidad las cifras de membresías de cada expresión
religiosa, e incluso del conjunto de ellas, aunque han crecido, se calcula
en cantidades relativamente reducidas y en proporciones estadísticamente
no significativas, de modo tal que no puede afirmarse que el cubano
sea un pueblo eminentemente católico, santero, espiritista o
de cualquier otra expresión organizada específica. Pero
de ello no puede desprenderse que haya sido o sea no creyente.
En la medida que elementos de una forma organizada se extienden en las
creencias y prácticas del pueblo se produce un riesgo real de
alejamiento de las ortodoxias. Esto es lo más frecuente en Cuba
donde, como se dijo, las formas religiosas espontáneas alcanzan
una proporción más alta, no sólo con relación
al número de creyentes, sino a la población en total (ver
Colectivo del DESR, 1993). Las investigaciones constatan que las creencias
religiosas en Cuba se presentan mayoritariamente con un nivel intermedio
y bajo de elaboración de las ideas de lo sobrenatural, sin constituir
sistemas complejos y no coincidentes con las ortodoxias, en ellas confluyen
también formas de vacilación, duda e inconsecuencias.
Las formas que más creyentes atraen se inscriben en devociones
a figuras consideradas milagrosas en sí mismas, sin formar parte
de algún sistema y con elementos de diferentes ortodoxias integrados
entre sí y con la imaginación popular. Las mismas provocan
concentraciones masivas en determinadas fechas y lugares por espontaneidad,
por influencia de la familia y del medio social inmediato y no por la
convocatoria de agrupaciones religiosas determinadas. En estas devociones
se posibilita medir con facilidad los incrementos de exteriorizaciones
de las creencias religiosas y son, en definitiva, la forma tipificante
de la religiosidad en la sociedad cubana (Colectivo del DESR, 1989).
El culto a figuras de este carácter es un elemento de aproximación
de la religiosidad del cubano a la de otros pueblos latinoamericanos,
tal vez más por su forma que propiamente por su contenido. Aquí
se advierte la presencia de lo católico en general, y en Cuba,
Brasil y el Caribe, además, la de lo afro y en el resto la religiosidad
aborigen.
Es debido a esta espontaneidad y por aplicar en el análisis modelos
de estructuración institucional eclesiástica, que diferentes
observadores y comentaristas han considerado en distintas etapas históricas
que en el pueblo cubano predomina en lo religioso un indiferentismo,
ausencia de vida religiosa o débil religiosidad (Ramírez
2000). Contemporáneamente algunos se han aventurado a afirmar
que el cubano promedio no es creyente. En realidad ha habido y hay suficientes
condiciones para que en la sociedad cubana la religión sea un
producto natural de la sociedad, sólo que se trata de una religiosidad
que no coincide con ortodoxias estrictas y se expresa en términos
propios irregular y asistemáticamente. Es decir, respecto a lo
sobrenatural, el pueblo cubano no ha sido ni es indiferente ni tampoco,
insistiendo en lo dicho, no creyente.
En el pensamiento cubano, a lo largo de su historia en especial desde
que comenzó a definirse una conciencia nacional en el pasado
siglo, son influyentes corrientes antidogmáticas, librepensadoras,
deístas, anticlericales y en menor medida ateístas, pero
no prevalece una antirreligiosidad e incluso muchos de los exponentes
sostenían de algún modo concepciones religiosas con frecuencia
en un cierto espiritualismo filosófico. Por diversas razones,
fundamentalmente de tipo político ideológico de alcance
coyuntural, a partir de situaciones de conflicto de jerarquías
cristianas con el proceso revolucionario emergente marcadas por manipulaciones
de intereses de grupo, se generalizó en la sociedad cubana una
concepción prejuiciada acerca de los creyentes, referida en particular
a una confiabilidad política y patriótica, y hacia las
propias creencias. Por
influencias de modelos dudosamente marxistas establecidos en otros contextos,
se produjo una interpretación estrecha, unilateral, sectaria
y dogmática de la religión negando en verdad la esencia
dialéctica de la teoría y al fundamento de la tradición
revolucionaria en la conciencia y en la práctica. A la par, se
fueron generando diferentes interpretaciones, algunas reduccionistas,
acerca de la sociedad civil en general y sobre el lugar en ella de las
organizaciones religiosas. Rectificaciones posteriores desde la parte
oficial y cambios en conductas eclesiales, han creado las condiciones
para modificaciones sustanciales. Puede pensarse que es un hecho el
que se estime que el ateísmo no es condición en general
del progreso social, ni en particular del proyecto socialista, como
no lo es la conversión religiosa de la población.
Reavivamiento
religioso a escala mundial Los
problemas particulares de Cuba y los generales referidos al socialismo
y a la ideología marxista-leninista, no están desvinculados
de los grandes conflictos de la humanidad contemporánea ni de
las propuestas que se formulan. En este sentido se debate hoy acerca
de la llamada crisis de la racionalidad que para algunos conduce a soluciones
irreales y para otros revela la necesidad de una mística nueva
o renovada. Pero en realidad se trata de una crisis no de la racionalidad
en abstracto, lo que sería una absurda negación de un
rasgo esencial al hombre, sino de tal racionalidad en concreto, de esa
racionalidad sobre la que se ha construido el mundo moderno con sus
irracionales atentados al entorno natural, a la vida misma, con el incremento
también irracional de individualismos egoístas, de desigualdades
e injusticias, de ansias irreflexivas de consumo, de tendencias hegemónicas,
todo ello complejizado con un mundo unipolar aparentemente sin alternativas.
Las fórmulas neoliberales aplicadas han tenido diversos efectos
negativos en los países subdesarrollados. Entre otros cabe apuntar
la inseguridad económica que se traduce en soluciones como la
llamada actividad informal de subsistencia frente al desempleo, así
como la migración a las ciudades. “Se estima que a principios
de los años 90, entre el 45 y el 50% de la población activa
del continente latinoamericano pertenecía al sector informal
de la economía” (Houtart 1997:12). Significa una ruptura
de lo tradicional, tanto en lo económico como en la organización
familiar y en las relaciones ínter e intragrupales, por las cuales
se debilitan o desaparecen tradiciones regionales, étnicas y
de clases, y hasta religiosas, difíciles de sostener en las nuevas
condiciones sociales que exigen mayor capacidad de adaptación
que de preservación.
En el campo religioso tales modificaciones derivan en cambios principalmente
en dos direcciones: una mayor demanda de la religión y un proceso
de reconversión, en especial a formas no tradicionales, como
lo es al protestantismo en América Latina (o más exactamente
ciertas formas evangélicas), corrientes orientalistas y religiones
asociadas a la cultura africana en diferentes partes del mundo occidental.
Adviértase que se produce una inclinación hacia lo no
tradicional y en especial a alternativas de lo que ha acompañado
a la cultura occidental.
Según recoge Houtart, apoyándose en World Christian
Encyclopedy, de Oxford University Press (1987), el crecimiento del
protestantismo en América Latina en los diez años que
van de 1980 a 1990, es de alrededor de 12 millones de personas, y se
puede estimar que en su mayoría se trata de formas pentecostales
(Houtart, 1997: 8). Tal crecimiento duplica al verificado entre las
décadas de los 70 y los 80.
En varios países de tradición católica los protestantes
han llegado a constituir el 25% de la población, aunque la mayoría
se mueve entre el 5 y el 15%. En Nicaragua se da un caso de particular
incremento justamente en años del sandinismo: entre 1980 y 1986
las congregaciones protestantes aumentaron de 682 a 2 012 para una tasa
de crecimiento del 195% (Martínez 1989). Se trata también,
principalmente, de vertientes neopentecostales. En
territorio de los propios Estados Unidos se verifica una reconversión
hacia las nuevas formas religiosas neocarismáticas principalmente
en la población latina emigrada, aunque no sólo en ella
(Pantoja 1996). Los tres Encuentros Internacionales sobre la Cultura
Yoruba y los dos Encuentros Internacionales de Estudios Sociorreligiosos,
celebrados en La Habana entre 1995 y 1999, conjuntamente con otros intercambios
académicos, han aportado también indicadores, aun no cuantificados,
de expansión de las religiones de origen africano, procedentes
en especial de la santería cubana, en la sociedad norteamericana,
tanto en latinos como estadounidenses blancos y negros. Lo mismo ocurre
en Latinoamérica, mayormente en la cuenca del Caribe, y en el
sur del continente se ha difundido el candomblé y otras manifestaciones
similares desde Brasil. Hemos conocido de iniciados en la santería
y de grupos de practicantes de la misma en países europeos, algunos
de tradiciones culturales bien distantes de las africanas, como Noruega,
Finlandia y Suiza.
Una notable difusión ha ganado en los últimos años
el llamado new age (nueva era). No se trata de una religión
específica ni de una institución religiosa, sino un modo
de enfocar la realidad, un estilo de interpretarla, una “mentalidad”.
Admite la validez de todas las religiones en una modalidad de multirreligiosidad
(Masferrer 1998). Se nutre de corrientes “premodernas” y
de concepciones filosófico-religiosas orientales. Dentro del
new age se incluyen elementos de doctrinas de los rosacruces, de las
variantes del budismo dsen y tibetano, del hinduismo, del yoga, así
como ideas del ocultismo, la astrología, la quiromancia, la brujería
y otras. Recurre a sistemas de adivinación y a prácticas
de la medicina verde y oriental.
Han surgido y expandido nuevas iglesias apartadas de las tradiciones
cristianas como la llamada Secta Moon y los Mormones, concebidas al
estilo de grandes empresas que han acumulado fuertes recursos económicos,
y también la Iglesia Universal, nacida en Brasil, la que une
aspectos cristianos, espiritistas y de origen africano con posesiones
demoníacas y el exorcismo, instalada en ese país y en
otros vecinos.
Un comentario particular merece el hecho que el carismatismo, por su
incidencia en curaciones con la sanidad divina, sus cantos movidos,
el trance, sus rituales menos formales con mayor espacio a lo espontáneo,
que hacen que su liturgia y producción simbólica estén
próximas al modo con el que el común de los creyentes
cubanos acostumbra a expresar su religiosidad, parece ser que tiene
condiciones favorables para un crecimiento, como ya se constata al ser
las iglesias de este corte las que en mayores proporciones reportan
aumento de miembros. Pero este fenómeno no es exclusivo de Cuba,
el común de los latinoamericanistas estudiosos de la religión
coinciden en asociar el incremento pentecostal en el continente con
las formas religiosas populares.
Este hecho demanda otro análisis en búsqueda de factores
no muy directamente evidentes, como un posible cansancio de las formas
religiosas tradicionales, pero también un apoyo desde el exterior
en proyectos de globalización cultural de centros internacionales
de poder, específicamente Estados Unidos. Esto último
implicaría la necesidad de precisar en qué medida se afecta
la identidad cultural, de la cual la religión forma parte, lo
que debe realizarse en primer lugar en los demás países
latinoamericanos y caribeños donde el crecimiento carismático
es mayor.
También se requiere determinar las implicaciones sociopolíticas,
por cuanto algunas de estas manifestaciones, comúnmente denominadas
“nuevos movimientos religiosos”, promueven actitudes descomprometedoras
y evasivas, aunque es necesario aclarar que no siempre es así
pues hay pruebas de resultados movilizativos hacia problemas de la comunidad
en grupos de este tipo (véase el conjunto de artículos
contenidos en: Arce y Quintero, 1997). |
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